Los hijos de Solidaridad

Con todo y los beneficios que arrojó el programa de Salinas de Gortari en Valle de Chalco hace 26 años, el municipio sigue en el abandono

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08/06/2014 08:03 Wilbert Torre/ Especial

CIUDAD DE MÉXICO, 8 de junio.- Es mediodía y Ernestina Escalante corre la cortina rosa de su casa. En el pavimento sembrado de agujeros tres niños patean un balón y un perro callejero orina su zaguán, cerca de donde un grafiti advierte: “Todos unidos contra las ratas”. Pionera de Valle de Chalco cuando era una planicie terrosa de árboles, vacas y caballos, ella y su familia son hijos de Solidaridad, el programa estrella del gobierno de Carlos Salinas de Gortari.

Han pasado 26 años desde que Salinas elevó la cuchilla de una caja metálica una noche de diciembre y por primera vez se iluminaron las casitas de lámina y cartón. En ese tiempo sucedieron muchas cosas. Los habitantes de la región se duplicaron, los terrenos irregulares ganaron papeles, las calles de tierra se transformaron en pavimento, las primeras escuelas y hospitales se levantaron, y Ernestina Escalante creció en su casa de la colonia Jardín una familia de seis hijos, 16 nietos y ocho bisnietos.

Dos décadas y media más tarde Salinas es uno de los expresidentes más polémicos y Solidaridad uno de los programas de gobierno más controvertidos de la historia moderna. Desde que ganó fama y un himno cantado por artistas –Solidaridad, ¡venceremos!– Pronasol fue bombardeado por los partidos de oposición, que siempre lo vieron como un plan clientelar cuyo fin era repartir dinero entre los pobres para hacerlos votar por el PRI.

¿Cuáles son los resultados del programa estelar del salinismo cuatro gobiernos después? ¿Sus beneficiarios dejaron de ser pobres? ¿La pobreza es una condición endémica, pese a Solidaridad, Oportunidades y otros programas sociales que llegaron después? ¿Hijos y nietos viven en mejores condiciones que sus padres y abuelos?

Valle de Chalco es muy distinto gracias a Salinas”, dice Ernestina Escalante en la casa que habita hace 30 años, una casa modesta y limpia, de pisos de losa y cemento y fotografías de Salinas, Colosio y sus nietas quinceañeras con vestidos rosas sobre los muros. “No me importa que digan que fue un ratero y el peor presidente. Con él se rompió la maldición del que nada tiene.

Ahora tenemos hospitales, universidades y hasta tiendas como Elektra. ¡Una de mis nietas trabaja ahí! Varios de mis nietos son universitarios. ¿Cómo no sentirme orgullosa? Algunos dirán que me conformo con poco y que aún somos pobres. Pero ¿qué tiene el rico? También es pobre. Y nosotros los pobres somos ricos, porque nos comemos un plato de frijol y somos felices y a nadie le quitamos.”

Ejido de Ayotla

Un día de otoño de 1981, a unos pasos de donde está sentada ahora en un sillón brillante y desnivelado por el uso, Ernestina Escalante se desplomó sobre una piedra gigante. Tres días antes, su marido la había llevado al terreno que había comprado. La Hacienda de Xico aún era hermosa y en la zona no había más de tres casitas. “Nos costó 18 mil pesos al chaz chaz”, recuerda y se pasa las manos por el cabello liso y teñido de rojo que le cubre los hombros. Teodoro era su nombre y se había casado con él a los 16 años. Llegaron aquí cuando se llamaba Ejido de Ayotla, un llano inmenso arbolado donde pastaban animales.

El día que llegaron Teodoro acarreó tres garrafones de agua que se agotaron al tercer día. Ernestina estaba desesperada. Sus dos hijos mayores se habían quedado en Neza con sus abuelos, pero los cuatro más pequeños tenían sed. Se sentó en la piedra a pensar. Félix González, un vecino que había llegado antes que nadie, le dijo que debían unirse para hacer algo.

