Hay grupos de interés, no de convicción: Ernesto Ruffo Appel, senador del PAN

El legislador sostiene que la crisis en la que está hundido el albiazul se debe a que existen grupos hegemónicos que controlan candidaturas que les aseguran continuidad en el gobierno

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08/04/2014 05:51 Wilbert Torre
Ernesto Ruffo cuenta que cuando era alcalde de Ensenada, su manera “tipo mártir” de defenderse a cualquier costo le ganó proyección.
Ernesto Ruffo cuenta que cuando era alcalde de Ensenada, su manera “tipo mártir” de defenderse a cualquier costo le ganó proyección.

CIUDAD DE MÉXICO, 8 de abril.- Hace casi tres décadas, cuando el PAN festejaba medio siglo y Ernesto Ruffo ni se imaginaba que en unos años sería el primer gobernador no priista del país, en un edificio de Ensenada, Baja California, empezó a fermentarse la crisis que hoy tiene al PAN dividido, en el desprestigio, con un futuro incierto.

Ruffo no era, desde luego, el primer presidente municipal panista del país (antes fueron electos Víctor Correa Rachó en Mérida y Adalberto Rosas en Ciudad Obregón, entre otros), pero enfrentó un fenómeno que no había sido común entre los alcaldes surgidos del partido, un fenómeno que, está convencido, detonó décadas más tarde la peor crisis política, ética y moral en el partido.

“En esos años el PAN comenzó a mutar en el partido de la filosofía de Pedro Infante: donde comen cinco comen diez”, dice Ruffo. “Llegas desesperado y no preguntas: empujas, agarras. Peleas por un puesto en el gobierno”.

Tenía menos de un año en la alcaldía cuando empezaron a pasar cosas curiosas. Antes de que ganara, Ensenada tenía 120 panistas registrados. Unos meses después ya eran más de 600.

“En el PAN poco a poco comenzó a formarse esa actitud de ‘Vamos a protegernos porque la vida es tan precaria que mejor nos agrupamos como en familia para tomar posiciones en el gobierno’. Lo que podríamos llamar onda grupera”, explica.

En sus primeros días en la alcaldía descubrió a un viejo barrendero, don José, limpiando los pisos del ayuntamiento. “¿Qué hago con él?”, se preguntó. Lo nombró jefe del patio del estacionamiento municipal. Unos meses después, una tarde que salía de su oficina, el hombre lo siguió. Lo tomó del brazo y lo encaró.

—No luché tantos años para ser un jefe de estacionamiento
—le dijo—. Yo quiero un escritorio allá dentro.

En esos meses el PAN de Baja California se preparaba para elegir un nuevo presidente. Ruffo tenía predilección por un panista, pero no hizo nada por impulsarlo o imponerlo.

“Jugué limpio —asegura el ahora senador—. Yo tenía claro que el gobierno era gobierno y el partido era partido. No metí la mano. Ganó el candidato que empujaba para que el municipio se abriera y hubiera chamba para todos”.

 El PAN de otras batallas

“El PAN era entonces un partido muy distinto”, exclama Ruffo, de 61 años. Tiene el cabello blanco, los ojos pequeños y sonrientes. Hace llamadas y despacha asuntos en sus oficinas del Senado de la República. Una de sus asistentes recién atendió a un inmigrante hondureño que pedía ayuda para llegar a Estados Unidos. En aquellos años, los del dominio priista absoluto, recuerda, los panistas estaban metidos hasta la médula en otras batallas.

En los años 80 Ruffo era un joven de 33 años y dirigía una pequeña empresa que pagaba cuotas de desplazamiento a un sindicato en Ensenada. A los propietarios y a él les ofendía que, para poder trabajar, tuvieran que cumplir obligaciones impuestas por el corporativismo priista de aquellos años.

El monto de las cuotas se hizo intolerable y la empresa decidió demandar al gobierno federal. Pero ningún abogado quería defenderla. Nadie se atrevía a enfrentar al sistema. Ruffo conoció a uno que se atrevió: don Salvador Rosas Magallán, un abogado y panista que había intentado ser gobernador.

