Los secretarios del poder: Confianza y confidencia. Privacía y privanza

Sobre estos conceptos gira la delicada relación secretario particular-Presidente, que cuando es la ideal, “se hablan sin palabras, se comunican sin papeles y se entienden sin explicaciones”

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30/03/2014 05:04 José Elías Romero Apis*

Primera de dos partes

 

Mi gratitud al

Club de Periodistas, que me honra;

a Excélsior, que me hospeda,

y a mis lectores, que me inspiran.

 

Mi relación con la privanza

CIUDAD DE MÉXICO, 30 de marzo.- No es ésta la primera ocasión que escribo sobre la relación de confianza y confidencia entre los secretarios particulares y sus jefes, aunque ésta no es una reedición de mis anteriores colaboraciones. La vida y el pensamiento a diario nos surten de nuevas ideas, de nuevas reflexiones y nuevas observaciones. Quizá por eso me dijo Pascal Beltrán del Río que estos apuntes tuvieran nuevos personajes, nuevos episodios y nuevas temáticas. También saca del escenario lo que ya surtió su cometido. Es por eso que aquí comparto mis novedades, rescatando tan sólo algunas bases que puedan darle cohesión a mi narrativa.

Este tema ha llamado mi atención desde la juventud, no obstante que no le he visto en la cercanía familiar, porque ni yo ni mi padre ni mis hijos ocupamos jamás el difícil encargo de secretario particular. Pero recuerdo que, en 1969, Gregorio Ortega elaboró una serie de artículos donde plasmó la difícil naturaleza del cargo de secretario particular y las calidades que requería tener, a título ineludible, quien aspirara a desempeñarlo con suficiencia y dignidad. 

En aquellos años, todavía muy jóvenes para mí, aún no había conocido o, por lo menos tratado, a ningún secretario particular y todavía faltaba mucho tiempo para que la vida me pusiera en la necesidad de requerir los servicios de alguno. Sin embargo, esos artículos me resultaron indelebles. Pero, ya en la madurez, han venido a mi memoria muchas de las reflexiones de Ortega, las cuales retomo y les agrego algo de lo que he podido observar desde ese entonces hasta la fecha.

Mi vida y mi carrera política han sido muy modestas. Sobre todo si se les compara con la fortuna, nada modesta, que he tenido en cuanto a vivencias, en cuanto a experiencias y en cuanto a conocencias. Una de ellas es la relación que he tenido con los secretarios particulares.

Estoy convencido de que han sido cuatro los más poderosos secretarios de la Presidencia que ha habido en México en los últimos cien años. Tuve y tengo el privilegio de ser amigo de tres de ellos. Humberto Romero Pérez fue uno de los mejores amigos de mi padre y, más tarde cuando éste se ausentó, Humberto no me trató como al hijo de su amigo finado sino que me hizo heredar esa amistad fraterna como si yo hubiera sido su amigo de siempre. Nos reuníamos con frecuencia y me platicaba sus confesiones y sus confidencias, que no son lo mismo. Las de él, las de mi padre y las de Adolfo López Mateos. Hoy, ya los tres están en mi salón de los recuerdos, pero yo prosigo mi amistad con los hijos de Humberto, principalmente con Alejandro. 

Emilio Gamboa Patrón fue el poderoso secretario de Miguel de la Madrid. Unieron sus caminos cuando éste llegó a la desaparecida Secretaría de Programación y Presupuesto, donde trabajaba Gamboa. Pronto se le hizo indispensable y así lo sirvió durante el mandato presidencial, y me consta que también después de él.

Hemos vivido juntos muchas odiseas, pero quizá las más inolvidables fueron la campaña Presidencial del 2000, donde compartimos lo bueno y lo malo con Francisco Labastida, así como la primera Legislatura donde el PRI fue un partido de oposición y nosotros fuimos oposicionistas improvisados pero afortunados.

Liébano Sáenz Ortiz se ligó accidental y dramáticamente con Ernesto Zedillo. Su vida estaba dedicada a Luis Donaldo Colosio, pero las balas asesinas cambiaron su destino. Sin embargo, tres meses bastaron para que se entendieran en la propia campaña de Colosio, y tengo la impresión de que la candidatura, primero, y la Presidencia, después, tomaron a Zedillo con un desconocimiento absoluto de la naturaleza y de la operación de la política. Éste era un economista muy calificado pero un político muy descalificado. Liébano es abogado por profesión y político congénito. Creo que Zedillo encontró en Liébano el complemento ideal de su deficiencia y supo convertirla en una eficiencia. Con él se puede platicar en confidencia sin faltar a la secrecía.  