Se organizaron y partieron a Ayotla, lugar de los ejidatarios que les habían vendido el terreno, y después a Ixtapaluca, pero las autoridades se negaron a reconocerlos. Otro día caminaron tres horas hasta Chalco, con los pies sepultados en el lodo. Una secretaria les dijo que mejor se fueran, que iban a sacarlos, porque la venta de las tierras estaba prohibida.

Regresaron una semana después y hablaron con Mixerio Hernández, el presidente municipal. ¿Por qué se vinieron a un lugar donde no hay nada? Preguntó. Les pidió nombrar una comisión para tramitar en Ixtapaluca que se les llevara agua en una pipa. Ernestina Escalante se convirtió en delegada de su colonia. Se encargaba de hacer una lista mensual de la gente que esperaba recibir ayuda.

Fue una líder electa por las circunstancias. La seguían decenas de mujeres. Llevaban cubos y tinas para llenarlas con agua y alguien pudo comprar un tinaco, pero la mayoría era muy pobre. Carlos Salinas de Gortari llegó a visitarles en campaña y prometió darles todo lo que no tenían. Echaron unos papelitos a una maceta vacía y salieron los nombres de Caracheo y Arcenia, que hablaron ante el candidato en la colonia Del Carmen, cuyo nombre había sido determinado, como todo en Valle de Chalco, por el vuelo de un papel echado a la suerte.

No le creímos a Salinas. No le teníamos confianza a él. A nadie”, advierte Ernestina Escalante.

Al frente de la pipa de agua iba un hombre al que llamaban El Patotas. Entraba tres veces por mes. A veces debía vaciar una entera, porque las llantas se atascaban en el lodo y no podía salir. Para tener luz se colgaban de un transformador de la Hacienda de Xico. Primero las colonias Guadalupana y Santa Cruz, pero después se les unieron otras y los transformadores reventaban.

La líder y sus vecinos visitaron al gobernador Alfredo del Mazo. Les dijo que no podía llevarles energía, porque sus terrenos eran irregulares. A veces dejaba a los niños sin comer para pagar los pasajes de la gente que la acompañaba a pelear los derechos de Valle de Chalco.

Lideraba a los colonos y lo vigilaba todo. Un día llegó don Beto con una escalera para colgar otras casitas al transformador que ya no aguantaba más. Cobraba 20 pesos por casa extra, cosa que jamás hizo ella, dice alzando los brazos, pese a su cercanía con el poder. Ernestina Escalante lo bajó de la escalera y se le puso enfrente. No se movió ni siquiera cuando su vecino le tiró un balazo cerca de los pies.

La casa de Salinas

Su marido Teodoro vendía paletas para sostener a la familia de tres niños y tres niñas. El mayor, Ricardo, tenía 25 años. Había cursado la secundaria en Neza, pero no pudo estudiar la prepa, porque aquí no había escuelas. Habían pasado siete años desde que llegaron, cuando el presidente municipal Javier Téllez llamó a los líderes de las colonias. Les anunció el nacimiento de Solidaridad y dijo que la cuna del programa sería Valle de Chalco. Les informó que el presidente Salinas los visitaría pronto.

¡Uuuuuy!”, gritaron las mujeres.

No se me emocionen”, las frenó el alcalde. “Dormirá aquí y necesitamos una casa para que pase la noche.” Varias sugirieron el nombre de su colonia. A Ernestina Escalante le parecía increíble que el presidente durmiera en un caserío sin agua, sin luz, sin calles pavimentadas.

Que el presidente llegue a donde decida. Lo importante es que venga, que nos está tomando en cuenta”, dijo la líder de la colonia Jardín y todos estuvieron de acuerdo.

El Estado Mayor presidencial pidió proponer 10 casas por colonia. Visitaron casi todas y al final los militares se decidieron por una en la calle 13. El presidente municipal llamó a la líder de las vecinas para darle la noticia.

“¿Qué crees? –le dijo el alcalde–. Tengo una noticia buena y mala. El presidente Salinas va a dormir en tu colonia.

No me diga. Me voy a desmayar.”

En realidad no era una casa, sino dos juntas. Habían pertenecido a Cristina y su comadre, vecinas de la colonia Jardín, hasta que las vendieron a petición de la Presidencia de la República.

