¿Por qué nos tienen tanta envidia? ¿Acaso esto se debe a que somos “lo máximo”?

Desde el momento mismo del silbatazo final, el ejército de merolicos no hallaba cómo justificar la derrota

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Ángel Verdugo 02/07/2014 00:49
¿Por qué nos tienen tanta envidia? ¿Acaso esto se debe a que somos “lo máximo”?

La nota de The New York Times de este martes —con las declaraciones del señor Herrera en relación con las causas de la derrota sufrida ante Holanda por el equipo que dirigió en Brasil durante cuatro partidos antes de ser eliminados—, es lectura obligada; no sólo para los ingenuos que han sido seducidos por las baratijas que vende el ejército de merolicos y panegiristas interesados en embaucarlo a usted, sino también para quienes dudan de la calidad de dicho equipo y de la sapiencia y capacidad técnica de quien hoy, más que por los resultados obtenidos, es famoso por sus gags y manifestaciones físicas exageradas.

De interesarle, aquí lo puede encontrar:

http://www.nytimes.com/2014/06/30/sports/worldcup/world-cup-2014-netherl...

Por favor, lea con atención este párrafo: “Herrera went on to question why the tournament committee had assigned Proença —who is so well regarded that he worked both the Champions League final and the European Championship final in 2012— to the game at all. Portugal, Herrera said, is Proença’s homeland and is in the same confederation as the Netherlands”.

Le recomiendo especialmente lo subrayado en negritas porque, con ese método de razonamiento y la inferencia que dejan ver sus palabras, el señor Herrera superó a López en eso de ver conjuras y complots en cualquier parte y situación.

Aducir que al ser el árbitro originario de Portugal, y este país pertenecer a la misma Confederación futbolística que Holanda, el Comité Organizador encuentra en aquél el instrumento perfecto para manipular las cosas que llevarían a México a la derrota y a Holanda a la siguiente ronda, es cosa de locos; de alguien que no anda bien de la cabeza, para decirlo suavemente. 

Con ese método de análisis del señor Herrera —y la mente desequilibrada que lo sustenta—, es más que un milagro que haya llegado con la Selección Grande al lugar al que llegó. La capacidad analítica exhibida, hay que decirlo,  no lo califica ni siquiera para dirigir equipos llaneros. Cuando uno relee lo declarado por él —que aparece en la nota de The New York Times—, uno se explica sus exhibiciones físicas que hablan, más que de una muestra de júbilo, de algo que no anda bien allá arriba.

Estos días, desde el momento mismo del silbatazo final, el ejército de merolicos no hallaba cómo justificar la derrota y salvar la cara por sus exageraciones en cuanto a la calidad de un equipo mediocre que ha sido incapaz —los hechos ahí están para demostrarlo—, de pasar a la siguiente ronda en los últimos seis campeonatos mundiales —incluido el actual—.

¿A qué se debe entonces esa ridícula justificación del señor Herrera, y de quienes ya lo veían en el séptimo partido ganando la copa? A nuestra propensión a dejar de lado la realidad de lo que somos; a la inclinación tan arraigada que tenemos, de creer ciegamente las mentiras de los que buscan inflar méritos y capacidades de quienes están más cerca de la mediocridad —como sucede con nuestra economía y su crecimiento—, que de una calidad real y efectiva.

Si esta conducta fue efectiva durante los años de economía cerrada, hoy es imposible engañar tan burdamente; más tardamos en presumir lo que no somos y menos tenemos, que la cruda realidad en llegar y desnudarnos para exhibir nuestras vergüenzas y limitaciones.

Ojalá lo que esta vez vimos en Brasil, sirva de algo; por favor, al menos, no lo olvide.

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