Los secretos del Palacio: Confianza y confidencia. Privacía y privanza

Discreción, lealtad, disposición absoluta y fe en el destino del jefe son algunas de las cualidades indispensables en un secretario particular

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31/03/2014 05:33 José Elías Romero Apis*

Segunda y última parte

 

Mi gratitud al

Club de Periodistas, que me honra;

a Excélsior, que me hospeda,

y a mis lectores, que me inspiran.

Los siete atributos del buen secretario particular

CIUDAD DE MÉXICO, 31 de marzo.- Ortega señalaba siete atributos como indispensables en el buen secretario particular. Primero, la discreción. Segundo, la disposición absoluta. Tercero, la lealtad. Cuarto, la fe en el destino del jefe. Quinto, el conocimiento profundo de su jefe. Sexto, la convicción recíproca que ambos tengan. Séptimo, el gusto por la función. Desde luego que cada jefe y cada lugar determinarán el orden de estos factores. Estas referencias hablan de historia. Pero en los secretarios particulares se habla de lecciones. Han aprendido mucho y, si se les observa, enseñan mucho. 

Vayamos al atributo indispensable de la discreción llevada a los extremos más absolutos. Desde luego que no nos estamos refiriendo a esa discreción que suele confundirse con la complicidad en los aspectos más turbios del alma y de la conducta de un hombre.

Nada de eso sino, por el contrario, me refiero a aquella capacidad para suplir las deficiencias o carencias del jefe, a efecto de que éstas no perturben su desempeño ni el de su encargo. Para atender a quien el jefe no puede atender. Para enterarse de lo que el jefe no se puede enterar. Para anticiparse a lo que podría tomarlo desprevenido. Para resolver lo que el jefe embrollaría por razones de su jerarquía o por los vicios de su temperamento. Todos esos son ejemplos de las formas positivas en las que un colaborador puede suplir los impedimentos y las ineficiencias de su superior. 

Pero, sobre todo, y ésa es la discreción a la que me refiero, tiene que hacerlo de tal manera que quede en todos la convicción de que la eficiencia, la caballerosidad, la atingencia, la oportunidad, la inteligencia y el buen estilo son virtudes que provienen del jefe y no del secretario, el cual tan sólo se concretó a obedecer a su virtuoso patrón. Más aún, de todo ello debe quedar convencido, incluso, el propio jefe.

Desde luego que la discreción obliga también a ese pudor y celo que poseen los hombres y las mujeres de buena casta, para custodiar o, aún mejor, para olvidar las confidencias ajenas. Aquellas que no nos pertenecen, pero que llegan a nuestras manos por circunstancias de la vida y del empleo. Ya decía Benjamin Franklin que lo más difícil no es guardar un secreto, sino negar que se conocía cuando éste deja de serlo y se vuelve del conocimiento público. Se dice que Joaquín Cisneros jamás reflejaba las intenciones de Díaz Ordaz, aunque éstas ya estuvieran en los noticiarios.

Enrique Peña Nieto tiene como cualidad muy distintiva un fino entendimiento de la política. Pero, además, es poseedor de una inteligencia meridiana. En ocasiones me da la impresión de que puede manejar con independencia sus hemisferios cerebrales y atender, concentradamente y sin distracción, más de una idea al mismo tiempo. Un jefe así puede rebasar y desbordar fácilmente a sus secretarios. Sin embargo, el de Peña Nieto le lleva el paso y, cuando puede, se adelanta. Erwin Lino Zárate es rápido, fino y eficiente. Es preciso, discreto y elegante. Lleva un año sirviendo a un Presidente, pero lo sirvió seis años cuando era gobernador. Con esas cualidades surte el complicado trabajo de su jefe. Discreción y lealtad como divisas de honor.

