La Cassez creyó que en México así se trataba a los esclavos

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María Luisa Mendoza 26/01/2013 02:14
La Cassez creyó que en México así se trataba a los esclavos

Cassez, el tema de la semana. Ya había escrito mi columna que, junto a la gravedad de la presa, el proceso, el juicio, la Corte, los testigos, el veredicto, resultaba lo mío un extraño paseo por el pasado, como de costumbre. Amén de mi estupefacción ante los hechos, como el fontanero ante el boiler humildísimo, tuve que doblarme y repetir mi trabajo. La señora Cassez nunca me fue simpática; había una advertencia ante su caso indignante, el cual creí de pie juntillas por las opiniones de los raptados que tuvieron el valor de declarar su experiencia por la cual nos dimos cuenta, los entercados lectores de periódicos, de tales hechos que si bien no eran excepcionales, sí igual de crueles y desalmados… La dulce francesita de marras resultó un caso de crueldad inimaginable, pues, amante de un narco, digamos, “poderoso”, tal vez pensó, digo yo, que este país nuestro era verdaderamente así: un montón de esclavos a cargo de alguien con cierto poder y desplantes de conquistador. No quiero decir que no comprenda el enamoramiento súbito de la flaquita güera monona pero no como para desatar pasiones de Hernán Cortés, pero sí, en su ignorancia clásica suponer la regla de los apasionamientos: aceptar con naturalidad que en el cuarto de atrás estén unos infelices amarrados y amordazados a los que hay que aventarles algo de comer y de vez en cuando amenazarlos con equis tormentos si sus familiares no mandan los oros y los moros que están pidiendo para liberarlos; quitarles las vendas, aventarlos a un auto y dejarlos en algún lugar solitario después de haber cobrado millones de pesos que nosotros, los de abajo, ni imaginamos. Pero ella, como venía de un primer mundo a este país conquistado por extranjeros y dominado por sinvergüenzas, pues a la mejor las “costumbres” así son. Virola por su relación carnal con un bandido narco, deslumbrada por camionetas, servidores, choferes y una vida fácil, la francesa siguió en la baba de que así es nuestro modus vivendi… El maldito novio amoroso la seguiría conquistando día a día y ella, inculta, interesada, de a seis con la facilidad para subsistir, y además con la posibilidad de darle vuelo a su naturaleza de crueldad, de racismo, de superioridad, etc, siguió adelante… les dio de comer —es un decir— a los cautivos, los amenazó (“dedo u oreja”) y fingió que la virgen le hablaba y que allí no pasaba nada. El “amor” del bandolero borraba toda precaución, duda o posible delito. A la “gente baja” así se le trata, a cuerazos, a amenazas, como sacarle sangre a un raptado y montarle un oso al narco el día en que lo sorprendió quebrando a una señora raptada a tener relaciones sexuales con él y delante de su hijo, otro cautivo…

Nosotros, los mexicanos, no perdonamos la demencial forma de dominio de un igual, es decir, estamos conscientes desde la sangre de esa maldad; venimos de España poniéndonos la pata en la yugular ayudada por una Iglesia malvada. Desde siempre estuvimos contra Florence Cassez, su amasio, su Presidente, sus llorosos padres, por lógica, defendiéndola, su hipocresía… y claro, contra la Suprema Corte, que fue capaz de traicionarnos echando a volar a la gaviota güera, como le gustan a los mexicas. Y eso que a Agustín Acosta no solamente lo quiero sino que lo admiro: es un cabal abogado penalista, y de eso sí sé.

           *Escritora y periodista

    marialuisachinamendoza@yahoo.es

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