¿Cuánta ventaja más nos van a sacar nuestros competidores? Por lo que se ve hoy, mucha

Nuestros temas no eran la capacidad casi nula para competir por nuevos mercados con nuevos productos.

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Ángel Verdugo 04/07/2014 00:00
¿Cuánta ventaja más nos van a sacar nuestros competidores? Por lo que se ve hoy, mucha

Todavía a principios de los años noventa del siglo pasado, no eran muchos los que planteaban como tema a discutir lo que parecía o realmente era incomprensible para los más: la ventaja que nos había sacado un grupo de países, que desde unos años antes había empezado a colocar sus productos en Estados Unidos con un éxito impresionante.

La confianza y molicie que da el aislamiento al ser una economía cerrada, la contigüidad geográfica con Estados Unidos junto con la estrecha relación económica y política con este país, nos hizo perezosos mentales. Nuestros temas no eran la capacidad casi nula para competir por nuevos mercados con nuevos productos; de lo que nos ocupábamos era algo diferente, incomprensible hoy por el peligro que representaba entonces para el país y su economía y por supuesto, para los que vivían de hacer empresa”.

Los temas centrales de las discusiones entre éstos últimos, no eran las nuevas formas de competir o la aplicación de nuevas tecnologías y diseños que concitarían la preferencia del consumidor; lo que consumía horas y horas de discusión era, simple y sencillamente, nuevas formas de relacionarse con la alta burocracia para obtener más permisos de importación, y la protección y cierre de fronteras para éste o aquel producto.

Como complemento natural de esto último, a las nuevas formas de relacionarse añadíamos la necesidad de uniformizar el porcentaje de soborno que había que entregar a los altos funcionarios y políticos encumbrados que concedían u obtenían esos privilegios.

Durante esos años, el concepto mismo de consumidor nos era ajeno, desconocido; no había forma de elegir entre varias opciones de éste o aquel producto pues las más de las veces, era éste o éste. Esta situación tuvo, en esos forzados consumidores si me permite usted el concepto, el mismo efecto que arriba señalo para quienes hacían empresa: nos volvimos perezosos mentales, aceptadores pasivos de la basura de pésima calidad que a altos precios se nos ofrecía.

¿Qué hizo buena parte del resto del mundo mientras aquí nos regodeábamos  viéndonos y rascándonos el ombligo? ¿Qué aprendieron mientras tanto, aquellos países más atrasados que nosotros?: Cómo construir un mejor futuro para el país y sus habitantes.

Lo que hicieron —mientras nosotros gritábamos, borrachos y retadores, “¡Viva México, cabrones!”—, fue estudiar los mercados, aprender las nuevas tecnologías y calificar a su recurso humano. Al mismo tiempo, trabajaron, ahorraron y con ese ahorro invirtieron. Lo que hicieron fue, para ponerlo en otras palabras, construirse un mejor futuro. 

Hoy, esos países a los que llamábamos despectivamente copiones y maquiladores de lo que los países avanzados les permitían, son líderes en tecnologías avanzadas y procesos modernos de manufactura; su recurso humano es de primera, y gozan de una alta calidad de vida. Si uno los visita, le parece casi imposible o un cuento de hadas, ver hecho realidad lo que nosotros aquí ni siquiera somos capaces de soñar.

Sin duda, lo que expongo arriba no es nuevo para usted; por el contrario, es muy probable que ese cambio lo haya visto concretarse gradualmente en Corea, Taiwán, Singapur e Irlanda por ejemplo. De ahí que ante lo que vemos hoy le pregunte, casi resignado,  ¿cuánta más ventaja nos sacarán nuestros competidores y muchos más, que ya hicieron lo que debían?

¿Responderán nuestros gobernantes, funcionarios, legisladores y políticos?

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