Bebés de 40 días viajan en 'La Bestia'

Después de seis días de permanecer varados, cientos de indocumentados reanudaron el viaje a Estados Unidos

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09/07/2014 04:00 Ernesto Méndez/ Enviado

ARRIAGA, Chiapas. 9 de julio.— A las 13:30 horas comenzó el movimiento cerca de las vías. Hombres, mujeres y niños, algunos guiados por polleros, abandonan sus refugios bajo un sol que asfixia. En la espalda cargan sus mochilas con algo de comida, botellas de agua, ropa y una cobija. Con paso acelerado se enfilan hacia su destino; en silencio avanzan sin dudar.

Después de permanecer seis días varados por el descarrilamiento de dos vagones que transportaban trigo, por fin ya viene la locomotora que los acercará al sueño americano. En minutos, grupos de migrantes provenientes de Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua salen de todas partes y en todas direcciones.

Inmediatamente eligen un vagón y comienzan a montar al lomo de La Bestia, para iniciar su camino rumbo a Estados Unidos, en un viaje que de no ocurrir un percance, durará entre 20 y 25 días hasta la frontera norte de México.

La primera parada obligada se encuentra a 16 horas a paso lento, en la estación de Ixtepec, Oaxaca, donde tendrán que cambiar de tren y definir su ruta para cruzar todo el país.

Como pueden, escalan para apartar su lugar; una señora que lleva a su bebé en una cangurera llama nuestra atención. La mujer trata de subir desesperadamente con su hijo de apenas 40 días de nacido, pero no lo logra porque el peso la hace trastabillar. Afortunadamente uno de sus paisanos salvadoreños se acomide y ágilmente trepa con el pequeño pegado al pecho, evitando así que ocurriera una tragedia.

El fierro oxidado de los furgones, expuesto a una temperatura ambiente de casi 40 grados, hace más difícil sujetarse con fuerza y no soltarse antes de llegar a la cima.

Los más precavidos llevan cartones que usarán como asientos o colchonetas y cuerdas para amarrarse y no caer cuando duerman desde una altura de seis metros.

A las 15:00 horas, los vagones lucen llenos, ya no cabe nadie, es impresionante ver el número de menores que viajan solos o acompañados, después de dejar todo atrás como es el caso de Lester, de apenas 14 años de edad, que huye de la violencia en Guatemala.

Sentado en La Bestia, nos confiesa que va a California a reencontrarse con su madre, a quien no ve desde hace 10 años, cuando salió de su hogar en busca de trabajo.

Lester reconoce que tiene miedo, que su principal temor es caer del tren en movimiento o ser asaltado por las bandas del crimen organizado, aunque asegura que vale la pena arriesgarse, con tal de tener una mejor vida.

A unos metros, observamos a una pequeña de aproximadamente seis años de edad que asustada se aferra al cuerpo de un adulto, mientras desde lo alto del ferrocarril, le avientan una cuerda para ayudarla a subir.

Del otro lado, viaja Toño, niño de cinco años que junto con sus padres salió hace 16 días de El Salvador y ahora toma una bebida hidratante sentado en el tren.

Vestido con bermudas y una sudadera con capucha, el menor nos saluda y haciendo caso a su papá, nos hace la señal de amor y paz con los dedos.

Así transcurren las horas, mientras los habitantes de Arriaga aprovechan para vender artículos de primera necesidad a los migrantes. Agua embotellada, raspados, cartones y capas de plástico a 10 pesos.

Los comerciantes más audaces trepan al furgón para facilitar las compras a los viajantes, ofreciendo a gritos sus productos.

Nadie se mueve. A las 18:00 horas, una campana anuncia la llegada de la locomotora que jalará 30 vagones cargados con granos, harina, cemento y lo más importante, alrededor de mil 500 seres humanos que iniciarán una travesía llena de peligros, por las inclemencias del tiempo, pero sobre todo por la delincuencia.

Trabajadores del Ferrocarril del Istmo de Tehuantepec realizan rápidamente las maniobras para enganchar los vagones, no hay tiempo que perder; los migrantes rezagados corren y montan a La Bestia. Nadie se quiere quedar atrás.