El poder del secretario particular

Otra faceta que encierra la discreción, porque contiene muchas, es la capacidad para utilizar con cautela, pero con eficiencia, el poder que, ineludiblemente, posee el secretario de un hombre poderoso. Emilio Gamboa lo utilizó para servir y para atender a todos cuantos él podía. Tenía y tiene la virtud de conceder lo que uno necesita antes de que uno se lo pida y, de esa manera, evitarle un doble trance al necesitado. Con ello pudo servir a Miguel de la Madrid de muchas formas pero, de todas ellas, quizá la más relevante fue hacerlo un Presidente y después, un expresidente prácticamente sin enemigos.

Enrique Rodríguez Cano nunca ostentó el poder que le delegó alguien tan celoso como Adolfo Ruiz Cortines. Pero lo aplicaba con una energía absoluta. En cierta ocasión informó a un muy importante secretario de Estado que el Presidente le rogaba que atendiera a un amigo suyo y que le resolviera su problema.

Cuando, después de unas semanas, se enteró de que nada había caminado, volvió a llamarle para decirle: “Señor secretario. Estoy en un grave problema. Hace tiempo transmití a usted una orden terminante del Señor-Presidente y, por un error mío, le dije que era un ruego. Yo creo que usted no le dio importancia por entender que era un ruego y no una orden. El caso es que, dentro de dos horas, tengo que informar al Señor-Presidente de mi gran equivocación y solamente usted podría salvarnos del enojo hacia mí y de la decepción hacia usted”.

Hablarle así a un ministro, implicando un severo regaño de parte de quien no es su jefe, requiere inteligencia, energía, discreción y poder. El asunto, desde luego, se solucionó en el perentorio par de horas que fueron impuestas e, incluso, el propio amigo presidencial en cuestión no llegó a saber si el Presidente de la República estuvo al tanto de la indolencia inicial de su ministro. Por las virtudes de Rodríguez Cano es de suponerse que fue debidamente informado.

Manlio Fabio Beltrones es un político muy equipado. Tiene experiencia, tiene vigor, tiene inteligencia, tiene estilo y tiene visión. Él mismo fue secretario particular de Fernando Gutiérrez Barrios y aquí me detengo. Hubo entre ellos una transmisión de cualidades. Muchas de las de Beltrones, sobre todo las iniciales, queda en claro que provienen de Gutiérrez Barrios y muchas de las de Gutiérrez Barrios, sobre todo las finales, queda en claro que provienen de Beltrones.

En ese entonces trabó una amistad que perdura con Sami David, quien atendía a Enrique Olivares Santana en la particular de Bucareli. Creo que Sami tiene mucho del estilo de Olivares o, quizá, Olivares tenía mucho del estilo de Sami.   

 Hoy Beltrones tiene un trabajo muy complicado. Tripula la bancada congresional, nacional o local, más grande de la América del Norte. Está integrada por legisladores, todos inteligentes, todos importantes y todos muy influyentes en sus campos. Por eso, todos reclaman conducción y atención, para ser articulados dentro de un Congreso complicado, con un partido complicado y en un país complicado.

Manlio Fabio posee un estilo de mando terso que, en ocasiones, hace creer que la bancada se mueve sola, como un orden planetario natural, cronométrico y espontáneo. Eso hace difícil el trabajo de Manuel Soberanes, quien ayuda a su jefe en una banda de control muy ancha, sin aspavientos ni estridencias sino, como se decía de González Gallo, que no se le siente cuando está, pero cuánto se nota cuando no está.

Discreción y entrega son poder

Otro aspecto de la discreción reside en esa capacidad para soportar como propias las deficiencias y defectos del jefe. Para que las desatenciones, las dilaciones, las equivocaciones, los rechazos, los olvidos, los desórdenes, las omisiones y las malquerencias originadas en el jefe parezcan propias del secretario. Salvador Olmos recibía los regaños simulados de su jefe por causas que ambos sabían que no se podían atribuir al colaborador.

