Superstición primaveral

El origen de las supersticiones yace sobre el anhelo para comprender al mundo.

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Álvaro Chaos 18/03/2014 00:00
Superstición primaveral

En La Guerra de las Galias, Julio César relata: “Los galos son extremadamente supersticiosos. [...] Algunas tribus tienen imágenes colosales hechas de mimbre, cuyas extremidades rellenan con hombres vivos; entonces les prenden fuego y las víctimas arden hasta la muerte”. Al romano le intrigó la cantidad de creencias injustificadas de los antiguos franceses. A medida que se movía hacia el norte, César notó que la superstición aumentaba. Anglos, sajones y nórdicos dejaban atrás a los celtas de la Galia. Si bien ciertas historias de esta naturaleza son meras ficciones inofensivas que nutren el deseo fantástico, como aquellas de dragones y demás criaturas fabulosas; otras, en cambio, son perturbadoras por alcanzar la realidad. La historia de la película de El señor de los anillos: Las dos torres (2002) finaliza al salir de la sala de cine; la de El hombre de mimbre (1973), no.

El origen de las supersticiones yace sobre el anhelo para comprender al mundo: encontrar causas y efectos. Si un día llego a mi oficina y el jefe me corre, es posible que se deba a mi incompetencia. Pero si, según yo, soy un ejemplo en el trabajo, entonces seguramente desea mi puesto para algún familiar o para esa chica nueva de cascos ligeros y curvas mucho más peligrosas que por las que transitaba la Línea 12 del Metro.

Si luego de hacer el análisis cuidadoso, concluyo que no se debió a esas situaciones —ni a otra razonable—, quedo desamparado ante el cosmos. No hallo causa a mi despido. “Busco y busco, y no lo busco” —como dicen en Yucatán. ¿Qué hice ese día? Hago memoria. ¿Pasé por debajo de alguna escalera? ¿Rompí un espejo? ¿Era martes 13? ¿Pisé la sombra de una pelirroja?... ¡Ahhh, ya! ¡Se me cruzó un gato negro! Todo se aclara. ¡Maldito minino! Para la próxima me cuidaré de los felinos “de color” (no vayan a acusarme de racista). Además, me surtiré con un arsenal infalible: trébol con cuatro hojas, pata de conejo, cuarzo, herradura, consultaré mi horóscopo antes de salir, acomodaré mis muebles conforme al feng shui y me cargaré de energía. ¡Ja!

Este 21 de marzo, muchas personas que piensan así participarán en una curiosa migración anual. Se vestirán de blanco y acudirán a ciertos monumentos prehispánicos. Ya en las ruinas, escalarán las pirámides. Dependiendo de su condición física y abulia esférica —por no decir una vulgaridad—, pararán y serán calentadas por los rayos solares. Dicen que van a cargarse de energía.

La energía que llega del Sol alcanza a la Tierra de varias maneras. Una de ellas la percibimos como luz. Si la energía que quieren acumular es ésa, van a desilusionarse. Una prenda blanca refleja todo el espectro lumínico, nada absorberán vestidos así. Deberían ir de negro. Otra forma energética que sentirán es la radiación ultravioleta. Este tipo de onda electromagnética es muy dañina para la salud humana. Si no llevan protectores solares adecuados, la influencia que experimentarán, lejos de hacerles bien, los perjudicará. Finalmente, recibirán radiación infrarroja o calor, otra decepción, entre más arriba estén, menos calor tendrán. Por eso los picos de las montañas son más fríos que los valles. Si trepan, captarán menos energía de esta clase. Estas evidencias científicas bastan para ver lo absurdo del rito. Ya resulta ocioso investigar dónde almacenarán la energía y cuánto tiempo les durará.

Existe una manera de entender y predecir el universo, se llama ciencia. Es falible, mas le explicará mejor el mundo que puras supercherías irracionales. Querido lector supersticioso, aléjese de las seudociencias y deje de comportarse peor que zombi.

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