Los códigos no escritos de la política mexicana

El tuteo, los obsequios, las quejas y los elogios, así como el nombramiento de funcionarios, la relación Presidente-Congreso y los discursos están regidos por reglas no escritas

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11/05/2014 04:56  José Elías Romero Apis/Primera de dos partes
Para abrir boca

CIUDAD DE MÉXICO, 11 de mayo.- Desde hace algunas semanas convine con nuestro director, Pascal Beltrán del Río, la elaboración de este artículo especial que se publicará en este mes. El tema es la codificación secreta de la política. Porque es muy cierto que existe un código no escrito del comportamiento al que debieran ajustarse los practicantes del ejercicio político.

Aunque no es posible determinar el tamaño de tal ordenamiento, sus reglas podrían alcanzar un número mayor que nuestro Código Civil, la más extensa de las leyes mexicanas, con más de 3 mil artículos. Pero lo que sí debe quedar en claro es que sus normas abarcan muchos aspectos de la organización, el funcionamiento, el estilo y el comportamiento de las instituciones y de los protagonistas de la vida política.

Muchos políticos podrán repelarme que no existe tal codificación o que no la conocen. No es un tema sujeto a discusión ni a probanza. Lo importante es que, gracias a sus reglas, los políticos mexicanos han sabido, con facilidad, lo que son ellos y los demás, lo que se espera de cada quien, así como lo que cada uno tiene que hacer en cada momento de su actuación política.

Muy profuso sería comentar o siquiera aludir a tantas reglas. Además, el hacerlo sería sacar a la luz lo que, en mucho, debe permanecer en la sombra. Pero nada impide comentar algunas de ellas, sobre todo las más conspicuas o trascendidas.

Son muchísimas las reglas que determinan el funcionamiento político. Tienen que ver casi con todo. Con el reclutamiento del gabinete presidencial, con sus limitaciones para ratificación y con su origen corporativo. Tienen que ver con los ministros de la Suprema Corte y con los gobernadores de los estados. Tienen que ver con los congresistas y la forma en que la Cámara de Diputados se convirtió en la cámara de los partidos y el Senado se convirtió en la cámara del gobierno. Tienen que ver con la relación entre el Presidente de la República y su partido político. Tienen que ver con el comportamiento de los expresidentes, comenzando por su silencio, su discreción y su elegancia política.

También tienen que ver con eventos como el acuerdo con el jefe superior. Su duración, su frecuencia y su contenido. Tienen que ver con el tratamiento y el comportamiento hacia los superiores. El tuteo, los obsequios, las quejas y los elogios. Pero, también, con la divergencia, la franqueza, la información y la crítica. Con los colaboradores, los discursos, las crisis, la familia y las debilidades.

El código no escrito que aquí se relata lo tomé de las conversaciones que, a lo largo de la vida, he sostenido con innumerables políticos. Los primeros políticos de alto nivel con los que platiqué, desde la infancia, fueron mi padre y su fraternal amigo, Miguel Alemán. Pero, a lo largo de la vida he platicado con otros ocho presidentes de México, de los cuales con cuatro de ellos me he tuteado.

No se diga con cientos de altos políticos. Con 19 secretarios de Gobernación, con 13 secretarios de Hacienda, con 15 procuradores de la República, con 22 presidentes de mi partido y con 11 gobernadores de mi estado, tan sólo por mencionar algunos de los que me han surtido conocimiento y testimonio.

Durante muchos años se ha elucubrado sobre la existencia de un código que rige, casi como un ritual, la vida política de nuestro país. Se ha dicho, en primer lugar, que este código es secreto. Segundo, que es muy severo. Tercero, que instala una hermandad más allá de partidos y sexenios. Cuarto, que no perdona infidencias ni indiscreciones. Quinto, que ni los mismos integrantes de tan selecto círculo saben quiénes son todos sus correligionarios, puesto que hay algunos embozados que espían y, en su caso, delatan a los que violan las normas de esa confraternidad.

