¿Al final, a quién vamos a culpar de la debacle? ¿Al señor Herrera y al Ángel?

¿A quién podría importar la pérdida de miles de horas de trabajo, y las molestias causadas a los habitantes del DF?

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Ángel Verdugo 25/06/2014 00:00
¿Al final, a quién vamos a culpar de la debacle? ¿Al señor Herrera y al Ángel?

Escribo estas líneas, pocas horas después de la victoria de la Selección Grande, y de haber sufrido no pocas molestias como consecuencia de la peregrinación a ese lugar de culto en el que hemos convertido a El Ángel de la Independencia.

Esto, como resultado de la falta de espacios donde los mexicanos bien nacidos puedan expresar su júbilo por la fuerza de la mexicanidad, y dar rienda suelta al fervor patrio que brota incontenible después del empate o la victoria, en ese nuevo campo de batalla global que es el verde césped de un campo de futbol.

La euforia une a los distintos y los ajenos; todos jubilosos, en esa comunión hecha posible por la victoria del guerrero que defiende a la patria amenazada por fuerzas venidas de tres continentes; de África, los guerreros de Camerún; de Europa, los hombres de acero de Croacia y para reforzarlos aquí, presto estuvo el ejército amazónico que se lanzó con todo en contra de la heroica raza azteca; no pudieron con nosotros y hoy, sangrantes pero vivos y fortalecidos, vemos en el horizonte a la Naranja Mecánica, con cuyo jugo nos alimentaremos.

Ante la hazaña lograda, las siguientes se ven como algo fácil; ¿por qué no festejar pues, si ya nos vaticinaron que llegaremos a la séptima batalla? ¿Por qué el resto de nosotros entonces, no debe festejar desde ya, la hazaña de esos gladiadores encabezados por su general conocido como El Piojo?

Hoy, sólo falta definir al esclavo (que al igual que en el desfile del que regresaba victorioso en la Roma Imperial y era recibido por la multitud que lo aclamaba sin parar), jalará de su túnica para decirle: Memento moris, memento moris (Recuerda que eres mortal, recuerda que eres mortal). ¿Acaso alguno de los directivos de la Femexfut, o un merolico de los que pululan en los espacios mediáticos y a gritos cubren a los nuevos gladiadores y a su general de ditirambos, será el elegido?

Ahora bien, ¿es verdad que esos que se baten en el verde césped, son gladiadores que con el corazón en la mano y alma por delante, salvarán a la patria amenazada? ¿No se trata —más bien— de mercenarios, que a la defensa de sus elevados ingresos van cada cuatro años de no muy buena gana, a una competencia donde corren el riesgo de dañar su físico al enfrentar a los que quieren acabar con México y su heroico pueblo?

Si así fuere, ¿de quién habría sido la idea de vendérnoslos como guerreros desinteresados, que en defensa del honor patrio se baten en el verde césped del campo de batalla? ¿Quiénes serían entonces los mercaderes que se apoderaron del templo? Hoy, cada batalla genera ventas multimillonarias de cervezas, rones de pésima calidad y botanas con el nuevo IEPS incluido; ¿acaso es por ahí donde deberemos buscarlos?

Por otra parte, ¿a quién podría importar la pérdida de miles de horas de trabajo, y las molestias causadas a los habitantes del DF? ¿A quién preocupa hoy el lumpen alcoholizado, que montado en esa nueva cuadriga que es la motoneta y con su Pietro Beretta o moderna Glock y cargadores de 15 balas recorre triunfal el Paseo de la Reforma?

¿Quién se preocupa por detallitos ante la hazaña heroica de esos modernos gladiadores y su folklórico general? Sólo los amargados y los mezquinos, que ponen al frente lo irrelevante: la economía y su mediocre desempeño. Lo bueno es que nadie los toma en cuenta.

¡Vamos al séptimo partido, y a traernos la Copa! El que lo dude, puto sería. ¡Qué chulo país, chingado!

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