Alguna vez el célebre político norteamericano Dean Achenson dijo que lo más importante que debe saber un subalterno es cómo es el jefe. Tiene razón, en más de un sentido. Efectivamente, de saber o de ignorar la esencia del jefe depende, en buena medida, el signo y el acierto de una gestión. De conocer al hombre que vive dentro de la investidura. Lo que le entusiasma, lo que le indigna y lo que le asusta. Los seres a los que admira, a los que escucha, a los que repudia y a los que teme. Lo que ama y lo que odia. Lo que le seduce y lo que le repugna. Sus verdades y sus mentiras. Las promesas por las que empeñaría la vida, aquellas que olvidaría sin el menor esfuerzo y, también, las que sólo le sirvieron para el consumo de sus incautos.

Los que no lo conocen no pueden apostar mucho al éxito de su propio encargo. Frecuentemente se afanarán en logros que pueden ser intrascendentes para el jefe o, por el contrario, menospreciará asuntos que le son cruciales. Sus buenos resultados serían reconocidos y recompensados por el azar, pero estarían en desventaja cotidiana frente aquellos que conocen al jefe, en muchas ocasiones, en mayor medida de lo que él mismo se conoce.

Es por eso que, casi siempre, los ciudadanos comunes caemos en el error de creer que las pifias de los subalternos serán muy enérgicamente castigadas por su superior cuando, en realidad, muchas de ellas no son erratas sino, por el contrario, son aciertos muy cuidadosamente calculados o son el resultado de muy eficientes obediencias. De allí que nuestros pronósticos de promoción o de remoción sean, frecuentemente, desatinados.

Otra cualidad imprescindible es la disposición absoluta para entregarse a los requerimientos del jefe sin límites de horario, ni de calendario ni de circunstancia. Hay jefes que nunca se cansan y que requieren que sus secretarios estén en la oficina antes de que ellos lleguen y después de que se van. Que su primer acuerdo del día es con el secretario, para recabar los resultados de una jornada nocturna y el último acuerdo es, también, con el secretario, para hacerle los últimos encargos del día. A esto deben agregarse las llamadas desde el auto y las de las madrugadas de insomnio.

Hay jefes que duermen poco y de manera discontinua. Giran órdenes y piden datos a cualquier hora. Ellos mismos no se imponen horario y, por ello, no permiten que lo tengan sus colaboradores. Así como estuvieron en movimiento perpetuo José Antonio González Fernández, Carlos Sales Gutiérrez e Ignacio Morales Lechuga, tampoco nunca se cansaron Roberto Martínez Olivera, Luis Octavio Martínez Aguilar y Luis Domenzáin Arizmendi.

Luis Maldonado fue secretario particular de Enrique Díaz Ballesteros y de Fernando Castro, a quien todos queremos y reconocemos como un maestro, un hombre de alteza y un gran amigo. Creo que, con ellos, Luis aprendió mucho. Ha sido ordenado y disciplinado. Tiene muchas cualidades personales, además de su calidad profesional y de su calidad moral. Casi todos sus atributos facilitan el trabajo de sus subalternos. Pero tiene otras cualidades que son catastróficas para sus secretarios. Le gusta atender los problemas sin tardanza y atender de inmediato a quienes se lo solicitan. Esa buena disposición descompone las agendas y complica las rutinas. Pero la paciencia, el buen carácter y la aplicación constante que tiene Juan Pablo Mirón Thomé y el auxilio de Ana María Méndez hacen que todo salga bien y que su jefe pueda atender todo y a tiempo.

El tema de la lealtad

Pero también forma parte de servir a plenitud el no pensar en el mañana. Ésa es la amplia disposición e indeclinable lealtad. Ya que hablamos de lealtad, se nos presenta este tercer e imprescindible atributo. El desempeño atingente de la secretaría particular requiere de una lealtad a prueba de todo.  Requiere, también, que  esté formada por esa aptitud para pensar en el jefe por encima de sí mismo. Además, por esa característica consustancial, la lealtad o es perpetua o no es lealtad.

Se ha dicho que si Fernando Casas Alemán reencarnara en un modesto juez de paz municipal, José Cándano se le presentaría para volverse a poner a sus órdenes. Humberto Romero, después de 40 años de ausencia, todavía pensaba que López Mateos estaba vivo y al hablar de él, que lo hacía todos los días, daba la impresión de que hacía un esfuerzo para poder conjugar en pretérito.

