¡Circo, maroma y clases!

Trabajan de equilibristas o malabaristas y pocas veces tienen tiempo de ir a la escuela, por ello Conafe les acerca un instructor para que los niños de las carpas no se queden sin educación

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23/02/2014 03:27 Lilian Hernández

CIUDAD DE MÉXICO, 23 de febrero.- El show y las clases se combinan en su mundo itinerante. Hacen acrobacias, consiguen risas de damas, caballeros y niños, viven de los aplausos y ese ritmo de la vida artística no les impide estudiar.

Cuando la magia del escenario desaparece de la carpa, una casa rodante es el salón de clases al que asisten 17 niños que forman parte de una comunidad circense que viaja por el Estado de México para llevar su espectáculo por diferentes municipios.

Los niños que viven en el Circo Odisseis han aprendido que las funciones pueden combinarse con las clases, de modo que los ensayos para las presentaciones no interrumpen las horas dedicadas al estudio, ni éste afecta la preparación para los malabares.

La vida artística en la que están envueltos les impide asistir a un plantel con domicilio fijo; sin embargo, la escuela llegó al circo para que esos niños ejerzan su derecho de tener una educación básica, por lo que de lunes a viernes portan sus uniformes grises con suéteres azules para presentarse a clases como cualquier otro alumno que va a un plantel fijo.

Su maestra Candy los acompaña en las giras. Ella viaja con sus alumnos para que no dejen de recibir clases, de modo que no sólo les da lecciones en un cámper, donde caben ocho bancas casi encimadas, un pequeño pizarrón y una mesita que simula ser el escritorio de la profesora, sino que también vive con la comunidad circense.

El Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) es el encargado de insertar maestros como Candelaria Ambrosio Germán en los circos que se trasladan por diferentes partes del país y que a través de jóvenes instructores logran que cientos de menores de edad no se queden en el analfabetismo.

La maestra Candy, como le dicen sus alumnos, es una de las instructoras que atiende a uno de los 106 circos que viajan por México y en los que viven alrededor de 500 niños, quienes derivado de la actividad artística de sus padres, se ven obligados a viajar con ellos y a vivir en casas rodantes.

Por su vida nómada, las clases no son como en una escuela tradicional. En el circo, los horarios deben empatar con las horas de ensayo para la función, de modo que es necesario adecuar el tiempo de escuela con el de la rutina artística.

En el circo tenemos a niños que tienen sus tiempos de ensayo y consideramos todo eso para los horarios de las clases, porque ellos tienen que prepararse para sus actos; trabajan y todo eso se considera. Aunque son los más grandes, porque los chicos apenas están preparándose para más adelante”, relató la profesora del Conafe.

Esa combinación no es fácil, pero, según la instructora, les da mayor disciplina a sus estudiantes, porque curiosamente quienes participan en las funciones son los alumnos más dedicados en clase, los que no se ausentan y los que respetan los horarios con mayor rigor.

En el Circo Odisseis atiende a 17 niños, desde preescolar hasta secundaria, por lo que su jornada laboral inicia a las 8:00 y concluye hasta las 17:00 horas, sin espacio para la comida, porque en esas nueve horas divide las clases para los niños de kínder, primaria y secundaria.

Pese a que sólo hace una pausa a las 11:00 horas para un almuerzo, Candelaria disfruta ser la maestra de los pequeños hijos de artistas, entre quienes algunos ya manifiestan sus dotes circenses y le han demostrado que, además del trapecio, el alambre, las telas y los malabares, también les gusta ir a la escuela.

Son desenvueltos y ordenados

Sus actuales alumnos son disciplinados, y considera que algo de eso se debe a la vida que llevan dentro del circo, donde día a día observan que sus papás se preparan para salir al escenario e incluso cuidan su alimentación para no subir de peso.

Por ello, son más desenvueltos en comparación con los alumnos que tuvo en una comunidad rural, pues aunque podría parecer que el circo les quita tiempo y que eso los distrae de sus clases, en realidad tener ensayos y dividir esa parte artística con el estudio los hace más ordenados y cumplidos.

Son un poco diferentes. En el circo son más abiertos; a lo mejor les gusta jugar más que uno que está en una comunidad alejada, pero suelen levantarse tarde y siento que a veces algunos se ausentan más aquí, porque ellos trabajan más los fines de semana, pero eso también hace más disciplinados a algunos de ellos”, comentó la instructora Candy.

Pero su labor de enseñar en un circo tiene un grado de complicación mayor, no sólo por darles clases en un cámper que se torna caluroso una vez que llega el mediodía, sino que además sus alumnos son originarios de distintos países y entidades, y ella debe tomarlo en cuenta para usar palabras que todos los niños puedan entender.

El trapecio es su pasión y la escuela la vía para su sueño

Melany, una de sus alumnas de secundaria, es argentina, presenta un número en el trapecio y cuenta que le gusta la escuela porque abre su panorama y puede leer acerca de circos.

Desde que están pequeños dicen que van a ser trapecistas o que quieren hacer otras cosas en el circo y sus papás los apoyan, por lo que se convierte en una tradición ser familias circenses”, contó la maestra.

