El uniforme de la influenza A (H1N1)

Este germen es el non plus ultra de los homicidas.

COMPARTIR 
Álvaro Chaos 28/01/2014 00:00
El uniforme de la influenza A (H1N1)

Los uniformes derriten a la mayoría de las féminas, más lo hacían antiguamente en las fiestas de la nobleza donde aparecían altos oficiales bailando con jovencitas aristócratas. Escenarios comunes en los palacios europeos y americanos durante el siglo XIX. Charreteras áureas, botas azabachadas, fajines coloridos, espadas, medallas formaban parte del atuendo militar típico en una centuria que nacía con las Guerras Napoleónicas. La importancia del uniforme no radica en conquistar doncellas —eso es un plus, mas nada despreciable—, sino identificarse claramente en el campo de batalla. Sin distintivos, uno puede eliminar a varios compatriotas antes de enterarse del error. En 1812, cuando Napoleón invade la Rusia gélida, los ejércitos franceses visten de azul principalmente; enfrente, los dragones rusos usan blanco. Cualquier soldado ya sabe a cuál color debe apuntar.

Estamos en plena temporada de frío y, al igual que los rusos, tenemos un invasor, bajito también. El virus de la influenza A (H1N1) vuelve a cobrar víctimas. Fue el responsable de la pandemia y de la semiparalización de la Ciudad de México en 2009. Restaurantes, colegios, universidades, cines, teatros y otros sitios concentradores de gente fueron cerrados. La panorámica de la urbe recordaba aquellas escenas de películas apocalípticas donde avenidas silenciosas y calles desoladas son casi sus personajes principales. Todo por culpa de un minúsculo ser que no respira, no come, no crece, no ve ni oye, pero sí asesina. Un virus.

Matamos a toda criatura que nos ataque si disponemos del armamento y tiempo para reaccionar. Sin embargo, no es posible quitarle la vida a un ser que no la posee. Ríase de los zombis, de los vampiros y demás monstruos inmunes a casi todas nuestras armas, este germen es el non plus ultra de los homicidas. Simplemente no se le puede matar porque no está vivo. A esta misma clase de malandrines pertenecen los causantes de enfermedades pavorosas: ébola, sida, viruela. Posiblemente se pregunte cómo es que algo no vivo nos mate, ¿qué daño nos puede ocasionar un ser inerte? Un virus es como un bombón, está compuesto de material genético (ADN o ARN) —el relleno— y una capa de proteínas —la cubierta—. No realiza alguna función vital, inclusive puede adoptar la forma de un cristal. El ente, en este caso, el causante de la influenza A (H1N1), divaga por el mundo, un día se introduce en un humano. Navegará por sus entrañas hasta encontrar una célula a la cual pueda pegarse. Es el momento que ha estado esperando, inyecta su ADN dentro de la célula y toma control absoluto de ella. Utiliza toda la maquinaria celular con el solo propósito de reproducirse. Copia sus genes y su cubierta, los ensambla —como en la fábrica de chocolates de Willy Wonka— y, cuando ya no quedan más recursos, los virus salen rompiendo la célula. Cada uno de ellos repetirá el ciclo hasta consumir al organismo, si el sistema inmunitario no actúa con rapidez, la muerte será el destino.

Al no poder asesinar al rival, la única manera de ayudar a nuestras defensas es mostrarles de antemano el disfraz del ocupante. Así no perderán tiempo esencial en identificar a quién tienen que destruir. Eso es precisamente lo que hace la vacunación. Una vacuna consta de la capa del virus y de ADN alterado para que no pueda reproducirse, de esta forma nuestros soldados aprenden cómo es el objetivo. Ahora cualquier virus atacante, será rápidamente identificado y destruido. Mi querido y sano lector, vacúnese para que sus defensas sepan a quién disparar y el chaparrito invasor encuentre su Waterloo.

Comparte esta entrada

Comentarios