De igual manera, después de separarse en el trabajo, aunque no en la amistad ni en el trato constante, Ricardo Nájera, Juan de Villafranca y Manuel López Bernal siguen pensando en sus antiguos jefes con el mismo respeto y cariño, como si  aún lo fueran. Rubén Contreras Santiago todavía reúne a comer a los amigos de José Campillo Sáinz y, más aún,  incorpora en esas reuniones a nuevos amigos que no conocieron a Campillo para que se sumen a la memoria y al tributo de su maestro y jefe.

Muy expresivo de ellos es que los expresidentes nunca dejan de pensar como Presidente de la República. Están atentos de todo. Nada les parece ajeno ni distante. Quieren toda la información antes del desayuno. Quizá no sea una costumbre del cargo. Quizá siempre fueron así y, por eso, fueron presidentes. Nunca se cansan. No piensan más que en el país. Por eso requieren auxiliares, interlocutores y secretarios. Jorge Nuño atiende a Luis Echeverría todos los días, desde que sale el Sol. Eduardo Montaño deja sus asuntos personales cuando Carlos Salinas lo requiere para encargarse de lo que se le ofreciere a su jefe. Esas lealtades sólo nos pueden mover, imperativamente, a tributarles honor y respeto.

Muy parecida a la lealtad es la fe inquebrantable en el destino del jefe. Los requerimientos del encargo son tan drásticos que difícilmente se pueden colmar sin ese atributo estimulante. Se dice que, desde que eran muy jóvenes, desde la escuela preparatoria, Rogerio de la Selva no tenía la menor duda de que Miguel Alemán sería Presidente de México. Consagró su vida a servirlo y a ayudarlo a llegar a su destino. Muchos otros han sido depositarios de esa fe indestructible.

Jesús González Gallo y Jesús Rodríguez y Rodríguez sabían, desde muchos años antes, que Manuel Ávila Camacho y Antonio Ortiz Mena llegarían a donde llegaron. Julio César Serna se entregó a la causa de Miguel Ángel Mancera antes que todos. Creo que lo vio como Jefe de Gobierno cuando los demás no lo veían.  

Conocer al jefe

Otro requisito fundamental es el conocimiento profundo que el secretario debe tener de su propio jefe y de las fortalezas y flaquezas que en él concurren. De ahí provendrá la posibilidad de entenderlo en cada momento y frente a cada circunstancia. De saber el enfoque de cada actuación y frente a cada evento. De nunca preguntar sobre cómo conducirse pero, al mismo tiempo, de nunca equivocarse. Ésta es una de las piezas más importantes en el binomio existente entre el jefe y el secretario.

Se dice que la muerte de Enrique Rodríguez Cano dejó un vacío no solamente en la oficina de Adolfo Ruiz Cortines sino, también, en sus afectos. El Presidente solía decir que él era quien mejor lo entendía y, en ocasiones, llegó a decir que era el único. Para don Adolfo era como un hijo. El nuevo secretario, Benito Coquet, conocía a su jefe y sabía que ni al principio ni nunca podría suplantar a su antecesor ni competir contra su recuerdo.

Para comenzar, se  mandó a hacer una nueva oficina en Los Pinos, a efecto de dejar intacta la de Rodríguez Cano. Con ello, anunció al Presidente que entendía y respetaba su dolor y que, al mismo tiempo, sabía en lo que era posible y en lo que no suplir a Rodríguez Cano. Eso es entender al jefe. Ruiz Cortines siempre se lo agradeció y hasta se lo premió.

En días más recientes han existido ejemplos notables de esta virtud.  Juan José Lecanda, a quien auxilia Alfonso Araujo saben, en todo momento, lo que desea, lo que necesita y, quiero suponer que hasta lo que está pensando Emilio Gamboa. De esa misma manera funciona Javier Morales con Edmundo Garrido en la procuraduría capitalina. Para ello no necesitan indicaciones. Hay, entre ellos, una especie de telepatía que funciona de manera infalible.