Del otro secretario superpoderoso que incluyo en este cuarteto también recibí una afortunada aportación. Enrique Rodríguez Cano murió cuando yo tenía siete años de edad y, obviamente, no lo recuerdo. Pero fue tan estrecha su amistad con mi padre que éste mucho me platicó, durante toda su vida, de cómo era y de qué hacía el ilustre tuxpeño. Tuvieron una amistad tan franca que mi padre sabía más de Rodríguez Cano que la esposa de Rodríguez Cano. Y éste conocimiento lo heredé por pláticas y así, de esa manera, lo pude conocer como a los otros tres.

Aclaro que todos ellos tuvieron un apoyo indispensable. Algunos lo llamaron secretario presidencial auxiliar. Debe tener las mismas virtudes que el titular para que la oficina siga funcionando cuando el “Alto-Jefe” retenga al particular, cuando lo lleve a las giras o, más difícil, cuando sea el auxiliar quien tenga que acompañarlo a los viajes porque el titular se quedó haciendo “pie-de-casa”.

Los que he mencionado fueron muy bien apoyados. Héctor Ortega colaboró con Humberto Romero. Ricardo Ríos auxilió a Liébano Sáenz. Homero Cárdenas apoyó a Emilio Gamboa. Y Jesús Reyes Heroles acompañó a Enrique Rodríguez Cano. 

Un secretario de otro país

Más allá de nuestras fronteras también he sido afortunado en mi relación con los secretarios particulares. Narraré una de las que resultaron más interesantes. A principio de la década de los ochenta conocí, en México, a Héctor Cámpora Jr., quien había sido secretario particular de Juan Domingo Perón, tanto durante su exilio en España como en su segunda etapa como Presidente de la República Argentina. Rápidamente trabé una sólida amistad con él.

Era un abogado que vivía muy modestamente. No contaba con ningún ingreso más que el proveniente de las clases universitarias que impartía. Habitaba en un departamento alquilado en la colonia Polanco y ni siquiera poseía un automóvil propio. Había nacido en una cuna muy acomodada. Su padre fue uno de los más destacados peronistas. Fue presidente del Senado argentino y Presidente de la República.

Héctor Junior todavía era un niño cuando sus padres siguieron a Perón en el exilio. Se formó en España y allí se hizo secretario de Juan Domingo. Más tarde lo acompañó en la Presidencia y, al instalarse la dictadura militar, sufrió la persecución política y tuvo que vivir seis años asilado en la embajada de México, la cual se convirtió en su prisión, hasta que nuestro país logró los salvoconductos para que los Cámpora vinieran a residir a México.

Él me platicó muchas cosas importantes de Perón. Por él supe mucho de lo que no saben los propios argentinos. Su fortaleza, su disciplina, su voluntad de poder. Pero lo importante de mi relación con Cámpora fueron dos impresiones indelebles que me dejó al haberlo tratado de cerca. 

La primera es que a ese hombre de alrededor de 40 años de edad no le importaba haber pasado la mayor parte de su vida en el exilio, en el escondite, en la prisión, en el asilo y de nueva cuenta en el exilio, a cambio del enorme orgullo que le representaba el haber servido a Perón. Y la segunda es que me quedaba en claro que este hombre, en su mediana edad, parecía que con la muerte de Perón había concluido el motivo principal de su vida. Que ya no podía acontecerle nada más importante. Que ya no esperaba nada ni, mucho menos, ambicionaba nada. Que ya había terminado todo aquello para lo que había nacido.

Esto ya nos va indicando la imagen temperamental de un verdadero secretario particular. Casi todos ya no desean nada después de su encomienda. Tienen dos placeres en la identificación de la misión de su vida y en la insustituible complacencia con ello.

Mis preguntas secretas a los secretarios

Pero regresemos a México. Por razones de distancia temporal no conocí ni tuve a nadie de las generaciones precedentes que me pudiera hablar de Jacinto B. Treviño y de Fernando Torreblanca. Pero tengo una buena impresión histórica del primero y creo que el segundo, de seguro, tuvo los suficientes atributos para servir a dos presidentes tan parecidos en apariencia y tan distintos en  esencia como fueron Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Más aún, le sobró tiempo para convertirse en yerno de este último.

En algunas de mis pláticas con Romero, con Gamboa y con Sáenz les sonsaqué que me resolvieran una pregunta acerca de sus jefes. El más angustiante o triste día de su mandato.

Me dijo Humberto Romero que el peor día para López Mateos fue el de la expulsión de Cuba de la OEA. La vergüenza y el coraje. Pero, también, la tristeza y la decepción. Agregado a ello, la crisis de la hermandad latinoamericana y las nuevas certidumbres de que no existe un futuro panamericano.

