Las arrugas del universo

A medida que envejece, las imperfecciones y cicatrices van desapareciendo.

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Álvaro Chaos 25/03/2014 00:00
Las arrugas del universo

Locos afirman que el tiempo lo borra todo, seguramente carecen de lentes o espejos. Únicamente hay alguien que lo experimenta: el universo. A medida que envejece, las imperfecciones y cicatrices de su pasado van despareciendo. Su piel azabache rejuvenece con los siglos y los milenios le dan tersura. Sin magia ni Botox.

Hace 13 mil 730 millones de años todos éramos uno. No había yo, tú, él o ella. Nosotros, vosotros y ellos, tampoco. Los átomos de tigres y gacelas, de hipopótamos y jirafas, de eucaliptos y jacarandas, estaban juntos. Pegados con los suyos también, mi querido lector, con los de su esposa, novias, amigos, enemigos, conocidos y desconocidos. Inclusive con los de su suegra o jefe. Estuvo codo a codo —mejor dicho, átomo a átomo­— con Angelina Jolie, Penélope Cruz, Brad Pitt y William Levy. Si usted es del tipo intelectual puede regodearse pensando en Cervantes, Camus, Bach, Platón y Darwin. Además de apelmazar seres vivos, esta masa única aprisionaba cualquier objeto existente: coches, galletas, monedas, bacinicas, sillas, relojes, pueblos, pirámides, cuevas, mares, montañas, Venus, Saturno, el Sol, la Osa Mayor, la Vía Láctea. Para no hacer el cuento largo, toda, absolutamente toda la materia del universo estaba unida y mezclada. Ni siquiera universo existía. Ni espacio ni tiempo. Súbitamente, este punto masivo empezó a expandirse, asemejando una explosión grande: el Gran Pum. Ese instante, donde las partículas comenzaron a alejarse rápidamente de la masa original, dio origen al cosmos. Desde entonces se puede hablar de espacio y tiempo: el espacio-tiempo. Según la teoría de la inflación cósmica, durante la mil millonésima de la billonésima de la billonésima de la billonésima parte del primer segundo de vida del universo, la expansión fue fulminante.

Las teorías científicas hacen abstracciones de la naturaleza, luego es necesario ir a buscar hechos que las comprueben. Encontrar pruebas de aquella gran y rapidísima explosión acontecida en el fondo de un abismo intangible del devenir representa un reto mayúsculo. Pongamos las cosas en términos asimilables, porque platicar de miles de millones de años es tan ajeno como inasible. El calendario cósmico es una ayuda excelente para dimensionar el asunto. Ajustemos el 1 de enero al momento del Gran Pum, y el 31 de diciembre al día de hoy. El hombre surge hasta las 22:30 horas del 31 de diciembre y América se descubre a las 23:59:59 horas. Los últimos cinco siglos únicamente representan un segundo. Vivimos en el último segundo del año y deseamos conocer qué pasó durante una fracción infinitesimal del primero. Así de rudo es el caso.

Según Einstein, cuando ocurre un fenómeno violentísimo, como la expansión vertiginosa del cosmos, se crean ondas gravitatorias en el espacio-tiempo. A medida que viajan, lo distorsionan, comprimen y expanden, arrugándolo. Imagine el desierto o el mar. Al soplar el viento o moverse las olas, se producen ondas en la arena subyacente. En el espacio no hay arena, pero sí radiación cósmica. Si esta radiación quedó marcada por las ondas gravitatorias de manera similar a esa arenilla, sería la huella que buscamos. El problema es que el universo en expansión planchó estas ondas, actualmente, las distorsiones originales, son minúsculas.

Siguiendo vientos y mareas cósmicos, varios físicos viajaron al Antártico, montaron sensores de radiación en un telescopio y esperaron nueve años. El pasado 17 de marzo anunciaron el descubrimiento colosal del rastro de las ondas gravitatorias, la primera evidencia directa de la inflación cósmica.

Desmaquillaron al cosmos.

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