Mientras el mundo no dejó de trabajar durante estos días, ¿qué hicimos nosotros?

Por lo pronto, por encima de nuestra irresponsabilidad frente al futuro, llegamos vivos al principio de un año más.

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Ángel Verdugo 03/01/2014 00:00
Mientras el mundo no dejó de trabajar durante estos días, ¿qué hicimos nosotros?

Una de las primeras cosas que aprende uno cuando trata de entender cómo hicieron otros pueblos y países para dejar atrás la miseria y el atraso, es el papel del trabajo altamente productivo, y el ahorro y vida austera durante un periodo prolongado antes de empezar a disfrutar lo alcanzado.

La cultura del trabajo, y la idea arraigada entre la población de que construye un mejor futuro para las siguientes generaciones explican, en buena parte, lo que decenas de países lograron a partir de 1945.

Esa visión, lejos de ser resultado sólo de lo que Max Weber señala en La ética protestante y el espíritu del capitalismo al darse en sociedades muy alejadas de la visión luterana —propia de algunas sociedades europeas—, es algo más; quizá sea la conjunción de múltiples factores entre los cuales, sin duda, juega un papel relevante aquella visión del trabajo y sus bondades para construir un mejor futuro.

Sin duda, no se requiere ser seguidor de Lutero y el protestantismo para trabajar y llevar una vida de ahorro y frugalidad, y construir un mejor futuro; algunos dirán que esto es de sentido común y otros (¿Por qué no podría ser?, cuestionan convencidos), una forma de “amor por los suyos” el cual, afirman, se expresaría en trabajar y ahorrar para darles un mejor futuro que el presente que ellos enfrentan.

Sean cuales fueren las razones que explicarían el porqué de una vida de trabajo duro y ahorro, algo queda claro después de revisar la historia de no pocos países de América Latina; para nosotros, lo importante es el presente, el disfrutar el aquí y ahora; el futuro, que se encarguen de construirlo los que vengan, los que en todo lo disfrutarían. 

Por razones que algunos atribuyen a nuestra cultura religiosa —un catolicismo despilfarrador en templos saturados de metales preciosos y joyas—, y otros simplemente al superficial e irresponsable “Es que así somos”, eso de trabajar duro y ahorrar para el futuro, no se nos da.

Estas últimas semanas, de haber tenido la posibilidad de viajar por varios países para ver a sus habitantes “desde arriba”, habríamos podido ver a millones de chinos, coreanos, alemanes, polacos, irlandeses y alemanes entre muchos otros, trabajar con disciplina y dedicación. Por el contrario, si alguien de alguno de esos países hubiera hecho lo mismo en cielos latinoamericanos, ¿qué habría visto? Para qué le detallo lo que bien conoce.

¿Tendremos remedio? ¿Modificaremos, algún día, esa conducta que tanto daño nos ha hecho? ¿Empezaremos, en un futuro cercano, a pensar en trabajar duro y ahorrar para apoyar a hijos y nietos a que tengan un mejor futuro y lo disfruten? De manera voluntaria, pienso que no.

Deberán conjugarse factores diversos para entender y aceptar que debemos cambiar. En esto, los tres órdenes de gobierno y la clase política deberán poner el ejemplo; también, los empresarios tendrían un papel de liderazgo en este profundo cambio cultural. Pienso que deberían ser más como Carlos Slim —aunque duela la afirmación—, y menos como los que toman el jet privado para ir a cenar a Chicago o New York y los gastos, por supuesto, son endosados a la empresa.

Por lo pronto, por encima de nuestra irresponsabilidad frente al futuro, llegamos vivos al principio de un año más; éste, como casi todos los anteriores, será de dispendio, holganza y bajísima productividad pero eso sí, de muchos anuncios triunfalistas; es decir, igual que los anteriores.

Pobre país.

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