Cirilo en su espacio sideral

Para poder vivir se necesitan actividades propias de cada individuo.

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Anna Bolena Meléndez 12/02/2014 00:00
Cirilo en su espacio sideral

Las mujeres somos muy románticas, tan románticas, que a veces se nos olvida que nuestro puchunguito de azúcar necesita respirar (y nosotras también).

Es verdad que los primeros meses de amor no queremos otra cosa que no sea estar pegados como muéganos, besarnos hasta que el oxígeno se acabe, la piel se ponga pegosteosa y el calor sea insoportable. Podríamos pasar acurrucados en una cama sin despegarnos aunque estemos a 350 grados y el sudor amenace con desintegrarnos.

Pero eso no dura mucho, o por lo menos, sea lo que sea que le dure a cada quien, llega un punto en el que ambas partes necesitamos nuestro espacio.

Las que están casadas o viven con su pareja no me dejarán mentir. Al principio, cuando Cirilo decía que se iba de viaje, uno se sentía completamente miserable, pues pensar en pasar, deja tú un día, ¡dos minutos! despegada de él era un infierno. Pasado el tiempo, no vamos a mentir, los extrañamos como locas, pero muy en el fondo, tanto ellos como nosotras, disfrutamos del espacio de esta soledad.

Esta exquisita soledad en la que no nos tenemos que poner rímel, podemos pasarnos a vivir a los pants rotos de hace dos mil años, no nos acercamos ni de broma al cepillo y al maquillaje no lo vemos ni en las curvas.

Asimismo, ellos lo disfrutan, sea porque se quedan en casa sin nosotras por unos días, o aunque sea porque decidieron irse en su moto a dar una vuelta a la manzana.

Esa independencia que se siente cuando Cirilo/a no está no quiere decir que el amor esté apestado, ¡todo lo contrario!, para poder vivir se necesita un poco de oxígeno, de actividades propias de cada individuo en las que pueda sentirse que tiene el control.

Cada quien tiene cosas de su agrado. Algunos hombres se encierran en su garaje a tomar cerveza y eructar como cavernícolas, otros se van a montar en bici, otros se apen... frente a un juego de video. Nosotras, por nuestra parte, también tenemos nuestros escapes, aunque sea ir al salón de belleza por un manicure o meternos a la cocina a hacer una pila de galletas o internarnos en un baño de vapor para cerrar los ojos tanto tiempo como lo deseemos, sin pensar en lo que Cirilo necesita o quiere hacer.

Cuando vivimos tanto tiempo en pareja, nuestras energías están puestas en la otra persona, qué quiere comer, a dónde quiere ir, qué película quiere ver; puede llegar un punto en el que no nos demos cuenta y vivimos una vida en torno a las necesidades o deseos del otro. Eso no tiene nada de malo si aprendemos a equilibrar con esos espacios exclusivos en los que nos podemos dar gusto única y exclusivamente a lo que nosotros deseamos.

Ir al cine a ver esa porquería de película rosa a la que Cirilo nunca te acompañará porque no hay balazos ni carros estrellándose en el aire. A lo mejor, un rato de tranquila caminata en el parque cerca de tu casa, en donde puedas caminar al paso que desees, hacia la dirección que desees y por el tiempo que se te dé la gana. En la que puedas escuchar la música que quieras por tus audífonos, al volumen que quieras y repetirla cuantas veces se te hinche la gana, para sentirte como si el mundo fuera una gran pasarela.

Por ello nunca podemos perder eso, y entre más tiempo duremos con nuestra pareja, más tiempo necesitaremos de esos espacios de intimidad en los que nos demos gusto a nosotros mismos.

Así que, Cirilas del planeta de mueganolandia, denle tantito espacio a Cirilo y déjenlo largarse con sus amigos o en su moto o a volar avioncitos si eso es lo que quiere, porque es justo en esos momentos, en los que ellos buscan sus sagrados espacios, que nosotras también podemos encontrar los nuestros.

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