El mito del cambio de horario maldito (1)

¿Desde cuándo se instauró? ¿A qué se debe? ¿Cuál es su fin? ¿Funciona?

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Álvaro Chaos 08/04/2014 00:00
El mito del cambio de horario maldito (1)

Mi pobre trasnochado lector, seguramente todavía experimenta el desfase del horario. Ni modo, pasará la semana con sueño, falta de concentración y diversos malestares, que pueden ir de leves a graves. Dependiendo de la persona, el ajuste puede tardar hasta siete días. Lo peor es que su sacrificio no le acarreará beneficio alguno, ¿acaso lo nota en el recibo de electricidad?

¿Quién tuvo la ocurrencia? ¿Desde cuándo se instauró? ¿A qué se debe el cambio? ¿Cuál es su fin? ¿Funciona? Son algunas de las preguntas que la gente se hace sobre el tema. Normalmente se escuchan un par de respuestas al penúltimo cuestionamiento. “Es para ahorrar energía”, dicen unos ingenuos. “El objetivo es coincidir con el horario de Estados Unidos para sincronizar las actividades económicas”, aseguran otros, al parecer mejor informados. Cifras sobre el ahorro eléctrico aparecen en los diarios anualmente. Por ejemplo, según el Fideicomiso para el Ahorro de Energía Eléctrica, México ahorró mil 224 gigavatios por hora en 2013, consumo equivalente al gasto anual del estado de Nayarit.

El asunto tiene orígenes cósmicos. La Tierra gira alrededor del Sol, pero su eje de rotación no es perpendicular al plano (plano de la eclíptica) por el cual se traslada (movimiento de traslación). Resulta que está inclinado 23 grados y 27 minutos. Debido a esto, la Tierra queda iluminada desde diferentes ángulos según la época del año.

Durante los equinoccios de primavera y de otoño, ambos hemisferios reciben la misma cantidad de luz. Días y noches duran lo mismo, 12 horas cada uno. En el solsticio de invierno, la mitad norteña recibe menos iluminación que la sureña, porque la Tierra inclina su parte sur hacia el Sol. Las noches son de mayor duración que los días en el norte; en el sur, sucede al contrario. Durante el solsticio de verano, ocurre lo mismo, pero a la inversa. Concluyendo, entre más boreal o septentrional sea un punto terrestre, mayor será la diferencia de duraciones entre el día y la noche.

Aparentemente, Benjamin Franklin, en 1784, fue el primero que propuso esta idea. La ley pretendía ahorrar velas, venía junto con otros reglamentos que imponían multas por gastar más candelas de las permitidas y por mantener cerradas las cortinas caseras mientras hubiera luz natural. ¡Ay, Benja! ¿Qué sucedió con la patria de la liberty? La “genialidad” pasó inadvertida.

El 30 de abril de 1916, Alemania, que armaba trifulca en Europa, fue la pionera en aplicar el horario veraniego. Una versión cuenta que buscaba economizar combustible, despilfarrar en tiempos de paz es distinto a hacerlo en los belígeros. Otra explicación se relaciona con el dicho “A quien madruga Dios lo ayuda”. Si los germanos comenzaban a trabajar antes, llevarían ventaja sobre sus enemigos. Gran Bretaña copió rápidamente la táctica para no ser madrugada. Fue seguida por países de ambos lados del conflicto: Aliados, incluyendo a Estados Unidos, y Potencias Centrales. Inclusive los británicos llegaron al extremo, para “voltearles la tortilla” a los alemanes, aumentaron dos horas en verano y una en invierno. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, muchas naciones abandonaron modificaciones de tal índole.

El horario de verano regresó en algunos países durante la Segunda Guerra Mundial. Nuevamente aduciendo el ahorro. La medida fue extrema en el Tío Sam. El presidente Franklin Roosevelt instituyó el cambio desde el 9 de febrero de 1942 hasta el 30 de septiembre de 1945. ¡Más de tres años continuos! Estrategia sospechosa si se supone que de ahorro veraniego se trataba, ¿no le parece?

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