¿Con estos problemas y la visión de nuestros políticos, podríamos ser optimistas?

Hoy por hoy, no hay poder que impida a un país reformar su andamiaje jurídico si ya no responde a las necesidades.

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Ángel Verdugo 04/12/2013 00:15
¿Con estos problemas y la  visión de nuestros políticos,  podríamos ser optimistas?

Una de las ventajas de la globalidad —no me cansaré de repetirlo—, es poder comparar el desempeño de las economías y también, aún cuando esto último pudiere ser subjetivo, el de los gobernantes y sus poderes legislativos (sean éstos, parlamentos o congresos).

La globalidad hoy, por encima de las diferencias en cuanto al tamaño de la economía de cada país y su número de habitantes, nos iguala; nos coloca en un piso en el cual, por encima de baches y recodos, casi nos coloca en condiciones de igualdad.

La razón de esto es fácil de entender; lo es, porque tiene que ver con la decisión de cada país, de su clase política y de la aceptación de la sociedad a los cambios que aquélla propone y aprueba.

Hoy por hoy, no hay poder que impida a un país reformar su andamiaje jurídico si los responsables políticos consideraren que ya no responde a las necesidades que el crecimiento económico plantea; si gobernantes y legisladores promovieren y aprobaren los cambios que una situación así haría obligados, por encima de las dimensiones del país, se estaría en condiciones de competir exitosamente en los mercados globales.

Asimismo, la actualización de sus leyes y reglamentos daría la flexibilidad requerida para enfrentar los retos que la competencia impone hoy en el concierto internacional, a la vez que reducir los efectos negativos de períodos recesivos.

En suma, la visión que del desarrollo y sus causales tenga la clase política de un país, es el elemento clave para enfrentar retos y remover obstáculos; en consecuencia, debemos dejar de echar culpas y responsabilidades a otros, para concentrarnos en elevar el nivel de comprensión de nuestros problemas y causas de los mismos.

Si así procediéremos, podríamos elegir la mejor opción entre las que los diferentes partidos nos propusieren; votaríamos también, por candidatos cuya visión del desarrollo y papel del gobierno permitiere una mejor y más efectiva incorporación a la globalidad, y un aprovechamiento óptimo de los recursos de todo tipo con los cuales contamos.

Si usted leyó los siete párrafos anteriores, se preguntará: ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué se busca plantear con lo ahí escrito?

Se trata, simplemente, de que juzguemos con la debida objetividad lo que vemos estos días del proceso de discusión y aprobación de reformas que han sido calificadas como de “gran calado”. Las posiciones de no pocos actores políticos, legisladores o no, en torno al proceso mismo de reformar lo que ha probado no servir, son preocupantes; lo son, por las consecuencias que tendrán para el futuro del país y el crecimiento económico.

La gravedad de nuestros problemas, y la conducta y visión de no pocos legisladores —apoyados por políticos que viven en el antepasado—, no nos permite darnos el lujo del triunfalismo ramplón, carente de todo sustento.

¿Qué esperar entonces? ¿Acaso lograr el número que hiciere posible la aprobación de una u otra reforma, basta y sobra para avanzar en la modernización del país y de sus estructuras económicas obsoletas?  Por supuesto que no; ya vimos lo que pasó con la reforma educativa y para demostrar, una vez más, su urgente necesidad, ahí están los resultados que recién dio a conocer la OCDE en materia de aprovechamiento escolar, medido éste con la prueba PISA 2012.

Por eso le pregunto, ¿con estos problemas y la visión de nuestros políticos, podemos permitirnos ser optimistas?  ¿Verdad que no podemos darnos ese lujo?

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