Así funcionaba, también, Gilberto García Camberos con David Romero Castañeda. Se cuenta que Galo Alcántara comenzó a empacar, sin que nadie le anunciara nada sobre las intenciones de su jefe, cuando Patrocinio González Blanco se fue a Los Pinos para presentar su renuncia.

Otro factor indispensable es la convicción recíproca que el secretario y su jefe tengan de su desempeño. Sin esta química mutua todo lo demás resulta difícil de concretizarse. Es esto lo que hace que el secretario considere que su jefe es no sólo un buen jefe sino el mejor y, a su vez, que el jefe considere que su secretario es el mejor. Esta espléndida valoración recíproca ha producido extraordinarios binomios. La valoración de Liébano Sáenz lo volvió insustituible para Ernesto Zedillo y, a su vez, Liébano tiene una visión grandiosa de su jefe. 

Alguna ocasión, en coloquio con Sáenz, le dije que yo no entendía las reglas de pensamiento que había utilizado Ernesto Zedillo para designar a sus múltiples secretarios de Gobernación. Mis palabras contenían una amable pero contundente crítica a Zedillo.

Liébano, en atención a mí pero en fidelidad a su jefe, dedicó casi dos horas de un largo desayuno para explicarme, con todo detalle, la razón de cada designación y de cada remoción. Además, para convencerme de que todo había sido un excelente acierto.

No sé aún si eran las razones verdaderas o si él las inventó para poner a Zedillo como un genio de la política. Pero lo importante, para este tema, es su sentido de la lealtad.

Reflexiones finales

Por último, todas las cualidades comentadas resultarían inútiles si el secretario carece de un gusto frenético por serlo. Como todos los oficios difíciles, como el sacerdocio, como la torería, como la milicia, si no se le tiene mucho gusto y mucho amor, nunca se acompaña del éxito. Está en la esencia del ser, como diría Ortega y Gasset, que se es buen secretario no sólo por aptitudes, sino por el gusto de serlo.

Cuando hace algunos años dejó de estar entre nosotros el profesor Abel López Olivares quien, además de ser invicto en la amistad me acompañó durante cerca de 11 años como secretario particular en siete subprocuradurías, tanto de la General de la República como de la del Distrito Federal; en la Presidencia de la República; en mi bufete jurídico; en la Revista Mexicana de Justicia; y en la Presidencia de la Academia Nacional pude comprender los atributos de la privacía. Su partida me hizo reflexionar, detenidamente, en las dificultades que entraña el ejercicio de las secretarías particulares, así como en los requerimientos para su desempeño espléndido.

Algunas carreras políticas muy destacadas se fraguaron o se consolidaron en una secretaría particular. Mencionaría, en orden cronológico, Adolfo Ruiz Cortines, Porfirio Muñoz Ledo, Félix Galván López, Ignacio Ovalle, Arturo Montiel Rojas, José Ángel Gurría, Juan José Bremer, Enrique Cervantes Aguirre, Genaro Borrego Estrada, Esteban Moctezuma Barragán y Óscar Espinosa Villarreal. Carlos Armando Biebrich y Sergio García Ramírez fueron los secretarios de Luis Echeverría durante la campaña presidencial.

La carrera política de Luis Echeverría se inicia en una secretaría particular y culmina en la Presidencia de la República. No tengo ningún fichero sobre este asunto y estoy escribiendo esta nota desde mi despacho hogareño. Me disculpo de tantas omisiones en las que habré incurrido. 

