¿Podrían nuestros gobernantes y políticos, ser así de modestos y de humanos?

Nuestro político convertido ya en gobernante en pocos meses es otro.

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Ángel Verdugo 26/03/2014 00:00
¿Podrían nuestros gobernantes y políticos, ser así de modestos y de humanos?

La revista semanal de El País correspondiente a este 23 de marzo, trae un excelente reportaje del presidente de Uruguay, José Mujica, escrito por Juan José Millás. Ojalá lo convenzan estos párrafos de su lectura; de lograrlo, aquí lo encuentra:

http://elpais.com/elpais/2014/03/24/eps/1395660898_932004.html.

Si bien la prosa de Millás hace agradable la lectura, es la personalidad del Presidente (El Pepe, como lo llaman no pocos uruguayos) la que atrae. Si bien las dimensiones de Uruguay hacen que su caso sea singular (Apenas poco más de tres millones 300 mil habitantes y 175 mil km2), resulta de un gran atractivo pensar en qué resultaría si más países del mundo tuvieren un presidente como El Pepe.

¿Es posible tener un Presidente así, tan exageradamente modesto, humano y sencillo? Si bien lo que distingue a José Mujica en cuanto a modestia y sencillez es prácticamente irrepetible (prefiero que lea el reportaje a contarle lo que ahí se dice de su vida), ¿por qué no pensar en la conveniencia de que los presidentes fueren modestos, humanos o cuando menos, no tan soberbios y alejados de la gente y sus problemas?

¿Les haría bien a nuestros pueblos y países en América Latina, que sus gobernantes se parecieren más a El Pepe en vez de poseer la soberbia y el rastacuerismo de Fernández, el cinismo y la cleptomanía de Ortega, el mesianismo atropellado y animalesco de Maduro y el desequilibrio propio de los dictadores que distingue a los Castro? ¿Acaso preferiría usted la soberbia que raya en la insania de Correa, y la hipócrita modestia de Morales así como su real y peligrosa ignorancia y zafiedad?

Nuestros gobernantes y políticos, salvo excepciones entre las que destaca —por lo extremo— el Presidente de Uruguay, una vez que alcanzan el primer escalón de la gran escalera que piensan los llevará a las alturas del poder, empiezan a mostrar su verdadero rostro para exhibir lo que en realidad son; a partir de ahí, la imagen que utilizaron para seducir al votante y convencer al poderoso en turno, va a la basura.

El que jamás viajó por el mundo, lo recorre ahora con sus cercanos y parentela “todo pagado” con cargo al erario; el que batallaba para comprarse ropa “decentita” para moverse entre los poderosos cuando era un buscador de la oportunidad que “lo pondría donde hay”, se llena de ropa de marca con cargo, por supuesto, al erario.

No falta el que por sus dimensiones o forma de cuerpo que batallaba para encontrar ropa “que le quedara”, adopta de inmediato —con cargo al erario—, los trajes y camisas “su misura” o el popular pero menos refinado “hecho a la medida”.

No falta el que habiendo pasado hambre se dedica a comer en los mejores restaurantes, y acompañar las ricas viandas con los mejores vinos para olvidar los tacos de canasta y el agua fresca que tantas veces saciaron su hambre en los años de penurias.

Al final, nuestro político convertido ya gobernante mediante el voto u otro medio, en pocos meses es otro; en su interior es el mismo pero por fuera, pocos lo reconocen. Ante ellos, el caso de El Pepe es casi una acusación; es un señalamiento duro pero elegante y directo, de su frivolidad y predilección por lo superfluo y el oropel.

El ejercicio del poder en países como el nuestro, salvo otra vez las excepciones de rigor, saca lo peor de nuestros políticos y en pocos casos —en muy pocos—, hace que brote también lo mejor de ellos.

Por favor pues, lea el reportaje; le va a encantar.

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