En memoria de Alejandro Chao

Nunca abandonó su vocación por el entendimiento de los intrincados caminos de la mente y las emociones...

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Alberto Begné Guerra 12/05/2014 02:24
En memoria de Alejandro Chao

Las muertes causadas por la violencia son una tragedia que, como ninguna otra, revela la fragilidad de la civilización ante la barbarie y la derrota de la razón frente a la fuerza. Quizá algunas de estas tragedias puedan explicarse —que no justificarse— como el desenlace previsible de las decisiones con las que se construye una vida; por ejemplo, cuando un criminal encuentra una muerte violenta. En otros casos, en cambio, esta forma de la brutalidad humana se inscribe en el terreno del absurdo, escapa a la secuencia lógica del trayecto de una vida y, en esa medida, resulta absolutamente incomprensible; y también hay tragedias derivadas de la violencia que, además de absurdas, llevan una pesada e ingrata carga de ironía, porque son la representación descarnada del extremo opuesto a la esencia de la vida segada.

Alejandro Chao soñó con un mundo distinto al que vivimos, donde la libertad, la creatividad y la equidad ganaran terreno sobre la opresión, la automatización y la desigualdad. De muchas maneras realizó su sueño, siempre con la convicción de un idealista y el empeño de un obrero. Fue, en efecto, un constructor de sus ideales. Su obstinación —esa gran virtud que, con singular lucidez, Hermann Hesse separa de la terquedad— le significó logros y tropiezos. Pero nunca abandonó su vocación por el entendimiento de los intrincados caminos de la mente y las emociones, siempre con el afán de ayudar a la gente, ni su pasión por la educación, con la visión de un modelo pedagógico orientado a la formación de personas libres, creativas y solidarias.

Entre otros muchos proyectos, Alejandro fue uno de los fundadores de Kairós, una escuela activa que, junto con otras pocas inspiradas en esos principios, irrumpió en la educación tradicional del México de los setenta, con el fin de ofrecer una formación en la que los alumnos no fueran sujetos pasivos, sino verdaderos actores de un proceso educativo donde la indagación, el trabajo de campo, el debate, las artes, los oficios, el deporte y, sobre todo, el reconocimiento y aprecio de la diversidad y la equidad eran las piezas clave. Alejandro fue mi maestro en sexto de primaria y, aunque después lo vi poco —ya instalado en Cuernavaca, nos invitó a sus exalumnos algunas veces—, guardo con mucho cariño el recuerdo de esos años y de su gran calidad humana e intelectual. 

La trágica ironía de su muerte no podría ser mayor. Quería un  mundo libre, pacífico y solidario, pero la terca realidad de la descomposición social y la violencia segó de manera brutal su vida y la de Sara, reafirmando la razón de sus valores y causas vitales: cambiar y reinventar esta realidad que, por encima de la corta perspectiva de la seguridad pública, nos reitera con crudeza la profundidad de las distorsiones y rupturas del tejido social en México.

                *Socio Consultor de Consultiva    

                abegne.guerra@gmail.com          

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