Angie: una vida en blanco

Su padre estadunidense la abandonó recién nacida en México; estuvo en el DIF en Puerto Vallarta y hoy ata cabos en busca de su pasado

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22/06/2014 08:12 Claudia Solera

PUERTO VALLARTA, Jal. 22 de junio.— Angie tiene los ojos verdes y su origen en blanco. Hace 15 años, cuando las historias de maltrato infantil aún estaban lejos de la lupa de las redes sociales, llegó una niña de cinco años al DIF de Puerto Vallarta con lesiones, que según la propia Cruz Roja ponían en riesgo su vida y tardarían más de 15 días en sanar.

Todo el pasado de Angie cabe en una cajita de cartón bien sellada con cinta adhesiva, donde guarda un expediente de escasas 15 hojas, uno que otro papel suelto, su acta de nacimiento y unas viejas fotografías.

Los únicos confusos recuerdos de infancia que la han llevado a recolectar pistas de sus familiares biológicos son el nombre de la colonia y la ubicación de la casa donde vivió con su papá, de nombre Ruben Benjamin Scott Marquez, un joven adicto estadunidense, que en los años 90 apareció en Puerto Vallarta, Jalisco, con una bebé rubia en brazos.

Y de aquel pequeño cuarto con paredes de cemento sin pintar, donde vivió junto con su papá y una prostituta quien fungió como su madrastra, Angélica conserva recuerdos de algunas escenas violentas como cuando su padre apareció drogado y borracho luego de estar ausente por más de tres días y encajó un cuchillo en su frente y barbilla. Una marca de esta agresión todavía es visible en su rostro.

Quiso matarme y me hizo una rajada, ya cuando vio la sangre se espantó”, cuenta Angie.

Si la niña sobrevivió a esa amenaza fue porque Benjamin reaccionó al ver el rostro ensangrentado de su hija y la llevó hasta el área de Emergencias de la Cruz Roja para que suturaran sus heridas, pero ésta no sería la última vez que llegaría a un hospital por los abusos sufridos.

De su pasado, Angie tiene las cicatrices de un intento de homicidio y un expediente del DIF que incluye el certificado de antecedente vital de su papá, en el que está asentado que nació en el condado de San Bernardino, California, EU, el 27 de octubre de 1970; una foto borrosa de dos jóvenes, quienes supuestamente son sus padres biológicos, y las imágenes de ella mostrando el vientre abultado por la desnutrición y con  heridas y moretones sobre torso, muslos y glúteos con los que llegó a la casa hogar.

Y como las autoridades en aquel entonces no investigaron ni castigaron a su agresor, a pesar de que se presentó una denuncia criminal por los agravios cometidos contra la niña, como ahora sí hubo justicia para que se llevara a la cárcel al agresor y padrastro del pequeño Owen, niño de cinco años que sufrió perforación de intestinos y quemaduras graves en su cuerpo. Angélica Harris, a sus 19 años y tras un año de haber salido de la casa hogar, se ha convertido en la propia detective de su historia.

Un día llegó al DIF

Una semana antes de la Navidad del año 2000, su madrastra la entregó al DIF, ubicado en la colonia 5 de diciembre en Puerto Vallarta. Angie llegó ataviada con una playera blanca y un vestidito floreado de tirantes.

Doña Catalina Palacios, vecina y niñera de Angie, recordó aquel día en que se la llevaron a la casa hogar. Mientras espiaba desde afuera de su casa para conocer el paradero final de la bebé que llegó a cuidar, oía los gritos de la niña llamándole al carro alegórico de la Navidad que se paseaba por la avenida:

‘Santa Claus, Santa Claus, tráeme unas muñecas –recuerda que Angie gritaba–, tráeme unas muñecas y unos chones, choninos’, porque no llevaba ropa interior. Nosotros llorábamos al escucharla”, recuerda Catalina Palacios.

Lo único que la niña traía consigo era una carta de 11 líneas llenas de faltas de ortografía, donde la expareja de su papá explicaba los motivos para abandonar a la menor.

Al principio de la carta escribió que Benjamin había desaparecido dos días atrás y aseguró que no regresaría por Angie, amenaza que cumplió.

La niña no ha comido desde ayer, más que medio litro de leche y unos plátanos”, se lee y la carta concluye con la siguiente frase: “y hasta le pegaba, gracias”, refiriéndose al maltrato de Benjamin Scott hacia su hija, sin embargo, omitió el daño que ella también le causó.

Catalina Palacios acusó ante Excélsior que cuando la madrastra castigaba a la niña por hacerse pipí encima “le agarraba la cabeza y la metía en la taza del baño para que ella tomara agua de ahí”.

Mientras la vecina relataba múltiples historias de abusos cometidos contra La gringuita, como la llama de cariño, una especie de vértigo y vergüenza recorría el cuerpo de Angie, que de inmediato la llevó a voltear hacia la reportera y comentar: “Yo no me acuerdo de eso”.

