Estupidez, ¿hija de quién?

La alcurnia de una persona es medular en animales sociales como nosotros.

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Álvaro Chaos 29/04/2014 02:39
Estupidez, ¿hija de quién?

La historia, ese compendio de sucesos escritos por el humano, nos permite entender las ideas y los acontecimientos pasados. Gracias a ella sabemos quiénes somos, de dónde venimos y, aunque la muchedumbre lo olvide, podemos vaticinar a dónde iremos a parar si repetimos tal o cual cosa. A pesar de que mucha de esa información se interpreta y deforma con diferentes ideologías, el ojo avizor encuentra la substancia.

Fuera de la historia, la ciencia se propone averiguar aquellos eventos para los cuales carecemos de relatos debido a la ausencia de cronistas. El surgimiento del universo, de la vida en la Tierra y del hombre son los más famosos.

Biólogos y antropólogos han logrado rastrear la génesis humana en tiempos impensables. Hace cinco millones de años el linaje de los chimpancés y bonobos se separó del nuestro. Ambos produjeron muchas especies; sin embargo, hoy sólo subsisten tres descendientes de esos abolengos.

Descubrimos que nuestra estirpe se originó hace casi 100 mil años en África. ¿Cómo hemos podido conocer relaciones ancestrales antiquísimas? De la misma forma que hallamos que nuestros antepasados fueron mamíferos parecidos a las musarañas. Igual que develamos la asombrosa transformación de algunos dinosaurios en aves.

Cuando se reproduce una población de organismos pasa sus características a la generación siguiente. A lo largo de la evolución biológica, esos atributos pueden cambiar diametralmente. Por ejemplo, la pata de un caballo, el ala de un murciélago, la aleta de un delfín y nuestro brazo son modificaciones de la misma estructura ancestral. No obstante, quedan algunas evidencias en esas extremidades por las cuales determinamos la relación.

Además de rastros óseos y morfológicos tenemos el ADN. Secuenciando genes y comparándolos de manera similar a las pistas de otra índole, también revelamos el pasado. El ADN es un tipo de apellido natural que cargamos desde el nacimiento, asignado por nuestros padres bajo unas reglas determinadas.

El empleo de nombres es universal, responde a la necesidad de distinguirnos. Los apellidos y el ADN identifican nuestra prosapia. La alcurnia de una persona es medular en animales sociales como nosotros. Un descendiente de Hitler sentirá rechazo dentro de ciertos núcleos y aceptación en otros. ¿A qué padre no le gustaría que su hija emparentara con los Rosales del Campo y Torres Cueva del Castillo? Por eso es importante decir de quién se desciende. De allí el origen de los patronímicos.

En español se usa la terminación “ez” para especificarlo: Enríquez, hijo de Enrique —¡aguas con las excepciones!, Chávez no es hijo del Chavo. En inglés se usa “son” (John, Johnson). En danés, “sen” (Ander, Andersen). En gaélico, “mac” (Donald, MacDonald). En fin, todos los lenguajes tienen maneras de expresar de quién se es hijo.

Esto cobra relevancia en los matrimonios. Es recomendable enterarse, antes de la boda, del parentesco que guardamos con nuestra pareja. Casarse con primos trae funestos augurios. Inclusive antaño, la Iglesia debía aprobar dichas uniones. Con el tiempo se ha reglamentado el uso de los apellidos para que el sistema sea eficaz ubicando a la gente.

Hará un mes, un diputado ñoño propuso una iniciativa para reformar el artículo 58 del Código Civil del Distrito Federal. La chambonada consiste en alterar el orden de los apellidos (dejándolos como apellido 1 y apellido 2), según el gusto consensuado de los progenitores. Encima de malgastar nuestros impuestos en papelería nueva, las ligas genealógicas quedarán borradas.

A ver qué dice el funcionario cuando en su familia salgan nenes con colas porcinas.

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