Adopta, no compres

Recuerdo claramente ese día, cuando juré que nada ni nadie lo reemplazaría.

COMPARTIR 
Anna Bolena Meléndez 20/11/2012 00:21
Adopta, no compres

Recuerdo la primera noche que pasé sin él: extrañar su olor, sus sonidos, sus besos y cariños. Recuerdo despertar llorando en la madrugada, desesperada entre el silencio de la noche que ya no se llenaba con su andar misterioso y lento. Recuerdo claramente ese día, cuando juré que nada ni nadie lo reemplazaría, cuando me prometí no tener nada parecido a él: deseaba estar sola, no volver a amar de esa manera para no volver a perder la mitad de mi corazón.

Su nombre era Chamán; sigue siendo, aún no se desvanece de mi memoria, de mis cotidianos recuerdos. Pasó doce años de su vida conmigo. Era un precioso labrador chocolate de ojos miel, juguetón, al que le apasionaba morder el control remoto.

Toda mi vida he tenido perros. No recuerdo ni un solo momento de ella sin un peludito en mi casa. Perdí a mis dos primeras perritas, después de pasar casi 17 años con ellas, por causas naturales. Entonces llegó mi Chamán, mi viejo, mi compañero de varias aventuras y confidente de mi vida diaria.

Un día, en medio de una dosis de besos, le juré dos cosas: la primera, que nunca lo dejaría sufrir por mi egoísmo, que el día que lo viera padecer tomaría la decisión de dormirlo en mis brazos. La segunda, que no compraría un perro de raza, que después de él adoptaría otro peludito que necesitara un hogar.

Después de 14 años mi viejo no pudo más: murió en mis brazos, como se lo prometí, y aunque en el momento no fui capaz de reemplazar su espacio con ningún otro perro, no tardó en llegar el día en que necesité cubrir ese hueco con un poco de amor. Acudí al refugio Franciscano, en donde albergan a más de dos mil perros en estado de abandono, cumplí con los requisitos para ser adoptante y, por fin, después de quince días de soledad, pude ir a escoger quien sería mi próximo compañero.

Los había de todas las razas, colores, tamaños y edades. Recorrí las jaulas de principio a fin. Mi corazón me doblegaba de dolor, pues los quería a todos, pero debía escoger a mi próximo compañero de vida.

Llegué a la última jaula sin aún tomar una elección. Entonces por la reja se asomaron un par de inmensos ojos azules que conectaron en automático con los míos. La encargada abrió la jaula y en cuanto di el primer paso hacia adentro, la hermosa perrita ojiclara saltó a mis brazos y se me aferró. Mayath me escogió a mí.

Ahora sé lo que es adoptar un perrito cósmico –como me gusta llamar a aquellos que no tienen una raza en específica–, ahora veo la belleza que se esconde en su alma detrás de ese pelaje harapiento y mugroso.

Hoy, Mayath es una hermosa güera con ojos enigmáticos que llaman la atención a donde quiera que vamos. Cuando me preguntan por su raza, me siento orgullosa al contestar que es única.

Mi corazón volvió a estar feliz después de la terrible pérdida de mi Chamán, volví a entregar mi amor a esta pequeña sin raza, ni pedigrí que la hagan ganadora de premios ni medallas. Soy una orgullosa adoptante de una perrita abandonada, que quién sabe qué padeció antes de llegar a mi hogar.

Esta Navidad no regales animales de compañía. Tenerlos es una decisión a la que se llega en familia y no algo que puedas envolver en una caja con un moño.

Adopta, no compres.

                                    www.twitter.com/AlasdeOrquidea
                                    AlasdeOrquidea@gmail.com
                                    www.taconesycorbatas.com
                                    www.alasdeorquidea.com
                        www.facebook.com/AlasdeOrquidea
                                    www.youtube.com/AlasdeOrquidea

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red