¿México, país invencible al que nada afecta? ¿Por qué, entonces, no crecemos?

¿Tan pronto olvidamos lo que debimos enfrentar en 1976, 1982, 1987, 1994, y recientemente en 2009?

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Ángel Verdugo 05/02/2014 00:00
¿México, país invencible al que nada afecta? ¿Por qué, entonces, no crecemos?

Un elemento, por encima de los cambios económicos y políticos que se registran en el mundo, que permanece sin cambio en el discurso oficial en cada sexenio, es el de nuestra invencibilidad, de la imposibilidad de aquéllos para afectarnos.

México es así, invencible y nadie debe dudarlo; nada nos afecta ni nos puede afectar. Somos, para decirlo claro y rápido, una de las más sorprendentes discontinuidades de la historia. Mientras que el resto de los países es afectado de distintas formas e intensidad por los cambios registrados en el mundo, “México permanece incólume, y avanzando con rumbo claro hacia el mejor de los futuros”.

Sin duda alguna, la frase en cursivas del párrafo anterior le parece a usted, además de exagerada, insostenible; pues por encima de ello, por absurdo que fuere, la visión casi infantil que la explica —propia de los que no tienen la menor idea de cómo avanzan las economías y los países—, es la que ha marcado nuestro discurso desde hace una buena cantidad de sexenios.

Primero fue, no la invencibilidad sino la unicidad mexicana; a este país, en modo alguno decíamos, se le puede aplicar el método de análisis que permite conocer —de otros países— sus problemas y las causas que los explican. A México, cuyo molde fue destruido una vez que el Todopoderoso nos creó, no se le puede aplicar lo que a otros pues somos únicos. 

El descrédito de esa visión, rayana (“Que confina o linda con algo; que está en la raya que divide dos territorios; cercano, con semejanza que se aproxima a igualdad) en la insania, nos llevó a desarrollar su reemplazo pero que tuviera los mismos efectos. Es ahí cuando aparece lo que hoy es parte central de nuestro discurso: “la invencibilidad”; la fortaleza que nos hace inmunes a todo problema que afecta, de inmediato, a los demás países.

Si usted revisare el discurso oficial de Alemania y de los otros países que integran la Zona Euro o la Unión Europea, o el de Estados Unidos y la República Popular China, encontraría algo que en modo alguno debería sorprenderlo: objetividad y la vulnerabilidad lógica de quien participa en un mundo interdependiente. Sin embargo, esa realidad, a nosotros ni nos despeina.

¿En verdad, a México ni lo despeina? Evidentemente no; todo lo que pasa en el mundo —por pequeño que sea—, nos afecta y lo hace, además, con una intensidad tal que se corresponde con nuestra debilidad estructural. Esto ha dado por resultado —en no pocas ocasiones—, que hayamos estado a punto del naufragio total. ¿Tan pronto olvidamos lo que debimos enfrentar en 1976, 1982, 1987, 1994, y recientemente en 2009?

Sin objetividad alguna y lejos de lo que debe ser una gobernación responsable, el discurso oficial sigue marcado por expresiones que en modo alguno corresponden a los hechos cotidianos; nuestra realidad, por más intentos que hacemos para ocultarla o disfrazarla, ahí sigue. Ante la dificultad para crecer que cobra visos ya de imposibilidad, sólo somos capaces de ofrecer la frase pueril de que “los fundamentos de nuestra economía, son sólidos”.

Ese subterfugio que intenta disfrazar la gravedad de nuestros problemas y limitaciones, marca el discurso oficial; por encima de él, la pregunta permanece: ¿Por qué no crecemos? La respuesta, propia del que alega ser invencible, brota de inmediato: ¡Porque Estados Unidos no crece lo suficiente!

Al final, las cosas adquieren su justa dimensión, somos vulnerables; lo demás, demagogia barata.

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