Se ha dicho, también, que este código regula el ejercicio político desde la iniciación, la selección, la admisión, la juramentación y el escalafón, hasta las consecuencias de la indiscreción, de la insumisión, de la dimisión, de la deserción o de la traición.

Cuando la política real, la única en la que creo, es ejercida de manera fina y exquisita se convierte en una delicia para el espectador y en un deleite para el actor.

De entre sus muchas facetas tomaré, como ejemplo, la discreción, y una anécdota muy sencilla me servirá para ilustrar lo que estoy diciendo. Revelar los motivos verdaderos o las intenciones reales puede ofender, preocupar, alertar o decepcionar. Como en el dominó, en la política está prohibido hablar de más.

Cierto día de hace muchos años llegó el turno de designar al director de una de las más importantes facultades de la UNAM. La Rectoría había abrazado la preferencia por uno de los catedráticos más prestigiados y respetados. Para cumplir con los reglamentos se integró la terna de la cual la Junta de Gobierno elegiría al nuevo directivo. Además, para asegurar el triunfo de la voluntad rectoral, los otros dos insaculados eran maestros de perfil modesto y de credenciales medianas.

Pero resultó que uno de estos era amigo juvenil del entonces Presidente de la República quien, de inmediato, giró su recomendación para socorrer a un condiscípulo al que no había podido acomodar en ninguno de los tres mil cargos de los que disponía en el gobierno federal.

El muy eficiente secretario de Gobernación habló personalmente con los 15 integrantes de la Junta de Gobierno. Les explicó que el “caprichito” presidencial era una nadería en comparación con lo que su simpatía y su gratitud representarían para la Universidad en presupuestos y en apoyos. Además, si en las reglas no escritas un sillón del gabinete lo ocupaba la UNAM, no era nada que le permitieran encajar a un amigo suyo en su alma mater, una sola escuela de las 50 del sistema universitario.

El resultado fue unánime. La votación fue de 15-0-0 a favor del amigo recomendado. Pero lo interesante de la anécdota es que la amistad no fue el verdadero motivo presidencial, sino otro más importante, pero menos confesable.

Resulta que el preferido del Rector era un maestro colmado de honores pero relleno de intransigencias. Exageraba mucho al penar las inasistencias, reprobar a los que no saben, expulsar a los que no estudian y cesar a los que no enseñan. Su rigidez pronto provocaría un desorden que desbordaría a la universidad y presionaría al gobierno, cuando los estudiantes bloquearan las calles, secuestraran los autobuses y suspendieran las clases.

Pero plantearlo así era humillar a los gobernadores universitarios y ofender a la universidad. Porque una cosa es una recomendación amistosa, intercesión muy tolerable, y otra muy distinta es una intervención política, intromisión muy inaceptable. Más aún, si el amigo recomendado hubiere recibido una objeción absoluta, el gobierno hubiera sugerido al tercero, pero no lo diría por anticipado, ya que entonces se descubriría que no estaba realmente recomendando a su amigo sino vetando al candidato del rector. Frente a eso, la celosísima Junta de Gobierno hubiera desoído al Primer mandatario.

Los estudiantes recibieron al ya electo con todas las fanfarrias. Los catedráticos también descansaron. En Bucareli hubo sonrisas y relajamiento. En la universidad hubo sosiego y clases. Al astuto Presidente mexicano no le interesaba ni el ascenso de su amigo ni el confort de los estudiantes. Sólo le interesaba la paz política. El rector, que no era egresado de esa facultad, no sabía cómo era su preferido. El Presidente sí lo sabía desde la juventud. Un rector, cuando es desbordado, se desentiende del problema. Un presidente no puede desentenderse nunca.

Todos quedaron contentos menos el derrotado, quien sufrió un injusto y espectacular ridículo. Pero tampoco podía advertírsele previamente ni invitarlo a declinar. Por no ser político no lo hubiera entendido y por no ser flexible no lo hubiera aceptado. Lo habría voceado, habría acorralado a los electores y habría colapsado a la universidad. 

He allí la valía y la elegancia de la política de la discreción, regla secreta de la política secreta.