Y aunque parecen relatos salidos de un cuento de horror, así como hace 15 años los vivió Angie en Puerto Vallarta, hace un mes el pequeño Owen en el Estado de México, ahorita también está en riesgo la vida de algún niño en otra zona del país y es que Naciones Unidas ha calculado que seis de cada 10 menores mexicanos han sufrido maltrato en algún momento de su vida.

Ese diciembre de hace casi 15 años, Angie volvió a nacer al llegar al DIF, porque se detuvo el maltrato físico y su anemia. Después de ahí creció en la casa de su familia adoptiva Gutiérrez Ramírez y por último pasó su adolescencia en la casa hogar Máximo Cornejo Quiroz, hasta que cumplió la mayoría de edad.

Ahí (en las casas hogar) es a donde pertenecemos la gente como yo”, dice Angie.

También se siente muy agradecida por todo el amor, ropa y comida que le dieron en la casa hogar Máximo Cornejo, ya que nadie como ella, quien pasó sin ropa y a veces sin bocado durante varios días en su infancia, valora las necesidades básicas que para muchos simplemente pasan inadvertidas.

La hoja de su vida

La vida de Angie es una hoja en blanco. Cada uno de los espacios en su acta de nacimiento sobre los datos personales de sus padres y abuelos están vacíos, pero sólo es una pequeña parte de la tragedia, porque la información que sí aparece registrada en su papel de identidad, como su nombre y lugar de nacimiento, desconoce el origen.

El 4 de septiembre de 2006 quedó estipulado en su acta de nacimiento número 2421 que su nombre sería Angélica María Harris, cuando los apellidos de su padre biológico son Scott Marquez y el nombre de su supuesta madre estadunidense que la abandonó siendo una bebé, y que aparece expuesto en el expediente del DIF, es Cristal Jerez.

No sé por qué Harris” –Angie levanta los hombros al responder–. Tampoco sabe por qué en el espacio dedicado al lugar de nacimiento quedó registrado en Playas de Rosarito, Baja California, si hasta donde ella tenía entendido –por las versiones de algunos vecinos– es que su papá la trajo a México desde Estados Unidos en brazos y de pequeña sólo podía comunicarse en inglés, por eso es que en la colonia Valentín Gómez Farías, donde creció, se ganó el mote de La gringuita.

Estaba hermosa, era una gringuita preciosa y sigue siendo hermosa”, asegura doña Catalina, quien volvió a ver a Angie 14 años después de que fue abandonada en el DIF.

Hace poco más de un año, cuando decidió ser la detective de su propia historia para seguir las pistas que la condujeran hacia a algún familiar biológico, lo hizo por una sencilla razón: “Para que mi vida dejara de ser un signo de interrogación”.

También porque desde siempre ha habido una frase que la inquieta mucho y nada más no encuentra su significado: “La sangre llama”.

Es muy feo no poder entender qué es eso”, confiesa.

Pero las relaciones públicas y la promoción que ha hecho en bares y restaurantes en la zona turística de Puerto Vallarta para sobrevivir le han enseñado las claves para ser encantadora y saber cómo pedir las cosas durante su investigación.

A un año y medio de su búsqueda ha conseguido pocos, pero importantes documentos, como su expediente del DIF y el acta de nacimiento certificada de Benjamin Scott con el nombre de sus abuelos; además algunos otros datos, como el nombre de la colonia donde creció con su papá y testimonios de los vecinos.

Desde el lunes emprendió un viaje hacia Tijuana, del cual desconoce la fecha de regreso. Ahí basará su investigación en Playas de Rosarito. Planea recorrer uno por uno los hospitales hasta saber si en alguno hay registro de su nacimiento. También desde Baja California se acercará otra vez al Consulado de Estados Unidos, esperando que no vuelvan a darle la espalda como cuando le dijeron que había muy pocos datos para comenzar una investigación sobre su papá, porque esta vez llevará el acta de nacimiento certificada de Benjamin Scott.

Entre sus planes también está cruzar la frontera para buscar a sus abuelos y seguir reuniendo el rompecabezas de su historia.

Porque mi vida está aquí (México), pero mi origen allá (EU)”, expresa.

Cualquiera que se cruce por el camino de Angie jamás imaginaría la violencia en su pasado. Un conocido de ella, cuando se enteró de la historia, conmovido comentó a la reportera que cómo era posible que alguien con esa cara angelical y con una personalidad tan tierna y amorosa hubiera sufrido de tal manera.

Angie se da todo el amor que sus padres le negaron de niña, le encanta acariciar y juguetear con su abundante y sedoso cabello mientras platica, también adora sus ojos y los deja muy abiertos si es necesario enfatizar algún punto como para hipnotizar a su receptor. Además, se sabe hermosa y le gusta tomarse todas las fotos que no tuvo de niña. En su Facebook tiene más de 500 imágenes almacenadas de ella y las selfies están entre sus favoritas.

Antes de visualizar un futuro lleno de logros profesionales y personales, Angie se imagina con la satisfacción de haber llenado la hoja en blanco de su vida.

Yo no voy a estar completamente feliz ni podré morir tranquila sin antes saber mi origen y entender por qué mis papás me dejaron”, asegura Angie, la mujer de los ojos verdes y el pasado en blanco.

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