Me contó Emilio Gamboa que el peor día para Miguel de la Madrid  fue el del terremoto de 1985, y ello no admite alegación ni requiere comprobación. El corazón de la capital destruido. El gobierno rebasado. Los miles de muertos. La destrucción masiva de viviendas y fuentes de trabajo. La imposibilidad financiera de reconstrucción. Las principales dependencias públicas sin oficinas. Los hospitales básicos convertidos en ataúd. Y la certificación de que, frente al desastre, el gobierno de México no sólo era impreparado sino, también, ingenuo.

Otro día muy singular en la gestión de Miguel de la Madrid, no me lo dice Gamboa pero lo intuyo yo, fue el 6 de julio de 1988.  La caída del sistema y sus secuelas todavía no concluidas. Alguna vez escuché, aunque no recuerdo de quién, que esa complicada tarde Manuel
Bartlett telefónicamente le espetó a Miguel de la Madrid un airado reproche, casi con insolencia: “No se preocupe. Yo haré presidente a su candidato”.

Nunca lo he querido platicar con Bartlett ni con Gamboa y no me hubiera atrevido con De la Madrid, así que jamás lo corroboré. Pero que el ya presidente Salinas le regalara a Manuel la SEP y Puebla me deja en claro que no lo hizo por aprecio sino por endeudamiento.

Me platicó Liébano Sáenz que el peor día de Ernesto Zedillo fue el de la matanza de Acteal. Que la madurez le ayudó a contener la rabia, que es peligrosísima en un presidente mexicano, pero no le ayudó a contener el llanto.

Otro día particularmente grave para López Mateos durante su mandato fue en el que llegó a su clímax el conflicto ferrocarrilero. Reunido para examinar la situación con su gabinete de política interior y con sus asesores sobre la materia, escuchó a todos. Sólo permaneció callado, por razones obvias, su secretario particular. Entonces, lo invitó a expresarse. “¿Tú qué opinas?, Romero”. El interpelado contestó directo, amable y breve. “En política, señor Presidente, sólo unas cuantas y excepcionales ocasiones se puede seleccionar lo ideal. Las más de las veces, tenemos que conformarnos con escoger lo posible”. 

El Presidente acusó recibo. “Te entiendo muy bien. La única alternativa posible es que los matemos o que los metamos. Sólo queda que los metamos ya que, por ningún motivo, quiero que los matemos. Que venga el Procurador General de la República. Buenas noches, señores, y muchas gracias”.

Un día muy grave fue regresando de la visita de Estado a la República de Filipinas. Poco antes de que el avión presidencial despegara del aeropuerto de Manila se recibió la gravísima e infausta noticia de la intentona de invasión en la Bahía de Cochinos. López Mateos escaló técnicamente en las Islas Midway, desde donde se comunicó con el presidente Kennedy para solicitarle una explicación más amplia y para hacerle saber la más enérgica condena mexicana hacia un hecho que no sólo agraviaba principios políticos sino que, además, habría de poner en riesgo la paz mundial, como sucedió. Que habría de conjurar los sueños de panamericanismo, como sucedió. Y que tendría secuelas transeculares, como sigue sucediendo.

Aquí inserto algo de Justo Sierra Casasús, hoy también ausente. Al igual que con Romero, tuve el privilegio de ser su amigo más cercano en la última etapa de su vida. También soy buen amigo de su hija y de su yerno. Sierra fue secretario privado de López Mateos, no secretario particular. Fue lo que Salvador Olmos para Ruiz Cortines o Justo Ceja para Salinas de Gortari. Hay presidentes que, en un mismo hombre, reúnen la secretaría particular y la privada, pero otros las separan.

Sierra era diplomático de carrera y el amigo más allegado a López Mateos. Casi toda su vida en el servicio exterior la pasó en Washington. Alguna ocasión él fue quien me hizo una pregunta terrible, anticipándome que yo era la primera persona y la única a quien se la haría porque le gustaba lo que él creía mi aptitud para interpretar la historia y la política, atributo inexistente. “¿Por qué López Mateos no me designó canciller de México?”

Mi respuesta fue directa y sincera. Le dije que López Mateos tenía seis mexicanos para ser excelentes cancilleres, pero sólo uno para ser secretario privado. Para Relaciones Exteriores podría contar con Antonio Carrillo Flores, Luis Padilla Nervo, Jaime Torres Bodet, Vicente Sánchez Gavito, Manuel Tello, a quien designó, y el propio Justo Sierra. Pero designar a éste implicaba alejarlo de él y hasta de México. Perdería a su amigo, y eso era impensable en López Mateos.

