Lo fácil que se complican las cosas, y lo difícil y tardado que es componerlas

El cambio cultural necesario es lento hasta la desesperación.

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Ángel Verdugo 05/03/2014 00:00
Lo fácil que se complican las cosas, y lo difícil y tardado que es componerlas

Una de las mayores limitaciones que tenemos como sociedad, es la idea aislacionista que hicimos nuestra con deleite; dicha idea establece —cual verdad axiomática—, que lo que suceda fuera de nuestras fronteras no nos afecta.

Esta visión, similar a la rana que desde el fondo del pozo piensa que el tamaño del cielo es igual a lo que alcanza a ver, nos ha hecho un gran daño en lo que se refiere a las relaciones con el exterior; además, ha generado obstáculos casi insuperables para entender la necesidad y ventajas de la interdependencia económica y política, requisito obligatorio en la globalidad.

Por encima de los cambios operados en el país desde la apertura de la economía en 1987, y con 20 años ya de vigencia del TLCAN con Estados Unidos y Canadá, es sorprendente el número de mexicanos que todavía rechazan la necesidad de profundizar la interdependencia con esos dos países al no ver las ventajas que para los consumidores tiene la apertura de nuestra economía.

El cambio cultural necesario —para entender y aceptar que nada de lo que sucede fuera de México nos es ajeno—, es lento hasta la desesperación. Más lento se ha hecho debido a la renuencia de nuestra clase política a promover —activa y sistemáticamente—, la difusión de lo que significa la apertura de la economía, y las consecuencias en cuanto a las nuevas reglas para relacionarse con el mundo.

Tampoco hemos logrado que las instituciones de educación superior vean en la apertura, un impulso y estímulo para calificar al recurso humano que llega a sus aulas. Hoy, sus graduados, poseen una visión del desarrollo como si la apertura de nuestra economía no se hubiera dado hace más de un cuarto de siglo; mantienen una autarquía mental, que rechaza lo ajeno por la supremacía “de lo nuestro”. No pocos de ellos viven, todavía hoy, en los primeros decenios del siglo XX.

¿A qué viene todo esto?  A lo que hoy vemos en el mundo ante lo cual, como si fuéremos una avestruz que esconde la cabeza en la arena pero deja expuesto el trasero; hacemos como si nada estuviere sucediendo allá afuera y como dice el refrán, “vemos la tempestad y no nos hincamos”.

El pánico que produce emitir siquiera una declaración acerca de lo que está pasando en algunas regiones del mundo, es reflejo de una visión de las relaciones internacionales que era entendible hace 80 años pero que hoy, es repetir lo que hemos hecho durante decenios, vernos el ombligo antes que ser actores responsables en un mundo global en todos sentidos.

Hoy en día, las cosas son de tal complejidad, que donde uno menos lo espera surge un conflicto; éste, lejos de mantenerse quirúrgicamente aislado, se extiende y sus efectos los sentimos de diversas maneras. Vea usted lo que pasa en Ucrania, y las implicaciones que en unos cuantos días se han dejado sentir en buena parte de las capitales europeas y en Estados Unidos.

Este conflicto, gestado desde hace meses, alcanzó en cosa de días una magnitud que ninguno de los actores involucrados imaginó. ¿Cuánto tomará regresar las cosas —si eso fuere posible—, a la situación que guardaban antes de la caída del gobernante alineado con el gobierno ruso?

Como ése hay muchos ejemplos donde, nuestro gobierno y la  sociedad prefieren ver hacia otro lado. A México, nada de allá afuera lo afecta; aquí vivimos, todo así lo indica, en los años previos a la llegada de Hernán Cortés. Esto, aun cuando no lo aceptemos, es parte de nuestra gran tragedia.

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