Permiso para matar

Comenzaría por narrar una regla que parece plena de salvajismo pero que, en realidad, es una regla de concordia y de pacificación. La estableció el presidente Plutarco Elías Calles y decía que “sólo el secretario de Gobernación tiene permiso para matar”. Creo que esto merece una explicación.

Después de consumada la lucha revolucionaria el país quedó sumergido en una ola de violencia que cobró vidas al por mayor. No sólo las de Zapata, Carranza, Villa, Obregón, Serrano y medio centenar de líderes sino, también, las de políticos menos encumbrados. La mezcla de violencia y caciquismo obligó a poner un alto. La regla callista no era una invitación para que el principal inquilino del Palacio Cobián se convirtiera en un matón sino una severa advertencia para todos, en el sentido de que aquel que resolviera sus disputas políticas por la vía del asesinato se las tendría que ver con la ley, fuera quien fuera.

La norma produjo el resultado esperado. El país se pacificó. La política se despistolizó. Y, hasta donde sabemos, los señores de Bucareli nunca tuvieron que recurrir al homicidio para cumplir con sus funciones. Vale, sin embargo, evocar una anécdota de quienes tuvieron que recordársela a presuntos desobedientes.

Era Jesús Reyes Heroles el secretario de Gobernación. Uno de los estados tenía como gobernador a un individuo con peso político propio, derivado de su riqueza personal, de su liderazgo regional y de su posicionamiento nacional. Sucedió que a este gobernador se le señaló como responsable del asesinato de algún opositor local de su entidad. Reyes Heroles, no sé con qué datos justos o injustos, lo supuso culpable.

Lo llamó por la telefonía oficial privada y, con vocabulario veracruzano, le dijo de manera directa: “Óyeme, pendejo, ¿ya se te olvidaron las reglas de Calles o todos vamos a volver a andar matándonos? Necesito verte con urgencia”. Con cierto cinismo aquél contestó: “Sí, cómo no, Chucho. Cuando ande por la capital, si me sobra algo de  tiempo, te doy una vueltecita”.

Ya bien enojado don Jesús reviró: “Mira, hijo de la chingada, en estos momentos está despegando mi avión. Tienen órdenes de traerte vivo o muerto. Así que acércate a tu aeropuerto porque te quiero ver dentro de dos horas”. 

Sobra decir que, para la hora prevista, el prepotente  gobernador e insolente cacique esperaba humildemente en la antesala del más importante vecino de la avenida Bucareli. Sobra decir, también, que vino en el avión y en los automóviles del secretario de Gobernación. Eso significa, en lenguaje político, que venía no como cordial invitado sino como virtual  detenido. Y que Jesús Reyes Heroles dictaría, en nombre del Presidente de la República, la condena o la clemencia política y jurídica que estimara pertinentes y en las circunstancias o con las condiciones que él impusiera. Ése era un mínimo del poder que tuvo esa dependencia.

Esta misma institución ha sido de las más atendidas en la regulación política no escrita. Por ejemplo, que a su titular se le debe creer cuando transmite un mensaje o una orden en nombre del Presidente. O que tiene el monopolio de interpretación presidencial. Es decir, es el único de sus colaboradores que puede referirse a lo que al Presidente le gustaría o lo que el Presidente considera. Todos los demás funcionarios tan sólo pueden referirse a lo que el Presidente dijo, hizo u ordenó, pero de ninguna manera a lo que piensa, desea, prefiere o gusta.

Qué no decir respecto de que el secretario de Gobernación nunca visita y siempre lo visitan. Esto significa que, cuando se reúne con otros secretarios, son éstos los que deben trasladarse a Bucareli. No son éstos protocolos de menosprecio sino reglas de comportamiento que a nadie ofenden y a nadie molestan.

Por otra parte, el secretario de Gobernación nunca viajaba porque si el Presidente se encontraba en la Capital debería estar presto para atenderlo y, si el Presidente estaba ausente, el secretario de Gobernación le hacía “pie de casa”, aunque ninguna ley orgánica se lo atribuyera expresamente. Incluso, cuando de manera excepcional el ceremonial obligara a que acompañara en un viaje a su presidencial jefe, deberían hacerlo en distinto avión, para cancelar la posibilidad de que una catástrofe aérea también derribara la estabilidad gubernamental de México.

