¿En verdad están atentos a lo que hagamos? Mesura y menos soberbia nos haría mucho bien

Damos por hecho lo que aún no terminamos, y menos aún empezado.

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Ángel Verdugo 14/02/2014 00:10
¿En verdad están atentos a lo que hagamos? Mesura y menos soberbia nos haría mucho bien

Ante lo visto y escuchado estas últimas semanas, debí preguntarme si tiene algún sentido seguir de manera sistemática la economía y política mexicana. Por supuesto, me pregunté también si emitir alguna opinión acerca de lo que uno considera errado, tiene el menor efecto práctico. La respuesta a bote pronto sería, de haber perdido toda esperanza en que este desastre que hemos creado tuviere remedio, un rotundo no en ambos casos.

La idea vaga —más ilusión juvenil que algo lógico y estructurado— de que esto tiene remedio así como vamos, ¿es lo que me lleva a seguir de manera sistemática la economía y la política de nuestro país y la de algunos de los principales socios comerciales, con el mismo entusiasmo de fines de los años sesenta y principios de los setenta?

¿Acaso nos hemos convertido en masoquistas irredentos, pues a sabiendas de que esto no tiene remedio insistimos en lo que sabemos es imposible de concretar? A estas alturas de lo aquí escrito, usted se preguntará a qué viene todo esto. Se lo digo a continuación.

Una de las cosas que aprendí allá por aquellos años que mencioné, es la utilidad y necesidad de ser objetivos en los planteamientos acerca de los cambios económicos y políticos; si bien no siempre sigo esa regla, las más de las veces busco que norme lo que planteo.

Esto choca, de frente y sin quitarme, con ese triunfalismo y soberbia que marca el discurso oficial el cual, hay que decirlo, no es de ahora; esta inclinación a pensar que el resto del mundo está atento a lo que hacemos y decimos, nos viene de lejos. Así pensamos también cuando se trata de las reformas —más cosméticas que reales y efectivas—, que llevamos a cabo.

Somos tan dados a la presunción, que damos por hecho lo que aún no terminamos, y menos aún empezado a poner en práctica; somos tan soberbios en esto de pensar que el mundo está al pendiente de nosotros, que inventamos un interés en México el cual, si bien es cierto que está presente en el mundo —dada la búsqueda permanente de mejores destinos para la inversión—, no está puesto en nosotros sino en aquellos países que saben, quieren y pueden concretar los cambios de toda índole que les darán la flexibilidad necesaria para responder a las condiciones volátiles y cambiantes de la economía.

Las pequeñísimas audiencias que logramos convocar, oyen pero no escuchan las maravillas de ese país mítico en el que convertimos este atrasado, ineficiente y corrompido México.

La realidad de lo que somos y las limitaciones de lo que hacemos, son conocidas en el mundo desde hace años; somos como el bravero de cantina, 90% de verbo amenazante y 10% de efectividad. Por el contrario, los que nos disputan las inversiones multimillonarias actúan exactamente a la inversa: 90% de efectividad, y el restante 10% lo dedican a promoverse.

Ante los fracasos sonados en esto de hacer que afuera nos crean y compren nuestras exageraciones y verdades a medias que ni aquí creemos y compramos, debemos privilegiar la mesura y la objetividad a la vez que dejamos de lado la soberbia y la autocomplacencia.

Es falso que seamos eso que salimos a decir que somos; más falso es el panorama que pintamos al regreso. Los pocos que nos oyeron —nos conocen bien desde hace años—, saben de nuestra propensión a la soberbia y desmesura cuando hablamos de lo que hemos hecho.

Bien nos haría, más objetividad y mesura; también, dejar esa presunción, desde siempre insostenible.

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