Ha habido muchos otros que fueron, también, magníficos secretarios.  Muchos de ellos tuvieron más virtudes y cosecharon más aprecios que sus jefes. Otros fueron, o han sido, de la misma alteza que sus jefes. Los hubo que supieron nutrirse de la valía de sus jefes. Tan sólo en un breve repaso vienen a mi memoria Jaime Alcántara, Eduardo Almeida, Carlos Alpízar, José Manuel Álvarez, Virgilio Andrade Palacios, Ignacio Ayala, José Carlos Beltrán, Ricardo Blanco, Francisco Bravo, Luis Felipe Bravo, Juan José Bremer, Julio Camelo, David Cantú, Rosa Marina Carranza, Javier Casillas, Roberto Casillas, Christian Cymet, Alberto del Río, Quicho Díaz Cervantes, Manuel Díaz Infante, Carlos de Icaza, Óscar Durán, Alfonso Durazo, Juan Bosco García, Ernesto Gil Elorduy, Roberto Gil Zuarth, Emilio Goicoechea, Lorenzo Hernández, Martín Hernández, Guillermo Huerta, Juan Lara Domínguez, Rafael Laveaga, Humberto Lepe, Miguel Lerma, Óscar Levín, Sergio Martínez Chavarría, Andrés Massieu, Mayolo Medina, Rafael Mendívil, Jorge Mondragón, Everardo Moreno Cruz, Alfonso Muñoz de Cote, César Nava, Alfonso Navarrete Prida, Víctor Orduña, Carlos Peredo Merlo, Salvador Pineda, Jorge Preysser, Juan Rebolledo Gout, Francisco Ríos Zertuche, Jesús Ruiz de Chávez, Guillermo Ruiz de Teresa, Gerardo Ruiz Esparza, Armando Salinas Torre, Miguel Sámano Peralta, Jaime Sánchez Montemayor, Luis César Serna Chávez, Carlos Tarrab, Julieta Torres, Laura Vargas y Héctor Villar.

En el mundo de la empresa, Norma Longoria y ahora también Carmen Palomino, así como Cecilia León han servido con esmero y atingencia a Olegario Vázquez Raña y a Pablo Funtanet Mange, respectivamente. Qué no decir de Sandra Chávez, quien atiende a Olegario Vázquez Aldir; Isabel es esencial en la oficina de Ernesto Rivera, Clara Franco le da mucho a la oficina de Roberto Simón y Edith Martínez sirve a Pascal Beltrán del Río desde la ausencia de Irene Alcántar.

En el ámbito de mi trabajo, además del extrañado López Olivares, mi oficina se ha visto enriquecida con la eficiencia, la lealtad y la amistad de Yolanda Contreras, del ya también ausente Fernando Carranza, de Julio Domecq, de Blanca Barragán, de Juana Jáuregui, de Pilar Espinosa, de Ricardo Mendoza y de María Elena Abraham. En épocas más remotas me atendieron Blanca Balbanera, Norma Salgado, Eric López Lena y Juan Carlos Santiesteban. Todos ellos se han esmerado en que luzcan mis esfuerzos, en que no se noten mis defectos y en que todo me parezca fácil.

Hubo algunos secretarios que pudieran llamarse clásicos. Que representaban el paradigma en estilo, en presencia y en imagen de lo que era su jefe, para reforzarlo. De lo que no era, para compensarlo. O de lo que no le gustaba ser, para liberarlo. El tiempo es muy fugaz pero aconsejaría, a quienes esto les interese, que pregunten a quienes vieron a Enrique Sosa servir a Antonio Ortiz Mena. A Consuelo Tovar atender a Antonio Carrillo Flores. A Rafael Solana dejar el drama y la dirección teatral para seguir los trabajos gubernamentales de Jaime Torres Bodet.

En fin, son estas algunas de las reflexiones que me provocó, en su partida, mi amigo y secretario. Él tuvo la madera de todos los magníficos secretarios. No tuvo, sin embargo, la suerte de servir a un hombre que fuera poderoso, ni importante, ni famoso. 

Casi todos  los personajes que he mencionado en esta crónica y que son de mis tiempos me han dispensado el privilegio de su amistad. Se dirá que tengo muchos amigos que son o han sido secretarios particulares. Se dirá, también, que veo en ellos muchas virtudes. Nada de ello es excepcional ni extraño. Los secretarios particulares son muy virtuosos por fuerte imperativo y son muy amigos por venturoso privilegio.

 

*Abogado y político.
Presidente de la Academia Nacional, A.C.
W989298@prodigy.net.mx
 Twitter: @jeromeroapis

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