Creatividad bajo resguardo; el IMPI, la casa del ingenio

El Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial tiene la responsabilidad de proteger las ideas, marcas, productos de origen, patentes e inventos que se registran en el país

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16/03/2014 05:00 Textos: Wilbert Torre / Fotos: Wilbert Torre

CIUDAD DE MÉXICO, 16 de marzo.- En Xochimilco, cerca de las chinampas que habitó la cultura nahuatlaca, se concentran más de 100 años de tecnología mexicana. Un edificio de cristal y concreto conserva la memoria de marcas previas a la Revolución, inventos afamados como la televisión a color y la píldora anticonceptiva, y otros contemporáneos como una nanopartícula capaz de matar bacterias desarrollada por una científica, en sus faenas de mamá.

El Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (IMPI) es la casa de la creatividad y el ingenio.

Es también guardián de la originalidad de un país: aquí se conservan todas las denominaciones de origen nacionales, una especie de garantía de pertenencia de productos elaborados en regiones y características geográficas únicas: el tequila (Jalisco, Nayarit, Tamaulipas, Michoacán y Guanajuato), la talavera de Puebla, las artesanías de Olinalá, el mango Ataulfo del Sonusco de Chiapas, el mezcal (Guerrero, Oaxaca, Durango, San Luis Potosí) el ámbar de Chiapas, la charanda de Michoacán, el Sotol (Chihuahua, Coahuila y Durango), la bacanora de Sonora y el café de Chiapas.

La última denominación de origen registrada en México es el chile habanero de la Península de Yucatán, el año pasado.

Es un día como cualquiera  y Miguel Ángel Margáin, director del IMPI, guía a un grupo de visitantes que camina entre mesas repletas de archivos amarillentos que contienen los inventos mexicanos más antiguos. Al fondo, en un moderno almacén, están ordenadas miles de carpetas de colores con los más recientes. En otro edificio al que se llega por un puente están otras propuestas de desarrollo en camino de patentarse y ser reveladas.

–¿La patente de la televisión a color está aquí? –se sorprende una de las visitantes ante una carpeta de hojas viejas con una carátula multicolor que advierte: “Adaptador cromoscópico para aparatos de TV. Agosto de 1940”. En el expediente están los dibujos originales de Guillermo González Camarena y su invento más conocido: la televisión a color.

–Por supuesto está aquí –Margáin sonríe orgulloso–. Se dice que González Camarena se fue a Estados Unidos a vender sus patentes. Pero no es cierto. Mira –sus dedos pasan las hojas que muestran los planos del invento–.
 Aquí están los registros.

Este año el IMPI cumple veinte años. En Estados Unidos la tradición y el proceso de registrar inventos y patentarlos comenzó 200 años antes. En México esta parte vital en la economía y el desarrollo se consolidó solo hasta el año 1994, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Antes de que eso ocurriera unas cuantas decenas de empleados ordenaban los expedientes de inventos y patentes de una centuria en la Dirección General de Desarrollo Tecnológico, un viejo edificio en la colonia Granjas. Tras su fundación, el IMPI empleaba 280 personas. Hoy cuenta con cuatro veces más.

Se trata de la decimosegunda oficina más avanzada en el mundo, de acuerdo con las clasificaciones de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). En América Latina es la más eficiente de la región. Brasil tiene más volumen, con una población y un territorio mayor. En eficiencia México se ha ubicado en el primer lugar en Latinoamérica, Centroamérica y El Caribe, con expertos con alto grado de capacitación y la alta tecnología de las instalaciones que resuelven y preservan patentes y marcas.

Algo está pasando...
  • Hace unos días que el director del Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual, Miguel Ángel Margáin,  regresó de un viaje a China. Allá las patentes y marcas están divididas y sólo la primera dispone de más de 10 mil empleados, de los cuales 6 mil son examinadores con alta capacitación.
  • “Tenemos mucho que aprender de ellos, porque en México, ahora mismo, algo está pasando: es una locura el auge en la solicitud de nuevas marcas”.
  • En la habitación al otro lado del puente, el científico Gómez Bautista tiene abierta una ventana con los números de marcas solicitadas en 2012: más de 107 mil.
  • “No sabemos qué sea, pero algo está atrayendo a cientos de empresas extranjeras”, dice Margáin. En 10 meses se recibieron cinco mil solicitudes, dos mil más de las esperadas en México.
Ideas mexicanas, sólo 8 por ciento

El Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial concentra la creatividad y la tecnología y también es el epicentro de una grave paradoja: su prestigio en el resto del mundo
—el IMPI asesora a varios países de África­— no corresponde con su posición en el país. Uno de sus más grandes desafíos es vencer una frágil cultura de registro de patentes.

En México existen cerca de 90 mil patentes vigentes. El año pasado se solicitaron 16 mil, de las cuales mil 400 son de mexicanos, menos del 8 por ciento. ¿Qué lleva a un inventor a no registrar algo que creó?

90 mil patentes vigentes hay actualmente  en México.