Por último, cuando los gobernadores venían a la capital para tratar asuntos con otros secretarios, deberían reportarse y visitar al secretario de Gobernación, aunque no tuvieran tema concreto que tratarle. Esto no era un asunto de cortesanía sino de funcionamiento. Esta dependencia federal es la encargada, por la ley, de conducir las relaciones entre el Presidente de la República y los gobiernos de los estados. Por eso deben informarle de sus gestiones con las otras dependencias, de sus resultados, de sus fracasos, de sus mensajes, de sus reclamos o de sus gratitudes.

Esto casi siempre fue muy rutinario, pero se recuerda una anécdota que vale compartir. Es una crónica que parecía chusca pero que, realmente, era dramática. Hace tiempo un estado era gobernado por un anciano ya en senilidad. Algunos lo habían informado al secretario de Gobernación para invitarlo a ir pensando en el relevo anticipado del pobre viejo. Pero el secretario Gustavo Díaz Ordaz lo consideraba una exageración y una ambición de los informantes, puesto que siempre había visto en plenitud al dicho gobernador.

Sin embargo, sucedió que un día lo recibió en las mencionadas visitas. El gobernante venía de entrevistarse con el secretario de Educación creyendo, todo el tiempo, que había estado platicando con el secretario de Hacienda. La reunión fue inútil, pero nadie quiso mortificar al visitante. Asimismo, al llegar ante Díaz Ordaz, su mente le indicó que estaba con el secretario de Educación.

Don Gustavo también se concretó a mirarlo sin hacer nota de los disparates y, cuando terminó, tuvo el comedimiento de acompañarlo hasta su automóvil. Ya en el estacionamiento y cuando el ayudante abrió la portezuela, Díaz Ordaz le tendió la mano para despedirlo y, entonces, la dispersa mente reinició su funcionamiento medianamente acertado, reconoció a las personas y dijo el gobernador: “Qué tal, Gustavo. Hace tiempo que no nos veíamos. ¿Qué anda haciendo por aquí, en Gobernación?”.

Vale aclarar, sin embargo, que este hombre, víctima de una incapacidad involuntaria de su vejez, nunca pidió ser gobernador sino que allí lo pusieron quienes quisieron aprovecharse de su inutilidad y de su ilustre apellido, puesto que era hermano de dos héroes nacionales. Es decir, muchos podrían hacer su agosto sirviéndose de la mezcla de discapacidad síquica y fuero histórico que coincidían en ese trastornado gobernante.

También no dejo de reconocer lo crueles que podemos llegar a ser los hombres puesto que, muchas veces, hemos alegrado nuestras sobremesas riéndonos al recordar los célebres desbarrancos mentales de este desventurado anciano.

Decía yo, más arriba, que al secretario de Gobernación se le debe creer todo, aunque todos sepamos que no siempre dice la verdad. Recuerdo una imagen de verdadera alta política.

Cierto día llegó a Bucareli el más alto líder de los trabajadores mexicanos. Venía molesto, para quejarse con el secretario de Gobernación. Había estado con el secretario del Trabajo en la negociación íntimo-privada de los nuevos salarios, en aquellas épocas cuando esto era un asunto que importaba a los gobernantes. Sus peticiones de incremento se centraban en el 10% y Salomón González Blanco tan sólo le ofreció 7%.

El secretario de Gobernación le dijo que “Salomón te ofreció mucho porque es muy gastalón y porque él no paga sus empleados”. Pero, para que se fuera asustando un poco, le dizque confidenció que el secretario de Hacienda le había sugerido al Presidente de la República no pasar del 2%.   

