La calle Reichsgasse (II)

Los monstruos perversos no habitan selvas inhóspitas, moran sitios cercanos.

COMPARTIR 
Álvaro Chaos 27/05/2014 00:00
La calle Reichsgasse (II)

HRG in memoriam

Dudé en continuar explorando las galerías subterráneas. Pronto aplaqué el conato de cobardía y continué con la expedición. Llevaba apenas unos metros, ¿qué hubieran pensado de mí los grandes exploradores? Además, quitando al androide y a la mujer penetrada, nada parecía vivir en tan lóbrego paraje. Me cercioré de que el revólver que había tomado a la entrada estuviese cargado. Seis balas calibre 38 tenía. Recobré el vigor. Pasé por un lado de la pareja amorosa y seguí adentrándome. El ruido rítmico de succión se hacía tenue y lejano.

Los vecinos de Chur, grisones de cepa, cuentan que el pueblo posee dos túneles subterráneos que llevan al centro de la ciudad desde el palacio arzobispal. El sótano del hotel que da a la calle Reichsgasse se conecta con estos ductos. Me propuse llegar al final. Caminando entre escombros y pisos mohosos alcancé un pasillo. “Wir atomkinder” se leía en el dintel. Saqué el revólver y amartillé. El lugar brillaba con una luminosidad cambiante, entre mortecina y fosforescente.

A lo lejos, multitud de niños se movían participando en juegos macabros. Se lanzaban granadas. Dinamitaban las butacas en donde otros estaban sentados. Eran pequeños deformes, algunos carecían de brazos y otros tenían el torso hueco a manera de rosca, el cual era usado para amarrar tirantes de goma viejos y así servir de magna resortera. Varios de ellos gustaban de dispararse piedras tomando a los nenes agujereados como armas.

Crucé este jardín de sádicos en miniatura dejándolos atrás rápidamente. No sin antes ver que una máquina paridora los generaba compasadamente, expulsándolos por medio de un resorte. Al nacer, todos tenían gafas de soldador.

Proseguí por el túnel. Cubriendo los muros aparecían alternadamente nalgas y falos. Hallé unas sillas metálicas y obscuras con forma de capullos o cascarones cortados verticalmente, recordaban a esos asientos setenteros que encapsulaban al usuario. Colgaban del techo mediante cadenas. En una de ellas yacía un libro cuyo título decía Necronomicon. La portada tenía un cuerpo femenino con ambos senos y la columna vertebral al aire. Abajo, el cráneo de un niño atómico vigilaba.

La música de la sala contigua cortó el silencio. Me oculté trepándome sobre una de las sillas. Entre ruidos chirriantes aparecieron dos mujeres altas y delgadas. Cascos con múltiples prolongaciones les cubrían la cabeza, sólo dejaban ver su nariz y sus extraordinarias mandíbulas con colmillos prominentes. Su ropa les tapaba brazos y espalda, nada más. Calzaban botas de tacón alargadas hasta los muslos. Cada una cargaba una calavera e iban acompañadas por dos engendros que las asían de las piernas mientras frotaban sus bocas en los triángulos negros desnudos y humeantes. Desaparecieron por un corredor. Fue entonces cuando encendí la linterna, el cuarto quedó bien iluminado permitiéndome divisar muchos huevos acomodados sobre el piso.

Aquellas sirenas del Nuevo Mundo no eran más que manatíes. Los cuernos de los unicornios eran en realidad dientes de narvales. Los bestiarios presentaban fauna deformada. Aquí la distorsión era real. El origen de estas criaturas escapa a toda comprensión. Los monstruos perversos no habitan selvas inhóspitas en continentes inaccesibles y salvajes, moran sitios cercanos a nosotros. Se nutren con algunos desgraciados que se reportan a la policía como desaparecidos o accidentados. Esperan.

Un crujido me sobresaltó. Disparé. Seis cascarones quedaron destruidos, luego gotas ácidas cayeron encima del cañón corroyéndolo. Esas dagas por las cuales escurría baba mercúrica profusamente fueron cometas...

Comparte esta entrada

Comentarios