Naturalidad y homosexualidad

La vida es amoral. Bondad y maldad son ajenas a su reino.

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Álvaro Chaos 11/03/2014 00:00
Naturalidad y homosexualidad

Al echar un vistazo al universo animal encontramos comportamientos chocantes. Es fácil caracterizarlos inconscientemente con adjetivos propios del humano. «El rey de la selva» vive en manadas donde el liderazgo yace en uno o varios machos adultos. Ésos de melenas con mucho cuerpo y volumen. Típicamente, la manada consta de unas seis hembras con crías y de uno o dos machos. Aunque se les puede hallar en agrupaciones mayores, en parejas o solos. La vida de un macho es bastante difícil por más que la propaganda y el imaginario colectivo digan otra cosa. Al alcanzar la madurez, se le expulsa de la familia. Si logra sobrevivir, algún día retará a los machos líderes de una manada. La batalla por las hembras es a muerte. No siempre es equitativa. Me tocó ver una en donde un grupo solitario de cuatro machos atacó a otros dos para quitarles su harem. Tres de ellos se abalanzaron sobre el primero y lo destrozaron. El segundo, herido gravemente, apenas pudo huir para morir lentamente a la sombra de una acacia africana. Poco después, la cuarteta implacable buscó a los cachorros de la manada. Uno a uno los tomaron entre sus fauces y los mataron. Al final, quedaron los cadáveres de dos adultos y de más de una decena de leoncitos decapitados. Tiempo después, las leonas entraron en celo, se aparearon con los reyes vencedores y procrearon nuevamente. La manada resurgió.

Otro caso desgarrador se relaciona con el chimpancé común. La estructura social de estos simios es complicada. Conviven en asociaciones que van desde 20 individuos hasta más de cien. Los conjuntos se dividen y unen periódicamente, lo que se conoce como comportamiento de fisión-fusión. Es posible encontrar grupos compuestos por machos solamente, los cuales son peligrosos. Si en su camino se topan con algún forastero desafortunado, lo acorralan y golpean hasta matarlo. Inclusive llegan a comérselo. Si el incauto es hembra, la violan en multitud.

Así es la historia de leones y chimpancés. Seguramente usted, mi sensible lector, está maldiciendo las tropelías de felinos y monos. No bajará de cobardes, montoneros, asesinos, infanticidas y baja-viejas —que ya es lo de menos— a los integrantes de la cuarteta leonina; y de salvajes, matones, caníbales y violadores a los simios pandilleros. Permítame disentir. Ninguno de esos calificativos se les pueden asignar a dichos animales. Ellos siguen sus instintos y experiencias. La vida es amoral. Bondad y maldad son ajenas a su reino. En contraste, el hombre es una criatura moral, califica sus propias acciones de buenas o malas. Muchas veces las normas morales se oponen al comportamiento animal innato. Según estadísticas canadienses, un hijo adoptado tiene una probabilidad 60 veces mayor de ser víctima de infanticidio que uno biológico. Parece natural, como ya vimos, pero está prohibido por inmoral. Ninguna persona honorable apoyaría a estos asesinos alegando que los leones también lo hacen, que es natural. Tampoco justificaría las violaciones que sufren continuamente las mujeres poniendo como ejemplo la naturalidad del mundo chimpancé —obviamente excluimos a nuestros compañeros del planeta Mikón, quienes son micos respetables.

Lo natural y lo moral son cosas dispares. Hace un par de semanas, el presidente involucionado de Uganda, Yoweri Museveni, firmó una ley que aumenta la pena por reincidir en la homosexualidad a cadena perpetua. Al mandatario se le hace antinatural que a un hombre no le gusten las curvas femeninas. Supongo que cuando una banda rapte y viole a su esposa, mate a sus hijos y lo golpee, no tendrá problemas con esas naturalidades.

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