El Atlas tiene seis décadas sin poder alimentar los recuerdos

Hoy se cumplen 60 años del único título de liga que ganaron los rojinegros. Uno de los ex jugadores que protagonizaron la hazaña padece Alzheimer

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22/04/2011 05:00 Carlos Barrón
El Atlas tiene seis décadas sin poder alimentar los recuerdos

CIUDAD DE MÉXICO, 22 de abril.- El día que el Atlas salió campeón, Felipe Zetter vio aquel penal desde lejos, a unos 60 metros de distancia, como los 60 años que los separan de un título. Llevaba la responsabilidad de ser el capitán aunque no trajera gafete y una capa de sudor le hacía arder los ojos. Se limpió un poco con el dorso de la mano para no perder detalle por la luz cetrina del mediodía. Había un aire de incertidumbre y miedo en la zona de la tribuna rojinegra. Este equipo ya había salido campeón de la Copa México un par de veces, pero la liga era otra cosa. Eso sí, Zetter escuchaba muy bien el bullicio de la gente, exasperada por la supuesta injusticia sobre las Chivas, le iba ganando en ruido a la música del mariachi en el Parque Oblatos.

El tico Edwin Cubero no desentonó, mandó un disparo cruzado al poste derecho de Jaime Tubo Gómez para anotar el gol del único campeonato del Atlas. Luego, el pandemónium, las tropas federales en encarnizada lucha para detener a la masa que pretendía linchar al árbitro Salcedo, quien salió por una puerta trasera para salvar la vida. El caos en el paraíso del Atlas, un punto de ebullición espectacular; un día inolvidable.

De eso, Felipe Zetter no recuerda nada ni tampoco cómo se llama. A veces confunde su propio nombre con el de su hermano Salvador, quien estaba en las tribunas y fue muy amigo del Raffles Orozco, aquel que según le dijo a Muñoz Fernández, entonces corresponsal de Excélsior, “salté con mis manos abajo, no tenía necesidad de tocar el cuero, no era penal”.

Zetter tiene Alzheimer, una broma macabra como el destino del Atlas, que desde ese 1951 no ha vuelto a abrir la vitrina para meter otra copa. Hace seis años que el defensor del Atlas vive en un submundo particular, con una preocupante falta de ideas y recuerdos. Ironías del destino atlista, de ese camino de persecución donde uno de los testigos que pudieran hablar del campeonato, no lo recuerda. Así se vive cuando se es de la Academia.

El otro es Raúl Córdoba, el portero, quien está molesto con la vida y se volvió un ermitaño en León, Guanajuato, alejado de todo el futbol. Parte de un sueño irrepetible en el equipo del paradero, dos hombres, los únicos, que aún respiran la historia.

Felipe Zetter vive ahora alejado de todo lo que le representó el futbol y de las alegrías que le legó a todo un pueblo rojinegro. Delgado al extremo, sin nada que ver con la corpulencia de cuando jugaba; hoy coloca fichas de dominó a solas en su jardín. Era parte de una familia que emigró de Irapuato, “fuimos 10 hijos. Felipe llegó a ganar hasta 200 pesos al mes con el Atlas y todos lo apoyamos, sentimos una necesidad de querer al equipo por él y por lo que representaba”, relata su hermano Salvador.

Muchos consideraron que el penal marcado a Orozco fue rigorista. “Cubero le dijo al entrenador Valdatti, ‘éste lo meto yo’. Tenía una seguridad, una precisión envidiable”, platica Salvador Zetter. El costarricense, anotador del gol del título al minuto siete del segundo tiempo, murió hace 10 años.

“Había mejores cobradores que yo, me le acerque a Valdatti y le pedí tirarlo, no sabía de la responsabilidad que tenía encima. El partido se suspendió como siete minutos antes de que pudiera cobrar el disparo, había mucha gente enojada y los mismos jugadores del Guadalajara estaban inconformes. Le pegué muy duro, tanto que el Tubo Gómez apenas y se dio cuenta cuando el balón venía rebotando de la red”, comentó Cubero a la prensa tica cuando aún no sabía de esa insuficiencia renal que lo condenaría.