La respuesta del encumbrado trabajador fue que “con 2% no se come pero tampoco se vota”. La advertencia era clara y era cierta, pero era grave. Nuestra entonces moderada inflación prometía ser de 3%, por lo que ese decremento real de los salarios se sufriría en el hogar. Pero el sistema oficial dependía mucho del entonces apoyo electoral de los trabajadores y eso se sufriría en las urnas. Por eso, el funcionario le contestó: “Yo no me mando solo. Déjame consultar”.

Dicho esto se trasladó y se instaló en la cabina telefónica que el secretario de Gobernación solía tener dentro de su despacho, muy cerca de su escritorio. Desde allí se miraba con su visitante pero no se escuchaban y eso le permitía la privacidad necesaria.

Tomó el teléfono rojo de la red presidencial. Habló durante tres minutos, tapándose los labios con una tarjeta. Varias veces movió la cabeza. Hizo anotaciones en la misma tarjeta y regresó a su mesa de trabajo mientras encogía los hombros, en señal de una mala respuesta. Leyendo sus anotaciones o simulando que las leía, lo miró directamente a los ojos y le soltó una brevísima noticia, con voz firme como vocero de su alto-jefe y separando cada silaba: “¡Di-ce-que-4%!”. Además le trasmitió un recado presidencial: “Que la bebes o la derramas”, diciendo esto mientras descargaba un moderado puñetazo sobre el escritorio.

El dirigente saltó de su butaca y, ya para entonces más rogando que amenazando, solicitó que mejor lo dejaran con lo que le ofrecía Salomón. El secretario de Gobernación pensó para sus adentros: “¿No que no, cabrón?”. Amablemente, le explicó que se había equivocado al no aceptar el 7%. Atenuó el volumen de su voz y, como un amigo consejero le dijo que si quería pensarlo lo hiciera, pero no se fuera a equivocar otra vez, “porque tú y yo estamos aquí sin poder decidir, pero el Presidente que es quien decide, tiene a Ortiz Mena en su despacho, según me di cuenta, y éste puede convencerlo del terrible 2%”.

Entonces convirtió su discurso en un hacha de esas que usaban los antiguos verdugos para decapitar en sus cadalsos y le dijo que su alto-jefe, además de estar con el secretario de Hacienda, tenía sentados en su antesala al presidente de la Suprema Corte y al procurador general de la República. “No sé qué les vaya a tratar, pero a lo mejor es algo tuyo, porque ya mandó llamar a Salomón para que se les una en su junta. Ahorita ya le ganaste a Toño Ortiz Mena con el doble de lo que él proponía. Ya no te la juegues, hermano”.

El obrero aceptó, con buen cálculo, no sin antes lamentarse y preguntar lo que tendría que decirle a sus bases. El secretario le dijo: “Lo de siempre, Fidel, una mentirilla”. Lo invitó a que esa tarde la representación laboral, la patronal y el secretario del Trabajo firmaran el acuerdo en el Palacio Nacional, ante el Presidente de la República, como testigo de honor. Le informó que, además, estaría invitado todo el gabinete, las fuerzas armadas, los líderes congresionales, las cúpulas incluyendo a la empresarial y bancaria, así como los sectores organizados incluyendo a los campesinos. Todos ellos posarían para una fotografía que reflejara nuestra estabilidad política y económica. Nuestra unidad nacional y la gobernabilidad de nuestro liderazgo presidencial. Con esa foto, impresa como principal en todos los diarios, se desayunarían los mexicanos y otros más en Washington y en otras capitales políticas y financieras. Lo importante es que no era un photoshop, sino un verdadero arreglo de muy alta, aunque muy secreta, política.

Pero lo esencial, para explicarme en este relato, es lo que hizo el expertise de quien sigue el verdadero código político y, por ello, lo he tomado como ejemplo. Cuando ya todo había concluido, muy satisfactoriamente, se nos presentan varias conclusiones.

