Retrato hablado: Mikel Arriola, el guardián de la salud

Desde que el director de la Cofepris asumió su cargo, los decomisos de cigarros, alcohol adulterado y medicamentos en el mercado ilegal se elevaron 50 mil por ciento

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17/08/2014 05:49 Wilbert Torre
Entre sus tareas, tiene la misión de evitar que productos chatarra sean anunciados en televisión en horarios de audiencia infantil

CIUDAD DE MÉXICO, 17 de agosto.- Un lunes de julio, Mikel Arriola —traje negro, ojos alertas, paso veloz— salió de su oficina a encontrarse con un representante legal de Hershey’s, la poderosa empresa norteamericana de chocolates. El abogado le blandió en la cara una cajita con leche sabor cocoa y leyó dos veces el contenido calórico, intentando convencerlo con un dato. Arriola, una especie de gran vigilante de la salud en México, miró el envase con desdén.

—Podemos discutirlo
—le dijo el abogado.

—No se trata de una discusión, es una petición precisa —aclaró Arriola con la voz suave, sin alterarse.

La solicitud de Arriola era llana: Hershey’s debía retirar la publicidad televisiva de la leche sabor chocolate en un horario de 2:30 a 7:00 PM entre semana, y sábados y domingos de 7 de la mañana a 7 de la noche. Una ley recién había vuelto más rígidas las pautas comerciales para cuatro familias de productos: chocolates, confiterías, botanas y refrescos.

El trasfondo principal de la ley es combatir la obesidad infantil en México. Y Arriola, comisionado de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), es el encargado de hacer que la normatividad se cumpla.

Un día antes, el domingo, Arriola se había levantado a la hora habitual, poco antes de las 6 de la mañana. Desde la noche previa tenía en la cabeza el programa En Familia con Chabelo, que debía monitorear para comprobar si las empresas que se anuncian en ese horario cumplían con suspender los comerciales.

En las horas siguientes cinco empleados de la Cofepris y dos empresas le entregaron los resultados de una revisión que cubría todos los programas de la televisión abierta y de paga en el país, el domingo 20 de julio: a una semana de que la ley entrara en vigencia había descendido en 97 por ciento la transmisión de comerciales de botanas, chocolates, refrescos y confitería.

Eran buenas noticias, pero Arriola estaba concentrado en el 3 por ciento de las empresas que no habían cumplido.

—Existe una relación directa entre el consumo de estos productos y el aumento de peso
—dijo Arriola ese lunes de julio, sentado ante el escritorio donde recibe informes sobre incautación de cigarros, alcohol adulterado y medicamentos en el mercado ilegal— y nos aseguraremos de que todas las empresas cumplan la nueva ley. Deben suspender de inmediato los anuncios de esos productos en horario de niños.

Arriola es un funcionario de 39 años con un perfil atípico. Nieto de un inmigrante español e hijo de un hombre que ha trabajado para el Estado mexicano toda su vida, suele utilizar ante sus subalternos conceptos de moral, honestidad, disciplina y trabajo estratégico como piezas vitales en el ejercicio público. Es apartidista y parece tener muy clara su vocación.

—¿Político o servidor público?

—Servidor público, sin duda. Mi trayectoria desde que entré a la administración pública ha sido por escalafón. Entré como jefe de departamento en Banrural y pasé por todos los peldaños. He trabajado con equipos de técnicos, no de políticos. Creo que mi trabajo ha sido valorado por ese rasgo y no por filias políticas.

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Arriola es un flaco comisionado cuya misión consiste, entre otras cosas, en vigilar que las empresas del sector alimenticio cumplan su parte en la descomunal tarea de combatir la obesidad. Es nieto de Salvador Arriola, un vasco que emigró del lugar donde nació a principios del siglo pasado con la ilusión de jugar jai alai por el mundo. Jugó pelota vasca en Bilbao, fundó el frontón de Miami, más tarde viajó a La Habana y recaló aquí en 1929, año de la inauguración del Frontón México.

Su abuelo se retiró en 1950 y jamás volvió a tocar una cesta. Fue su padre quien le enseñó a Mikel a jugar. Es un economista que comenzó una larga carrera en el servicio público, en la Secretaría de Industria y Comercio, y después en la Secretaría de Hacienda y en la diplomacia mexicana, como embajador en Uruguay, Guatemala y cónsul en Sao Paulo. Arriola decidió seguir los pasos de su padre en el ejercicio público.

Sus días comienzan antes de las 6 de la mañana. Hasta hace ocho semanas despertaba con un café mientras leía los informes sobre tabaco, alcohol y medicamentos ilegales incautados. Media hora después llegaba al Club España para entrenar pelota vasca.

En mayo pasado, en el partido final del campeonato nacional, se lesionó el tendón del bíceps y tuvo que ser operado. Le abrieron el brazo para colocarle dos tornillos. Desde entonces Arriola se levanta a la misma hora para hacer ejercicios de terapia de recuperación. Llega a la oficina alrededor de las 8 de la mañana y lo primero que hace es revisar una pila de expedientes sobre el escritorio para asegurarse de que todo vaya bien en la emisión de registros sanitarios y que no haya rezagos en las licencias sanitarias de hospitales, clínicas, laboratorios y rastros.

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A Mikel Arriola parece gustarle la idea de que la Cofepris sea considerada la gran policía de la salud en México, a cargo de regular el 10 por ciento del Producto Interno Bruto en áreas vinculadas al sector alimenticio, la publicidad, medicinas y dispositivos hospitalarios. La oficina que dirige es árbitro y vigilante, el único puente en medio de los consumidores y las empresas.

En el México del siglo XXI, un cosmos de actividades ilegales o en el filo de la legalidad, Arriola es una especie de Eliot Ness, un agente solitario que enfrenta un mundo de mafias e intereses. Desde que asumió de comisionado en 2011, en el gobierno del panista Felipe Calderón, los números de la Cofepris comenzaron a crecer de manera sorprendente.

—En tres años los aseguramientos se elevaron 50 mil por ciento —dice con un orgullo sobrio—. De 40 mil cigarros a 250 millones de cigarros incautados. De tres toneladas de medicamentos en el mercado ilegal, a 200 toneladas. De 40 mil litros de alcohol adulterado a 600 mil litros decomisados.

Arriola ha visto muchas cosas en el laboratorio de cultivos ilegales que puede ser el país. Ha visto tianguis callejeros donde se venden al por mayor cigarros falsificados con tabaco seguramente dañino y hace tres semanas vigiló la incautación de 60 mil litros de tequila adulterado en Guadalajara.

—Lo que más me ha sorprendido —tuerce la boca y su rostro adquiere un gesto de dolor, como si se hubiera aplastado un dedo con una puerta— es el grado de desprecio por la salud con tal de hacer dinero. He visto vino adulterado con alcohol etílico y productos ‘milagro’ que prometen curar el cáncer de próstata.

En las oficinas de Cofepris se acerca la hora de la comida y Arriola sale de su oficina quizá por décima ocasión en lo que va de la mañana. Sus ojos vigilantes repasan la sala de espera para asegurarse de que no ha quedado rezagado algún representante de empresa citado con urgencia para acatar una petición.

En México, el policía de la salud nunca descansa.

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