“Mi hermano siempre fue bronco, muy duro para marcar, pero hizo una gran campaña ese año junto a todo el equipo”, platica Salvador Zetter, “ahora Felipe vive en Zapopan, acompañado de un enfermero. Antes de que le diera la amnesia hacía comidas cada año para celebrar el título. El Atlas era su adoración. Ayudó a mucha gente del equipo, dio consejos; fuera de la cancha era muy divertido. No se acuerda de nada de aquel campeonato, lo bueno que tampoco se entera de cómo está el equipo ahora”, dice Salvador, a sus 84 años.

Del otro lado de la tribuna de donde estaba Salvador brincando por el título atlista, un chico que empezaba a narrar partidos de futbol vibró con su extraordinaria voz. Roberto Guerrero se subía a un camión para regresar a su natal Zamora...

 

Roberto Guerrero

El año mágico

Era un año especial para Guerrero; 1951 significó por primera vez la oportunidad en la radio tras cubrir la ausencia de un locutor. Su incipiente camino se confundiría un mes después con el título del Atlas. En Zamora, su pueblo natal, “hay mucho chiva, pero en esos años también teníamos a nuestro equipo de la localidad. Sin embargo, me trepé a un autobús con apenas lo suficiente en la bolsa y viajé más de cuatro horas para llegar al Parque Oblatos.

“Debuté en los micrófonos, un mes anterior a que el Atlas saliera campeón, tenía casi 15 años y me fui como un aficionado más que tenía muchas ganas de ver algo diferente”, menciona Guerrero, quien en ese año perfiló dos partes importantes de su vida, la de narrar partidos para la radio y atar su corazón a los colores rojinegros.

“Jamás olvidaré mi identificación con aquel equipo de Javier Novelo, Raúl Córdoba, Chapetes Gómez, Edwin Cubero y más. Gracias a ellos adquirí mi identidad rojinegra, me influyeron mucho. Ha sido triste ver cómo han ido muriendo uno a uno sin ver al Atlas campeón. Ese partido de 1951 fue muy vibrante. Era un pequeño al que le dejaron una gran ilusión cuando los vi ganar. Mi relación vendría muchos años después, cuando ya era cronista en forma y tuve la oportunidad de conocerlos más a profundidad, ya retirados.

“Ganarle a las Chivas fue el mejor disfrute que pude tener siendo joven, a pesar de que también tendría una gran amistad con la gente del Rebaño Sagrado después. El Atlas sólo tiene un título, pero es más grande que sus dirigentes y que las adversidades, es una institución de una gran solera. Somos la Academia, ganemos o perdamos atraemos gente. Ahora que lo menciona, hace tiempo que no veo a Felipe Zetter por su problema… que mal que sufra de la cabeza, es un dolor para todos en el Atlas lo que le pasa”, relata.

A otros, les dieron diferentes problemas de salud, como al padre del director general del Atlas, Antonio Águila, por culpa de este equipo. Sufrir infartos viendo a los Zorros es una cosa que la afición rojinegra entendió al ser capaz de de dejar la vida en cada temporada, a pesar de que la tragedia toque a su puerta, sino también el corazón mismo.

 

Antonio  Águila

El corazón rojinegro

 

“Le dieron en realidad dos, pero en esos tiempos no se les prestaba mucha atención a tales ataques. Imagínate como es esta familia atlista; hasta dónde hemos llegado, convivido, sufrido, revivido de los descensos y seguimos adelante”, cuenta expectante y con la emoción en la piel quien funge ahora como director general del club.

Ser del Atlas es un principio de carácter, revela Antonio Águila. “Una vez mi hijo me preguntó saliendo de un partido el por qué le íbamos al Atlas y le hice una carta explicándole todo eso: el principio de carácter, de valor y entereza, de no ser una veleta que se va por la fácil con cualquier equipo de moda, sino darle un significado a nuestra identidad”.

En el club deportivo Atlas hay un precepto que se hace a propósito para anclar el asunto del único campeonato. A 60 años de aquella Copa, su brillo descansa en solitario. No es una casualidad que, a diferencia de otras instituciones, se deje descansar ese trofeo en una enorme vitrina como símbolo de la representatividad atlista.

Entrar a los palcos de los aficionados del Atlas en el estadio Jalisco es una visita única e inigualable a un museo. Están viejas fotos colgadas, banderines, autógrafos, la nostalgia escurriendo de las paredes y una esperanza marchita de rincón a rincón.

