Especial Colosio: “¿Quién es?” “Es el próximo Presidente”

Mientras Luis Donaldo Colosio desayunaba con empresarios y caminaba por el Centro, Camacho Solís explicaba la difícil situación de Chiapas a senadores y diputados

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11/03/2014 05:41 Andrés Becerril
El 10 de marzo de hace 20 años Luis Donaldo Colosio caminó por Isabel la Católica y se dejó apapachar por la gente que le decía que ojalá cumpliera lo que estaba prometiendo en su campaña, hasta saludó a los boleros que le ofrecieron sus servicios. Antes, se había reunido con los integrantes de la STIRT y CTM.
El 10 de marzo de hace 20 años Luis Donaldo Colosio caminó por Isabel la Católica y se dejó apapachar por la gente que le decía que ojalá cumpliera lo que estaba prometiendo en su campaña, hasta saludó a los boleros que le ofrecieron sus servicios.

CIUDAD DE MÉXICO, 11 de marzo.- A Luis Donaldo Colosio le gustaba estar entre la gente. Por eso se dejaba fotografiar rodeado de personas, estrechando manos, dejándose abrazar por mujeres; a la gente le caía bien el sonorense, era popular.

Esta costumbre del candidato presidencial del PRI se confirmó en las publicaciones del 11 de marzo, cuando echó a caminar por la calle Isabel la Católica, en el Centro Histórico. Mientras que Manuel Camacho, quien se convirtió en su principal competidor, se reunía con legisladores de la comisión pluripartidistas para Chiapas para informales cómo iban las negociaciones.

Las actividades de Colosio, publicadas hoy hace 20 años, comenzaron con un desayuno con dirigentes y empresarios de la radio y televisión. En el Salón Los Reyes, del Casino Español, Luis Donaldo se empacó un plato con frutas, jugo de naranja y unos huevitos.

Ahí, en el Casino Español, el sonorense dijo que él y su partido rechazaban la incompetencia política y que no le temían a la competencia. Subrayó que para la competencia del 21 de agosto, el PRI busca los votos del convencimiento y reflexionados, y para ello trabaja bajo nuevas reglas, con una actitud diferente frente a la sociedad. Señaló que la comunicación ha jugado un papel muy importante en la evolución política del país, por lo cual se ha convertido en un elemento clave para el fortalecimiento de la libertad y la democracia.

“La información es un instrumento privilegiado para elegir, y será un elemento y un instrumento privilegiado que los mexicanos habremos de valorar mucho en esta elección de 1994”, dijo entonces el priista.

Al terminar, el candidato sorprendió a su equipo de seguridad cuando decidió caminar las siete cuadras que hay del Casino Español al Claustro de Sor Juana, sobre la calle Izazaga.

Los reporteros que marchaban junto a Colosio escucharon y así quedó publicado en los periódicos, la voz de un niño que le preguntó a su mamá “¿Quién es?” “Es el próximo Presidente”, dijo segura la mujer de lo que pasaría el 21 de agosto siguiente.

Los periodistas registraron en sus libretas las voces de la gente que asomaba la cabeza entre los locales y le decía que cumpliera lo que había estado prometiendo. Para simpatizar con la clientela de una lonchería, Colosio le dio unos tragos a un vaso con jugo de zanahoria recién hecho.

Los boleros ofrecían al paso del priista “¡Trapazo, trapazo!” Colosio se detuvo y saludó de mano a uno de esos hombres que se dedican al aseo del calzado, declinando el ofrecimiento con un diligente “No gracias, ahorita no”.

Mientras, Manuel Camacho hacía su luchita. Durante tres horas estuvo con senadores y diputados, explicando la situación que había en Chiapas después del diálogo con el EZLN en la Catedral de San Cristóbal de las Casas. El ex regente planteó a los legisladores que la situación en aquella entidad del sureste era difícil, pero que el gobernador Javier López Moreno hacía las cosas para que se fuera destensando la situación.

A Camacho, ese día también le ayudaron las declaraciones del candidato presidencial panista, Diego Fernández de Cevallos. El Jefe Diego se le fue encima a Colosio por haber criticado el programa hoy no circula del ex regente del Distrito Federal, que había puesto en marcha desde 1989.

Ese 11 de marzo de hace 20 años, en las páginas editoriales de Excélsior, Agustín Basave Benítez, amigo del candidato presidencial del PRI, escribió un artículo que tituló “6 de marzo: discurso reconfortante”.

Basave inició el texto con una pregunta: “¿Qué debe hacer un articulista cuando decide dedicar su espacio a comentar un buen discurso de su candidato a la Presidencia? ¿Qué puedo hacer yo al escribir sobre el discurso que pronunció Luis Donaldo Colosio el domingo pasado y que, en efecto, me pareció bueno? Tengo tres opciones. Una, elogiarlo, con el riesgo de que el lector me descalifique por parcial y no preste atención a mi análisis. Otra, criticarlo, con lo cual ganaría credibilidad, pero perdería honestidad intelectual. La tercera, finalmente, sería señalar sus características objetivas y explicar por qué las considero positivas. A esta última me atendré, a sabiendas de que no podré evitar por completo la desventaja de la primera.”

En un espacio arriba de Basave, ese día escribió Marco Antonio Aguilar Cortés, quien criticó a Colosio y su campaña presidencial. Reconoció que “la campaña que hasta el momento ha estado haciendo el candidato del PRI a la Presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio Murrieta, se percibe muy por debajo de las necesidades y de las expectativas que en el inicio del “destape” se generaron. “Para mejorar la campaña no se requiere más dinero, acaso ni siquiera de un esfuerzo mayor, sino de organizar mejor los recursos disponibles”.

El articulista se refería a que la mayoría de la gente no cree ni en los partidos ni en el proceso electoral, menos en las campañas de tipo tradicional.

Guillermo Knochenhauer escribió un artículo en el cual plantea lo siguiente: una apreciación casi unánime acerca del discurso de Luis Donaldo Colosio, del domingo 6 de marzo, es que él pintó su raya ante el presidente Carlos Salinas de Gortari y las políticas de su gobierno; creo que más bien, o principalmente, lo hizo ante un presidencialismo y un priismo que pervive en la arbitrariedad exacerbada, la última y terminal forma en que se lo permite su anacronismo.

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