En las alturas se observan caras pensativas, miradas perdidas y guías que dan las últimas recomendaciones a su grupo. El calor cede y sopla un poco el viento.

Llegó la hora. A las 18:40 horas, el tren inicia su andar, avanza lentamente haciendo sonar su silbato. Los migrantes dicen adiós, algunos sonríen, otros se persignan y unos más cierran los ojos.

A partir de este momento, ya no hay vuelta atrás, porque ellos están convencidos de que no hay más futuro que el que se encuentra allá, adelante...  en el norte.

 

Fundan su colonia en un basurero

En busca de un cambio de vida, migrantes guatemaltecos encontraron en el basurero de Tapachula, Chiapas, una forma de sobrevivir.

Usan un alambre de acero para ensartar y recolectar material que puedan vender a precios bajos. No hay mínimas normas de seguridad, caminan sobre los desechos y en los charcos de humus.

Aunque no fue un sueño el recolectar basura me ha dado una forma de vivir, pobremente, pero busco salir adelante”, dijo Marcos, de escasos 14 años, quien al arribar a México se dedica a levantar desechos en un tramo del basurero a cielo abierto.

El tiradero cuenta con un espacio de 44 hectáreas. Sus únicos acompañantes son los zopilotes, los perros y gatos; el conductor de una máquina carterpillar y el encargado, quien al ver la presencia de la prensa pidió sacar a los menores del basurero, pero algunos otros se quedaron trabajando.

—¿Cuánto ganas a la semana?  —se le pregunta a uno de los guatemaltecos.

—Cómo 250 a la semana... Para los frijoles tan siquiera… Qué más, pué, no hay donde trabajar.

Dejé de estudiar para ayudar a mis padres. Me trajeron a los 10 años; ahora los ayudo para el sostenimiento de la familia”. 

De esa manera justifica Marcos, originario de Malacatán, Guatemala, el no haber ido a la escuela, ni en su país y mucho menos en México.

No nos íbamos a quedar a vivir en México, sino que buscábamos en compañía de mi padre, mi madre y cuatro hermanos más, ir hasta los Estados Unidos.

Yo en lo personal, sueño con irme a Estados Unidos a trabajar y mandarles dinero a mis padres y ayudar a mis hermanos, ya soy el mayor de los cinco hermanos.

Vivimos atrás de la montaña de basura y nuestras jornadas son desde las seis de la mañana, hasta las 18 horas, todos los días.”

Hombres, mujeres, niños, niñas y ancianos trabajan jornadas de hasta 12 horas al día en medio de una comunidad de zopilotes y sin protección alguna seleccionan los desechos.

El basurero de Tapachula está a cielo abierto y se ubica al poniente de la ciudad, a unos 15 kilómetros de distancia.

Emiliano Sánchez, otro pepenador, originario también de Malacatán, Guatemala, indicó que tiene que utilizar la mano de obra de sus hijos para juntar todo el material que puedan comercializar. “El kilo de pet nos pagan a un peso, el de aluminio a 1.50 pesos y el kilogramo de cartón 50 centavos”, refiere.

Algunos de ellos suman ya hasta diez años de vivir en Tapachula, en una colonia que ellos mismos fundaron en la parte posterior del basurero y todos los días utilizan el mismo camino para salir a la ciudad. Todos los días el basurero a cielo abierto capta más de 200 toneladas de desechos y todos los días la montaña crece a merced de las aves de rapiña.

-Gaspar Romero / Corresponsal

 

Cargamento de gente

Estados Unidos ha visto un dramático aumento en la cantidad de migrantes centroamericanos que cruzan a su territorio, en particular los niños que viajan sin un adulto o tutor que los acompañe.
     Más de 50 mil niños solos han sido detenidos desde octubre, la mayoría de los cuales cruzaron por Chiapas. En la entidad, uno de los municipios más concurridos es Arriaga, donde se ubica la estación ferroviaria que lleva hacia la frontera norte.

    Tres cuartas partes de los niños migrantes provienen de Honduras, Guatemala y El Salvador y la mayoría dicen que están huyendo de la endémica violencia de las pandillas y de una pobreza extrema.

     EU insiste en deportarlos, pero lo ONU presiona para se les acepte con el estatus de refugiados.

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