El amor en tiempos modernos

Estudiosos plantean que amar y estar enamorado son cosas diferentes.

COMPARTIR 
Álvaro Chaos 18/02/2014 00:00
El amor en tiempos modernos

Cuatro letras bastan para desafiar a la muerte, al destino, a lo establecido. Apostar la vida en un lance pende de dos vocales y dos consonantes. Apenas dos sílabas. Una palabra. Todo alguien la conoce. Germen de grandes obras clásicas. El secreto del tetragrámaton lo anhela la humanidad. Otras lenguas requieren unos signos más, cinco en francés (amour) y en italiano (amore), ocho en euskera (maitasun). Antiguamente —y hoy—, dinero y favores se cambiaban por poder producir esa sensación en alguno indiferente a nuestros coqueteos. Nuevos gurúes dicen que han descubierto dónde reside la pócima. Hasta la deletrean con 22 símbolos. La abrevian así: C6H3 (OH)2 -CH2 -CH2 -NH2.

Su hipocorístico, o sea, para los cuates, es dopamina. Esta substancia que utilizan las neuronas para comunicarse tiene muchas funciones en el cerebro. La famosa es aquélla relacionada con el placer y la motivación, elementos cruciales en las relaciones amorosas. Algunos neurofisiólogos aseguran que al enamorarnos soltamos cantidades enormes de varias substancias, donde la dopamina es medular. Ella es la culpable que sintamos placer al recibir la llamada con el saludito matutino, de suspirar viendo fotos de la pareja, y de todo el resto del ritual querendón. Estos mismos investigadores afirman que uno se enamora por causa de la dopamina. Argumentan que una cosa es estar enamorado, y otra, amar. ¡Vaya!, se complica el asunto. Según ellos, el enamoramiento se debe a la dopamina; el amor, a la costumbre. Lo primero es ebullición química interna, y lo segundo, rutina administrativa. Si le reciben de jeta, las flores y los regalos escasean, si cada día le quieren ver menos, la dopamina del amante va a la baja. Cálmese, no chille. Ponga manos a la obra. Chocolate negro, ejercicio y juegos competitivos —cuidado, no exagere—, dicen que incrementan la substancia en el cuerpo. Estos augures del sentimiento humano van más lejos, afirman que la fase de mariposas gástricas dura escasamente cuatro años. ¡Agárrese!, mi querido lector. Estas bases científicas podrían ser tomadas en cuenta por la legislación e inaugurar el matrimonio cuatrienal con posibilidad de reelección, por si la pareja democrática moderna decide renovar la relación continuando con sus votos administrativos, o, si por casualidad, acontece otro “dopaminazo” en sincronía. El neurotransmisor ocasiona ese sentimiento intenso y exclusivo del ser humano —de acuerdo a la definición. Amar no es para los animales, tampoco plantas ni hongos lo experimentan.

Los ratones de la pradera (Microtus ochrogaster) tienen otra llave química que abre sus corazones. Después de pasar una noche íntima, como de cuento, hacen pareja para toda la vida. El efecto erótico depende de la liberación de la hormona oxitocina durante la cópula. Se ha visto que si pasan la noche sin aparearse, en camitas separadas, pero se le inyecta la hormona a la hembra, la pareja quedará unida para siempre. Las parejas con la secreción hormonal bloqueada pueden ensayar de principio a fin el Kama sutra, la relación nunca se formalizará. La sensibilidad a la oxitocina varía dependiendo de la especie de ratón, las más sensibles son monógamas, las menos, polígamas.

¿Cuál es la diferencia entre una flecha de Cupido untada con dopamina u oxitocina? Si los neurofisiólogos insisten en que así se enamora uno, entonces los ratones también conocen el enamoramiento, eso que solamente es humano. La guerra de Troya, las andanzas de Alonso Quijano, los amantes de Verona, se explican tan sólo por una molécula. ¿Trivializar dependerá de otra biomolécula?

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red