El principal requisito para obtener una patente es que el invento sea nuevo. Los tratados internacionales establecen un plazo de un año para solicitarla. No es infrecuente que algunas personas publiquen sus investigaciones y transcurre el periodo establecido sin que registren lo que crearon. Cuando el plazo vence, sus desarrollos caen en el dominio público. Ello no significa que pierdan su invento. Lo que pierden es el derecho a utilizarlo de manera exclusiva durante 20 años.

“Los derechos de autor son los activos más importantes de una empresa”, dice Margáin. “En la medida en la que protejamos un invento, la inversión en el país aumentará. Innovación sin protección es una posibilidad de crecimiento que se escapa.”

En el intento de elevar la patentabilidad en el país, Margáin suele visitar universidades y centros de estudios superiores para hablar de la importancia de proteger el conocimiento.

16 mil solicitudes de patentes se registraron el año pasado en México

En el IMPI se recuerda el caso de un inventor mexicano que hace algunos años publicó investigaciones sobre el tratamiento de la basura. Inventó una fórmula que intervenía en la descomposición de los desechos orgánicos, pero no solicitó la patente antes de que venciera el plazo de un año. Otros investigadores y empresas se beneficiaron de la fórmula, que había caído en el dominio público.

Un caso diferente y paradigmático es el de Gabriela León Gutiérrez, una bioquímica industrial que fundó la empresa Gresmex hace 13 años para producir antibacteriales. Descubrió la poca efectividad de la mayor parte de los desinfectantes y comenzó a hacer investigaciones de nanotecnología. Esos estudios coincidieron con una enfermedad de su hijo y una fusión de circunstancias la llevó a descubrir una nanopartícula capaz de combatir bacterias, hongos y esporas.

En 2009 la crisis de la influenza abrió una ventana de posibilidad para poner a prueba la nanopartícula, el avance científico más importante en la materia en 60 años: su consumo no afecta el ADN ni células sanas. Después de vencer dudas y temores sobre altos costos para la empresa, León Gutiérrez acudió al IMPI, recibió asesoría y se animó a solicitar el registro de patente.

“Fue una decisión vital”, advierte. Con la patente, el producto potenció sus estándares de seriedad y confiabilidad en el mercado.”

Ahora uno de sus principales clientes es el IMSS y exporta a países de América Latina. Gresmex multiplicó varias veces su facturación y compite con empresas internacionales.

Los secretos de los inventos, cuidados

Una  solicitud de patente es información delicada y secreta. Si alguien accede a ella, puede explotarla fuera de la ley. Ejemplos de patentes que han movido un mundo de dinero son la fórmula de la Coca Cola y la televisión a colores de González Camarena, cuyos avances tecnológicos aún son utilizados por una poderosa empresa japonesa.

En el moderno edificio de Xochimilco se construyó un puente de cristal a través del cual se protege el traslado de las carpetas que llevan dentro las solicitudes de nuevos registros: documentos con el nombre del inventor y una explicación detallada del invento. Puede tener cinco fojas de unos diez centrímetros de ancho, o ser tan gruesa como una enciclopedia antigua.

El ala derecha del edificio está dedicada al análisis de solicitudes de biotecnología y mecánica. A la izquierda son turnadas las que tienen que ver con las industrias farmacéutica y química, y en la plata baja, los inventos de electrónica.

Al  llegar al otro lado del puente los expedientes son enviados a unos cubículos donde trabajan alrededor de 250 examinadores, todos ingenieros, unos expertos entrenados para deconstruir los inventos presentados en dibujos y planos para decretar en un plazo de tres años y medio si deben recibir una patente.

“Una patente debe cumplir tres requisitos esenciales: tener aplicación industrial, representar una novedad y cumplir con un rasgo determinante de inventiva”, dice el científico Leonardo Gómez Bautista, en una habitación amplia a la que se llega por el puente. En su computadora están abiertas tres ventanas con búsquedas de bases gigantescas de datos de Estados Unidos, Japón y Alemania. Se encarga de recibir las solicitudes que llegan al IMPI y detonar en el área de información tecnológica un rastreo que puede prolongarse años.

El director Margáin cuenta que antes la mayor parte de las solicitudes correspondía a las áreas de mecánica, química y farmacéutica. Advierte una variación importante en la orientación de las patentes en estos días.

“En años recientes hemos observado que los mexicanos están apuntando más hacia la innovación adaptativa, la construcción de modelos de utilidad que permiten encontrar nuevos usos a inventos ya existentes”. Uno de los campos más extensos es la industria aeronáutica mexicana, potenciada por desarrollos y adaptaciones en los años recientes.

Un ejemplo de modelo adaptativo partió de las exigencias en tareas de rescate en las fuerzas armadas. Un día en el que auxiliaba a una comunidad abatida por una tormenta, un soldado tuvo una idea: crear una escalera puente para rescatar personas atrapadas del otro lado de un río desbordado. Ingenieros de la Secretaría de la Defensa Nacional desarrollaron un prototipo y presentaron una solicitud de registro de innovación adaptativa ante el IMPI.

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