Los nombres extremos

Un nombre define, marca el destino. Eso lo conoce muy bien la mercadotecnia.

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Álvaro Chaos 03/12/2013 00:00
Los nombres extremos

Daba vueltas impaciente. Hacía un rato ya que su esposa estaba en labor de parto. Por fin entró la enfermera a la sala de espera. –Señor Gómez, no se preocupe su hijo ya nació y se encuentra en perfecto estado, sólo tuvimos que ponerle oxígeno al niño —dijo, sonriente. Gómez exhaló toda la tensión. –Bueno, ni modo, yo le quería poner Jorge —contestó, resignado.

Escoger el nombre de algo o alguien es complicado. Un nombre define, marca el destino. Eso lo conoce muy bien la mercadotecnia. Cuántos productos han tenido éxito, en primera instancia, por el acierto de saberlos nombrar. Con las personas sucede lo mismo. Muchos padres desean llamar a sus hijos de formas tan originales que llegan a situaciones extremas. Unos sólo inventan, hacen anagramas, todo en pos de la distinción. Otros son menos creativos, prefieren usar nombres de personajes que idolatran. No olvidaré el de un amigo del club. Era medio de contención, marcaba tozudamente y reventaba el balón sin florituras. Así jugaba Beto. Siempre pensé que se llamaba Alberto, pero no, Beto era un apócope de Beethoven. Sí, su nombre era Beethoven García Pérez. Su padre era contador y pianista frustrado. Sobra mencionar que idolatraba al compositor alemán si había decidido, contra viento, marea y esposa, bautizar a su vástago con el apellido del autor de Para Elisa... ¿o Teresa? Realmente Beetho —como debería escribirse— tuvo suerte. Existen nombres peores en el Registro Civil de México como Pocahontas, Astroboy, Microsof y Robocop. Días atrás, se publicaron en Excélsior las rarezas del de Costa Rica. Allí figura la niña Excel. Cuando su madre diga que Excel tiene un virus imagino a las amistades proporcionándole un CD con la última vacuna para computadora. ¡Y qué decir del pobre niño Mac Junior! Aunque se les aconseja a los padres que piensen bien el nombre que le adjudicarán a sus vástagos, la libre elección continúa siendo un derecho.

Si bautizar a unos cuantos retoños es intrincado, entre otras cosas, por las típicas peleas familiares, imagínese nombrar a cada una de las especies de animales que viven en la Tierra. Para eso se inventó un sistema específico cuyas reglas aparecen en el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica. En él se determina que los nombres de las especies deberán ser binominales y estar en latín. Se escogió dicho idioma porque es una lengua muerta, es inmutable. El primer nombre es un sustantivo generalmente, escrito con su inicial en mayúscula, y el segundo es un adjetivo normalmente. Como verá, mi querido lector, es similar a los famosos nombres sioux: Toro sentado, Caballo loco. Por ejemplo, su perro es Canis familiaris (perro familiar), el lobo es Canis lupus (perro lobo), el coyote es Canis latrans (perro ladrón). Como licencia a la falta de originalidad, se permite que ambas palabras sean iguales, así pasa con el bisonte americano: Bison bison. Es posible dedicar el nombre de una especie a algún personaje. El quetzal se llama Pharomachrus mocinno (pharos, manta; makros, larga) en honor al naturalista, médico y botánico novohispano José Mariano Mociño. Para aplacar egos, está prohibido dedicarse el nombre de una especie.

Se considera a Carlos Linneo, naturalista sueco, el padre de la taxonomía moderna porque figuró entre los primeros en utilizar regularmente este sistema de nomenclatura. También inventó un sistema para clasificar a las criaturas. El cual fue duramente criticado por el naturalista francés Buffon. Enojado, Linneo llamó al sapo común como Bufo bufo, decía que la cara del anfibio le recordaba a la del galo. Se ignora quién se ofendió más.

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