Blanca y de tejas rojas, la construcción sería la casa de Salinas en sus innúmeras visitas a Valle de Chalco.

Con el primer recorrido de Salinas, la colonia Jardín se convirtió en la primera con servicios. “Me dijeron que era una colonia piloto”, recuerda Ernestina Escalante. De un día al otro entraron camiones repletos de trabajadores que elevaron postes de luz y pavimentaron las calles.

Después llegó un ingeniero que les pidió comenzar a preparar las fosas para meter la tubería del agua. Todas las mujeres se organizaron y sacaron a las calles a sus hijos para que las ayudaran. Parecían un ejército de hormigas sacando tierra. No fue fácil que llegara la energía. En cierta zona los cables de la luz pasarían por encima de las casitas de lámina y cartón. Los trabajadores se negaron a hacerlo porque podía ocurrir un incendio.

El ingeniero a cargo fue a ver a la líder de la colonia Jardín, y como siempre estaba rodeada de señoras, no tuvo más remedio que pedirle que la instalación pasara por encima de las casas. Reacomodó algunas, pero la mayoría permanecieron donde estaban. “Los cables van sobre su pellejo”, le dijo el encargado de las obras.

Ernestina Escalante va y viene de la sala de su casa a un largo pasillo al final del cual se alza un altar de la Virgen de Guadalupe sobre una mesa colmada de figuras de cal de vírgenes y santos. Magda, una de sus hijas, escucha cantar a Luis Miguel en la radio y trapea los pisos de losa blanca.

La veterana líder se acerca a la ventana y corre la cortina rosada.

Allá en el cerro que se ve derecho levantamos las letras de Solidaridad con puros botes llenos de estopa. Y cuando Salinas venía entrando del puente para adentro, ¡ay, qué cosa! Se prendieron todos. Las mujeres lloramos. Era una fiesta. Ya estoy llorando otra vez. Fue una cosa tan hermosa.” La líder retira de la pared una fotografía donde aparece con el expresidente. “Habemos líderes que todavía lo tenemos dentro de nosotros. Aquí en Valle de Chalco se le quiere y se le respeta, porque como sea, como haya sido, a mí no me robó nada. A mí me dio, como les digo siempre a todos.”

Una  nueva generación

Mis hijos serán briagos, pero no rateros”, exclama la pionera de Valle de Chalco cuando el mayor de sus hijos llega a sentarse en la sala. Un día habló con su marido Teodoro y obligaron a los mayores a comprar dos terrenos en 1983, en 68 mil pesos. Ricardo sonríe y sacude la cabeza cuando su madre le recuerda que se enfureció porque lo forzaron a pagarlo con una tanda que recién había recibido. “Sacamos esos terrenos con pobreza, comiendo frijoles y salsas de molcajete, y con las paletas que vendía mi Teodoro. No me da vergüenza decirlo.”

Ricardo Trejo Escalante es el mayor de los hijos, un hombre de bigotes puntiagudos y piel color carbón. Un día antes, en su negocio de herrería en la casa de junto, maniobraba una pieza de metal metido en una camiseta y una gorra del PRI en la cabeza. Ahora viste con sencilla elegancia un pantalón deslavado y una playera a rayas de colores. Tiene 50 años y se casó a los 20. Tiene tres hijos que viven en su casa de Valle de Chalco.

Lalo, de 23 años, estudió primaria y secundaria en las escuelas que inauguró Salinas y sicología en el Instituto Politécnico Nacional. Se levantaba a las 4 de la mañana para llegar a tiempo y varias veces lo asaltaron en la parada del camión, en la puerta de su casa en la colonia Moctezuma, una de las más tranquilas de la comarca. Monserrat, de 21, estudia Artes Plásticas en Amecameca, y como hizo su hermano, ella debe trabajar para pagarse los estudios. El más joven de los tres no estudió una carrera.

En la casa de Ernestina Escalante viven su hija Magdalena y sus dos hijos, una niña de 15 años y un niño de 10. Se siente culpable de que su hija no haya estudiado más que la secundaria, cuando ella estaba metida a fondo en la tarea de traer agua y luz al barrio.