“No es que nos tranquilicemos, pero hay franquicias que esperaron 100 años para salir campeones, sólo espero verlos levantar la copa antes de morir. Lo que tenemos en el Atlas con nuestro único campeonato es un sentido de pertenencia que se convierte en un hábito de vida al estar inmiscuido en este equipo. Casi todo el discurso a nuestros hijos y nietos es que adoptamos los colores del Atlas por genética y después por convicción y por gusto.

“Irle a un equipo ganador es muy fácil, pero la vida tiene principios morales. Soy cristiano, soy mexicano y soy del Atlas, porque la verdadera desgracia de este mundo es que se pierden las identidades, y en eso, los atlistas no tenemos problemas. Todo rojinegro, a diferencia de muchos equipos, entre ellos los ganadores, saben por qué le van al Atlas, no se pierde el sentido de identidad ni de amor; eso es ser de este club”.

El otro problema, que él mismo sufre, según Trinidad Camacho Trino, caricaturista, es que son materia dispuesta para los sicólogos. Apenas dos años después de haber salido campeones en 1951, el Atlas tuvo un descenso de los tres que cuenta en su historia. Todos, a volverse locos.

 

Trino

Margaritas y sicólogos

 

En el Parque Oblatos había dos secciones de tribuna que casi siempre acababan mezclándose a golpes por culpa de los partidos Guadalajara-Atlas. De lado rojinegro salió un buen día aquello de que los jugadores del Rebaño brincaban como chivas locas para insultarlos, sin saber que sería un apodo grandilocuente con los años, en respuesta, como los aficionados rojiblancos estaban sentados en la zona del pedregal y los del Atlas donde crecía la hierba y las flores, bautizaron a estos como las Margaritas, para dañar su virilidad y devolver la ofensa.

La esposa de Trino se llama así, Margarita, como el apodo que fue adoptado con el tiempo. “Ya encontré a la mía y me quedaré con ella por aquellos amagues de divorciarme del Atlas, equipo con el que ya llevo una relación longeva. ¡Qué barbaridad! ¡Qué fiel soy! Los aficionados del Atlas le encontramos placer al sufrimiento, le servimos a los sicólogos. Pasa mucho por esa idea muy mexicana de la esperanza, de creer que este año sí salimos campeones.

“Recuerdo aquella final con La Volpe, en 1999 en la cancha del Toluca. Falla el penal el Jerry Estrada y dije: ‘esto es el Atlas’. No sabía si llorar o reír, pero de dolor. No me queda de otra, no voy a cambiar, iré con la frente en alto y mi hijo será del Atlas, y espero que con él salgan campeones. Somos la cantera de México y con eso tenemos que jugárnosla, tengo la esperanza de que saldremos adelante, a pesar de nuestros directivos, que ladran en la noche nada más para no comprar perro, porque son amarrados y tacaños y le han hecho mucho daño al equipo.”

A Daniel Osorno, que llegó desde los 9 años al Atlas, le adeudaron quincenas. Él sigue porque el futbol es su forma de vida, pero hay otras razones en su pensamiento más allá de los directivos.

 

Daniel Osorno

Promesa por cumplir

 

Algo de lo que vale para ser atlista es ganar al Guadalajara. “Me dicen en la calle que no quieren títulos, pero sí victorias ante las Chivas”, reflexiona Osorno, a quien las lesiones le vienen lastrando el nivel desde hace tiempo.

“Regresé al Atlas, a pesar de que alguna vez, cuando más los necesité, directivos me cerraron la puerta en las narices, pero eso ya no importa, quiero salir campeón con el Atlas, dar un título a esta institución conmigo adentro. Es una necesidad personal y por mi abuelo, Jorge Calvillo, quien desde que hizo un equipo amateur con los colores del Atlas me pidió que jugara con este equipo en el Jalisco.

“Uno le va al Atlas porque en la vida hay que ser fiel con lo que amas. La tradición en el Atlas perdura porque esto se pasa de generación en generación. Basta con que uno sea del Atlas para que la familia entera, poco a poco, se convenza de apoyar al equipo. Estoy aquí porque sueño, porque tengo fe de que veré al Atlas campeón y ese día será todo diferente...”

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