Primera, el secretario sabía que el líder no traía un 7%. Si lo tuviera no hubiera ido a chillar a Bucareli. Segunda, sabía que González Blanco era un político que se regía por el “código” y que conocía que los salarios los fija el Presidente, oyendo al secretario de Hacienda, pero no al secretario del Trabajo. Tercera, sabía que Ortiz Mena había recomendado el 3%, no el 2% que le endilgó para acosar al líder obrero. Cuarta, el Presidente se había ganado buena fama de encarcelar a quien le estorbaba. Quinta, cuando se metió a su cabina no habló con el Presidente ni con nadie. Sexta, aparentó que tomaba nota de órdenes muy superiores.

Séptima, el Presidente no estaba con Ortiz Mena. Octava, tenía que demostrar que hablaba con el Presidente cuando lo deseara. Novena, lo acorraló y le habló como si fuera un zar. Décima, se lo presentó como un triunfo laboral en contra del gobierno. Décimo primera, la foto que le platicó le indicaría, subliminalmente, que todos estaban con el Presidente y que no le convenía estar en su contra. Décimo segunda, sabía que al secretario de Gobernación se le debe creer.

Me contaron que, cuando ya todo pasó, el secretario le dijo al líder que le hablara con la verdad porque, de cualquier manera, la iba a saber. Pero le brindaba el privilegio de que él se la regalara y no otros. “En verdad, ¿cuánto te ofreció Salomón?” Respuesta: “2%”. Pregunta: “¿Con cuánto hubieras quedado satisfecho?” Respuesta: “4%”.

A su vez, porque se vale, preguntas del líder al secretario de Gobernación. “¿De verdad hablaste con el Presidente?”. Respuesta: “No”. “¿Y lo del Presidente de la Corte y el Procurador de la República?” Respuesta: “Quién sabe dónde chingaos estaban”. Pregunta: “¿Cuánto proponía Ortiz Mena?” Respuesta: “3%”. Pregunta: “¿Por qué, sin consultar, te subiste al 4%?” Respuesta: “Porque sé que al Presidente, como a todos los presidentes, le gusta escuchar al secretario de Hacienda. Pero también sé que al Presidente, como a todos los presidentes, no le gusta obedecer al secretario de Hacienda. Yo tan sólo lo ayudé a hacer su re-presidencialísima voluntad”.

Todos quedaron contentos porque todos lograron lo que querían. No podían sincerarse por anticipado. Pero, siguiendo su código secreto, todos actuaron en consecuencia y todos acertaron. El secretario siguió su código secreto de la política y resolvió su problema, por cierto presentado de improviso, porque el líder llegó sin aviso ni cita. Ese secretario de Gobernación, poco tiempo después, se convirtió en Presidente de México.

Por último, mencionaré la regla de la designación en esa casa, conocida como el Palacio Cobián, porque fue propiedad de la familia de ese apellido durante el Porfiriato. ¿Qué requisitos no escritos se necesita satisfacer para ser secretario de Gobernación? Han sido muchos, pero mencionaré tan sólo el curricular. Para llegar a Bucareli se requiere haber sido funcionario de primera división, a efecto de imponerse en sus antecedentes a los funcionarios del gabinete, del Congreso, de la Suprema Corte, de los estados, de los partidos, de los sindicatos, de la milicia, de la diplomacia, de la empresa, de la banca, de la comunicación, de las Iglesias y de donde se nos ocurra.

Por “primera división” debe entenderse que haya sido miembro del gabinete presidencial, líder de Congreso, gobernador de su estado o presidente de su partido. Así lo fueron todos, desde Plutarco Elías Calles, en 1920, hasta Enrique Olivares Santana, en 1982. La primera excepción fue Manuel Bartlett, quien no había sido ni Oficial Mayor. Más adelante habría ocho secretarios priistas, incluyendo al actual, de los cuales siete satisfacían el currículum clásico y sólo uno carecía de él. Es decir, en 88 años de priismo esta regla sólo se ha violado en dos ocasiones.

Por el contrario, el panismo ha tenido siete secretarios de Gobernación, de los cuales sólo tres de ellos venían de la primera división y cuatro venían de ligas inferiores.    

Todo esto ¿es casualidad incidental o código secreto?

 

*Político y abogado. Presidente de la Academia Nacional, A.C.

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Twitter: @jeromeroapis

 

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