¿Seremos, algún día, un actor global consciente de su papel y además, participativo?

Hoy, lo políticamente correcto es señalar a Estados Unidos como el responsable de todos nuestros males.

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Ángel Verdugo 07/03/2014 00:00
¿Seremos, algún día, un actor global consciente de su papel  y además, participativo?

La renuencia a interesarnos en las cuestiones que suceden en el exterior acerca de la cual comentamos el miércoles en este mismo espacio, nos viene de lejos. Además, para agravar esa visión fundada en el temor a lo ajeno, a lo diferente, durante decenios mantuvimos un modelo de desarrollo que hizo del aislamiento el centro de toda política pública.

Sus efectos, lejos de circunscribirse a la esfera gubernamental que se expresaba en un antinorteamericanismo enfermizo y un rechazo casi visceral a todo lo que viniera de fuera, pasaron al ámbito personal. Hoy, lo políticamente correcto es señalar a Estados Unidos como el responsable de todos nuestros males, y colocar en un pedestal “lo nuestro” —cualquier cosa que ello signifique—, y aceptar como verdad axiomática que como México no hay dos y gritar como hacían los estridentistas, ¡Viva el mole de guajolote!

El haber tenido que abrir la economía en 1987 —como única salida a la debacle que provocamos con políticas públicas erróneas (mantenidas durante decenios a golpe de subsidios y cooptación política)—, y haber estimulado y fortalecido una corrupción que a nadie dejó intocado, nos marcó de manera tan profunda, que aún hoy nos parece que todo aquello es un obstáculo imposible de remover.

La apertura cerró una época donde todo parecía fácil pues otros decidían, no nosotros; años donde México era una ínsula de prosperidad y un país destinado a ser el faro del mundo. Era tal nuestro nivel de ignorancia o ingenuidad, que lo creímos durante decenios.

El tener que enfrentar una realidad diferente cuando nos debimos abrir en 1987, en la cual los sueños de opio que nos vendieron como reales eran sólo eso, sueños infantiles para niños de pecho a los que todo les daban procesado los que se hacían ricos hasta alcanzar niveles de obscenidad, nos golpeó en donde más nos dolía, en el orgullo patriotero por creer que ya éramos lo que jamás llegaríamos a ser.

Hoy, un cuarto de siglo después de haber tenido que abrirnos al mundo por ser la única salida a la debacle, nos comportamos frente al exterior con miedo, con un complejo de inferioridad ante el ajeno que nos coloca a la defensiva.

Rechazamos las responsabilidades que la globalidad acarrea; no entendemos —como reflejo de nuestro rechazo a lo ajeno—, que en la actual situación mundial, un país del tamaño de México debe participar en la toma de decisiones globales. Lo debe hacer, simple y sencillamente porque lo que sucede afuera le afecta.

Sin embargo, nuestros temores y fobias que nos vienen de la época de la economía cerrada, nos impiden participar a plenitud en los espacios creados para países como el nuestro, donde podríamos hacer valer nuestra fuerza y defender con firmeza lo que nos corresponde.

Esto, que países pequeños hacen de manera natural desde hace decenios, nosotros nos lo hemos prohibido como si fuere traición a la patria participar en los asuntos globales.

Nos asusta pelear lo nuestro en foros internacionales; tememos expresar puntos de vista acerca de lo que nos afecta. Estamos como hace decenios, cuando decidían por nosotros; somos aún niños de pecho a los que todo se les da digerido. Cambiamos de modelo de desarrollo debido al fracaso total del que tuvimos que dejar, pero mentalmente no hemos cambiado.

De ahí la pregunta, ¿llegaremos —algún día— a ser un actor global, consciente y convencido de su fuerza y del papel que debe jugar en la escena internacional?

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