Ciencia y cine: Gravity (II)

En el espacio no hay sombras ni mantos obscuros. Es un dúo de luz y tinieblas...

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Álvaro Chaos 04/03/2014 00:00
Ciencia y cine: Gravity (II)

Después de sobrevivir al infame bombardeo mediático, donde el destino de estatuillas doradas trasciende la invasión de Rusia a Ucrania, y a la frivolidad del premio Oscar, continuaremos el análisis científico de Gravity.

En la columna del martes pasado mencionamos el acierto de Cuarón al obedecer las leyes de la física y prescindir de cualquier sonido en el espacio. Lo único audible en la película son las comunicaciones entre los astronautas. Desgraciadamente, Matt Kowalski pertenece a esa clase de personas que por alguna razón extraña, son incapaces de disfrutar el silencio. Kowalski es de esos que en la oficina, en la casa, en el restaurante, en el automóvil, en la playa, debe recibir una dosis continua de sonidos. Afortunadamente, la doctora Ryan Stone, al principio de la cinta, pide a don Matt que apague su musiquita desesperante.

La atmósfera causa otros efectos a los que estamos acostumbrados y que en el espacio no suceden. Aún más dramático que el silencio omnipresente, es el efecto de luz y obscuridad espacial. En nuestro planeta vemos a los objetos, según la iluminación, con diferentes intensidades. Percibimos cómo éstos obstruyen la luz y proyectan sombras. Realmente vivimos en un mundo de luces y de sombras. Rara vez experimentamos la obscuridad total. La gente se inquieta al sumirla en la negrura absoluta. Provoca desorientación aguda y claustrofobia. Si usted, mi buzo y abusado lector, se ha sumergido en el mar con tanques de buceo por la noche, sabrá de lo que le hablo. Pues bien, en el espacio no hay sombras ni mantos obscuros. Es un dúo de luz y tinieblas sin medias tintas. Un objeto se ve o no. Es el claroscuro renacentista de los pintores flamencos e italianos llevado al extremo total, apenas lo roza el tenebrismo de José de Ribera. Durante las peripecias de Stone y Kowalski, donde rebotan de aquí para allá, cual calcetines en la secadora, se dibujan sombras imposibles en sus trajes. En ese sentido, el retrato del ambiente cósmico es irreal. Si se hubiese filmado de manera expresionista, como en Nosferatu, de Murnau, o al más puro estilo del film noir, como en El halcón maltés, Gravedad poseería un trabajo visual verídico e impactante.

La situación con las bases espaciales presenta problemas serios. El más obvio se relaciona con sus movimientos orbitales. Recordemos la escena. Ryan, ya sola, se introduce a la Estación Espacial Internacional (EEI). Debe apresurarse y salir de allí en la cápsula rusa Soyuz. Según Matt, los escombros espaciales que originaron el accidente y destruyeron el transbordador espacial Explorer, tardan en dar la vuelta a la Tierra 90 minutos. Justo hora y media después, cuando esa basura comienza a golpear la EEI, Ryan escapa hacia la estación china Tiangong-1. El detalle olvidado aquí es que la EEI se mueve también. Tiene un periodo orbital de 92 minutos y 52 segundos, lo cual hace impensable que los despojos la alcancen. Para finalizar, diremos que el telescopio Hubble y la EEI se encuentran a altitudes orbitales distintas (600 km y 400 km respectivamente), la separación mínima entre ellas en cierto momento mide 200 km, increíble para una caminata espacial.

De ciencia ha sido todo. Una mujer naufragada en el universo mudo y tenebroso es un campo soñado para reflexionar sobre la condición humana. Lástima, nada pasó. Se extrañó mucho.

Ante la carencia, le comparto una frase con brillos y tenebrosidades de Terry Pratchett: “La luz piensa que viaja más rápido que todo, pero se equivoca. Sin importar cuán rápido viaje, la luz descubre que la obscuridad siempre ha llegado primero y la está esperando”.

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