Su sentida respuesta me agradó y me sigue agradando. Sentí que, en algo aunque mínimo, lo había servido en la vida. Me dijo: “Gracias, Pepe. Me acaba de quitar, usted, un peso que me oprimió durante 40 años”.

Pero lo importante de traer a Sierra a estas páginas es compartir sus respuestas a mis preguntas metiches. Para quienes no estén familiarizados con los rincones del palacio presidencial les diré, brevemente, que el secretario privado, o en su caso el particular, si funciona además como privado, es lo que yo llamo “el-que-acuesta-y-levanta-al-Presidente”.

Es el primero que lo saluda en el día y el último que lo despide en la noche. El que le pasa a las 5 o 6 de la mañana, según su costumbre, las noticias nocturnas y, aprovechando la media hora en el vestidor, recibe las órdenes que aconsejó el insomnio que sufren quienes viven sobrecargados de adrenalina, así como el que, en las noches, lo acompaña por la vereda-jardín que va de la oficina a la residencia y recibe las últimas órdenes presidenciales de la jornada.

Por eso le pregunté a Justo Sierra de los días feos para el Presidente al que sirvió seis años. Me contó dos muy interesantes. Uno de ellos fue en una mañana en la que rendiría un funesto parte nocturno. Entró al vestidor más importante de la mansión o del país y sacó al valet presidencial para evitar testigos. Con eso, López Mateos adivinó que Sierra traía “una-muy-dura”. Sin rodeos ni saludos sugirió al Presidente que tomara un poco de café. De inmediato le informó que, esa madrugada, Rubén Jaramillo y su familia habían sido asesinados, dentro de su jacal morelense, por un comando.

En una reacción muy poco usual, el Presidente entró en furia, arrojó la taza contra la pared y exclamó: “Es un pendejo violento que cree que la alta política se hace matando. Ya me metió en una bronca histórica de la que no saldré ni en cien años”.

Yo nunca quise preguntarle a Sierra a quién se refería López Mateos. Nunca quise saber quién ordenó el asesinato del líder campesino opositor al gobierno. Nunca me ha gustado depositar los secretos ajenos sino que prefiero adivinarlos o imaginarlos sin comprobación. Pero entendí la impotencia presidencial frente a lo que no tiene remedio. Porque los muertos ya no revivirían. Y López Mateos ya no se libraría de una condena histórica injusta. Ambas injusticias ya no tenían remedio.    

La segunda nos habla de dificultades pero de altezas. Se cuenta que, estando en una ronda de pláticas durante la reunión de Estado con el presidente Kennedy éste le preguntó a López Mateos en cuánto estimaría, pecuniariamente, una solución para El Chamizal. A esto, López Mateos contestó de inmediato: “No lo sé porque no soy corredor de inmuebles”. Justo Sierra hacía la traducción quien consultó, para no instalarse ni instalarlos en un equívoco, si lo traducía en esos términos. “En esos términos, señor embajador. No hay otros términos”, confirmó el Presidente. Ante esto, Kennedy reculó de inmediato al advertir su equívoco.

Todo esto que he narrado de Rodríguez Cano, Romero Pérez, Sierra Casasús, Gamboa Patrón y Sáenz Ortiz encuadra en lo que yo he llamado “la complicación geométrica de la bipersonalidad política”. Ésta se desenvuelve en, por lo menos, 18 planos diferentes. Los primeros tres consisten en la percepción de lo que realmente es, lo que uno cree que es y lo que uno desea que sea. Éstos se multiplican por otros tres que son los planos de las percepciones del otro: lo que el otro sabe que es, lo que el otro cree que es y lo que el otro desea que sea. Ya tenemos nueve planos que se multiplican por otros tres que son los del pasado, del presente y del futuro.

Ahora bien, cuando encaja bien el binomio jefe-secretario la problemática geométrica se reduce por lo menos a la mitad porque, al ser dos cerebros que piensan como uno solo, ya no se trata de 18 planos sino, cuando mucho, de nueve planos.

Cuando los vemos actuar con esa coordinación innata nos parecen aquellos futbolistas privilegiados que, sin haberlo acordado ni practicado, pueden pasar el balón a una zona que no tienen a la vista pero que saben que allí estará su compañero receptor y éste sabe dónde habría de colocarse tan sólo con adivinar el pensamiento de su colega pasador. Se trata de un mismo cerebro alojado en dos cuerpos distintos, y eso no deja de maravillar al aficionado del futbol y al espectador de la política. Se hablan sin palabras, se comunican sin papeles y se entienden sin explicaciones.

*Abogado y político.
Presidente de la Academia Nacional, A.C.
W989298@prodigy.net.mx
 Twitter: @jeromeroapis

 

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