Magda ha seguido la ruta de sus padres, que salieron a flote con Solidaridad. Desde que su hija Perla era una bebé comenzó a recibir ayuda del programa Oportunidades, fundado por Vicente Fox, primero en una modalidad para alimentos, y ahora para resolver necesidades del hogar.

Nuestros presidentes panistas no trajeron obra a Valle de Chalco”, refunfuña Ernestina Escalante. “Pero aquí llegó Oportunidades, eso sí, para qué hablar. Por eso cuando critican al gobierno yo digo: No, señores, debemos apoyar. Yo lo veo con mi hija.”

Magda tararea una canción de Manzanero y recarga el trapeador en la pared. Dice que es ama de casa y que necesita ayuda del gobierno para resolver las quincenas. “Mañana ya me toca Oportunidades y con eso voy a completar”, exclama con una sonrisa de cumpleañera. Recibe 740 pesos cada dos meses y compra despensa y útiles escolares para los niños.

María del Carmen, la segunda de la familia Trejo Escalante, estudió belleza y murió en 2000. Dejó tres niñas y la abuela se hizo cargo de ellas.

Yo digo que Valle de Chalco ya no es pobre. Ha mejorado en todos sus aspectos. ¡Vino el Papa! Y tenemos una Catedral. A lo mejor somos pobres mitad sí y mitad no”, dice Ernestina Escalante. “Y lo digo porque nuestros gobiernos priistas han tratado de traernos obras. Nos han ayudado mucho las tiendas de autoservicio y las industrias. Mis nietas, hijas de la difuntita, nomás estudiaron la secundaria y trabajan en Nutrisa”.

Raymundo, el tercero, también es herrero. Lupita, la mayor de sus hijas, se recibió de sicología y trabaja en una empresa. Chano y Miguel Ángel estudiaron la preparatoria. Claudia, de 19 años, estudió para chef y ahora, con su marido, trabaja en la tienda Coppel, atendiendo un mostrador. Aracely, de 17 años, estudia la preparatoria y es cajera en Elektra.

Lalo, hijo mayor de Ricardo que estudió sicología en el Poli, es un joven serio y de ideas claras que expone con fluidez y de manera ordenada. Trabaja en el departamento de Recursos Humanos de Iusacell, a cargo de capacitar personal. Está muy orgulloso de que sus abuelos y sus padres hayan ayudado a sacar adelante Valle de Chalco. Pero le preocupa la forma en la que se conduce la sociedad.

Mi abuela y otros líderes trabajaron duro para traer agua y energía, pero fue vital que la comunidad estuviera unida para superar sus carencias. Hoy tenemos un problema terrible de delincuencia y la gente ya no se comporta como antes. No se conocen ni se ayudan entre sí. Parece que no les interesa lo que le suceda al otro.”

En la sala de su casa, Ernestina Escalante mira las fotografías de Colosio en el fango y Salinas iluminando Valle de Chalco. Las hace a un lado y observa las imágenes de sus nietas quinceañeras que refulgen en la pared.

Me siento orgullosa porque son sus hijas y sus hijos de mis hijos, y también sufrieron las inclemencias con nosotros y ya están mejor. Tienen una vida un poquito mejor, no la vida que uno llevó.”

Valle, 26 años después

"Es una tristeza", dice Ernestina Escalante. Su priismo irreductible se resquebraja con la imagen de la casa en la que solía dormir Carlos Salinas en la calle 13, al doblar la esquina de donde vive. Aún es blanca, y rotas persisten las tejas rojas. Abandonada y llena de grafitis es una metáfora de la actualidad chalquense. De aquel Valle de Salinas, de Solidaridad, de calles iluminadas y pavimento sólido y acerado, ya no queda casi nada.

La líder se despide en el zaguán de su casa. En la avenida Alfredo del Mazo se escuchan sirenas. Mil policías armados como para una guerra recuperan un predio atrás de Plaza Sendero, ocupado por cientos de personas que levantaron casas de cartón para vivir sin agua, sin luz, sin calles asfaltadas.

Es Valle de Chalco, 26 años después.

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