“Los abusos del sistema me agriaban el carácter”, acepta Ruffo. En el año 81, cuando la empresa que dirigía demandó al gobierno federal, comenzó su incursión en la política. Sus tíos le decían que se parecía a su madre, porque nada se callaba. Tras la demanda, se afilió al PAN.

Sus recuerdos de aquella época son de un panismo testimonial, habituado a debatir con el gobierno. “El partido estaba, pero no ganaba”. Ruffo alza los hombros. Cinco años después ganó la alcaldía de Ensenada.

Él despachaba en el Palacio Municipal y Xicoténcatl Leyva, sobrino de Miguel Alemán, era el gobernador, surgido desde luego del PRI. Lo recuerda como un gobierno “absoluto que apenas me dejaba ver la luz del día”. No lo dejaba moverse, le mandaba mensajes, lo intimidaba. Hizo lo que pudo para sobrevivir, sin mayores recursos que un presupuesto limitado, pero con la autoridad moral y el poder de denuncia que le enseñó enfrentarse al gobierno como director de aquella empresa.

“Esa manera tipo mártir de defenderte a cualquier costo y no dejarte me ganó proyección”.

La política de denuncia y enfrentamiento al régimen lo acercó a dos combativos personajes: Héctor El Gato Félix y Jesús Blancornelas, periodistas del semanario Zeta, conocidos por su periodismo valeroso y crítico del gobierno y el narcotráfico.

Tenía cerca de dos años en la alcaldía cuando El Gato Félix fue asesinado. Asistió al funeral y descubrió que era la única autoridad del estado. No fue el gobernador. Cuando salió, se encontró con una multitud.

“Me subieron a una plataforma. Yo no ataba cómo un duelo podía volverse un asunto político. La gente pedía que yo dijera algo y hablé. Ese día me adoptó Tijuana”.

En 1989 Carlos Salinas de Gortari ordenó que Leyva fuera removido. Habían crecido las denuncias sobre la fusión de gobierno y narcotráfico en los años en los que los hermanos Arellano Félix hacían de la venta de cocaína y mariguana todo un imperio, y se decidió un interinato.

Se trató de un intento por enfrentar la insurgencia de Ruffo, cuya presencia beligerante ya se había extendido a Mexicali. La convención que lo nombró candidato fue de 60 panistas. El día de la elección el panismo bajacaliforniano organizó un frente contra el fraude y movilizó a miles de ciudadanos para vigilar. Ruffo dice que el PRI intentó manipular el voto, pero se topó con la organización ciudadana.

Tenía un año de gestión cuando se percató de que el fenómeno que había observado en el ayuntamiento de Ensenada se replicaba en el gobierno del estado, pero multiplicado varias veces. En sólo unos meses había más de 5 mil panistas registrados. Cientos de entusiastas habían cuidado las casillas y pasada la elección le habían enviado su currículum.

“De repente me encontré con una ola gigante de personas buscando chamba. Unas por convicción y otras no”, señala Ruffo. Eso cambió la tradicional dinámica testimonial a una de partido que llega al gobierno. “Esa realidad de una ciudadanía asfixiada por problemas económicos tomó por sorpresa al PAN filosófico, que fue rebasado por la realidad convenenciera de los puestos, la mexicana alegría de los intereses”.

Ruffo deja de hablar un instante. Mueve la cabeza de un lado a otro y se pregunta cómo pudo ser tan ciego entonces. Pasaron años antes de que se diera cuenta de lo que sucedía. “Como tenía yo la mano en la cara, la mano del gobernador Leyva encima para aplastarme, no fui capaz de ver las cosas que comenzaban a pasar en el partido”. Está seguro de que otros gobernadores del PAN enfrentaron lo mismo y cree que todo eso ha ido formando una especie de bola de nieve en la política nacional. En el PAN y en los otros partidos.

“Las estructuras de partido están hechas para arribar a posiciones en el gobierno y van produciendo una especie de arteriosclerosis a los partidos: se forman grupos de interés, no de convicción, que deciden la vida en el comité estatal o en el comité nacional, con grupos hegemónicos que controlan candidaturas que les van a asegurar continuidad en el gobierno”. Eso es lo que hundió al PAN en la peor crisis de su historia, dice Ruffo.

“Ésa es la razón de la disputa entre maderos y corderos y calderones”, señala.

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