Por su parte, la estudiante de Argentina relató que hace dos años llegaron a México, ella tenía sólo 12 años, y a esa edad ya había recorrido al menos cuatro países: “De Argentina ya casi no recuerdo nada, porque me fuí. Estuve de chica en Ecuador con los parientes de mi papá, de ahí mis hermanos fueron contratados en Perú y nos fuimos todos; de ahí nos regresamos de nuevo a Argentina, luego fuimos a Chile y de ahí nos venimos a México”, relató la trapecista de 14 años, quien abre la función de todos los viernes y sábados.

Aunque todavía no pierde completamente el miedo a las alturas, la joven artista circense dijo a Excélsior que le gustaría convertirse en una gran trapecista, porque “vi unos videos del Cirque Du Soleil (Circo del Sol) que mi hermano tiene y me llamó la atención el trapecio y empecé cuando iban a hacer una función de niños para el Día de las Madres y como veía que mi papá estaba haciendo el trapecio me hizo uno para mí”, recordó la adolescente.

Junto con sus cinco hermanos, sus papás y su perro, Melany lleva dos años viviendo en México, y lo que más le ha gustado es Acapulco y Teotihuacan. Lamenta que su vida de artistas circenses les impida quedarse en una casa “normal”.

Me gusta estar en el circo, porque viajamos y todo eso es divertido, porque uno conoce más cosas, lo malo es que te acostumbras a un lugar y de ahí te tienes que ir”, contó.

Ama los aplausos y las matemáticas

Entre los alumnos de Candy, Moisés, de ocho años, ya tiene su nombre artístico: se hace llamar El zancudo zacatecano, porque “así le decían a mi papá de chiquito y yo ahora lo uso en mis presentaciones”.

Su participación es breve: “Un señor me avienta y yo hago icarios, que son saltos y figuras en el aire”, explicó el niño artista circense, tras confesar que no le gusta leer porque cree que es aburrido, aunque sí le agrada sumar y restar.

“Toda mi vida quiero ser del circo”, exclamó, y contó que realmente su mayor satisfacción son los aplausos: “amo que me aplaudan”, porque eso lo inspira para dedicarse algún día al trapecio, pero “cuando sea grande, porque ahorita soy chiquito”, aunque también dijo que le gustaría ir a la universidad y estudiar ciencia.

Un payasito que a veces preferiría dormir

Luis Eduardo tiene seis años, es uno de los alumnos más desenvueltos de la maestra Candy y uno de los más participativos. Constantemente alza la mano para responder a las preguntas que hace la instructora y se impacienta cuando no le da la palabra.

Su nombre en el circo es Pipolín, un payasito que hace diferentes caritas y vuela en las piruetas que hace con ayuda de un adulto, también le da los globos al personaje de Scooby Doo y en ocasiones se mete al Transformer que maneja su papá para ver todos los botones que aprieta.

De grande quiere ser malabarista y aunque le gusta trabajar en el circo, confesó que a veces preferiría dormir.

Lo que me cae un poquillo mal es cuando trabajo de payaso y se hace de noche y luego tengo sueño. No me puedo dormir hasta que se acabe la función”, contó tras soltar una risa de travieso ligeramente apenado.

En la clase lo que más le gusta es recortar, pegar y dibujar y “lo que más me cae mal es la fecha porque todos los días tenemos que hacerla”.

Aunque ya sabe leer “un poco”, admitió que a veces se equivoca.

La maestra Candy relató que son alumnos más desenvueltos, pero ella busca que traten de pensar más allá de la vida circense, pues la vida afuera de las carpas también puede ofrecerles nuevas oportunidades para crecer y desempeñarse en algo que les gusta.

 

“Parece poco, pero es una gran tarea”

Si uno o cinco niños no reciben educación, entonces están siendo privados de su derecho y para disminuir ese problema, la directora del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), Carolina Viggiano, explicó que alrededor de 500 niños que viven y estudian en circos parece una cosa insignificante comparada con el resto de los millones de estudiantes de educación básica del país.

Pero si ese mínimo grupo de infantes no recibieran educación, se quedarían en el analfabetismo, debido a la vida itinerante que tienen dentro del circo, por lo que la labor de los instructores del consejo es una vía para abrirles las puertas a esos niños circenses.

En entrevista con Excélsior, la funcionaria comentó que el programa de circos tiene más de 15 años en operación, pero poco se conoce de sus grandes logros, aunque “lo más importante es que los niños tengan herramientas para que cuando tengan que tomar una decisión sobre qué van a hacer con su vida, a qué actividad productiva se van a dedicar, entonces ellos tengan opciones y no estén circunscritos a una limitación que las circunstancias les pudieron haber impuesto”, puntualizó.

Por tanto, consideró que la labor de los instructores es titánica, porque si ellos no fueran a los circos seguramente los niños de esos espacios no aprenderían nunca a leer ni a escribir o no podrían valorar la escuela como ahora pueden hacerlo.

Pero “no es suficiente con que aprendan a leer y escribir. Es necesario que ellos tengan otras habilidades para la vida y en ese sentido Conafe pone especial énfasis para que esos niños adquieran mayor seguridad para ir formándose e ir decidiendo su futuro”, aseveró.

Datos del Conafe indican que en el país hay 106 circos atendidos por profesores del consejo, en los que 500 niños reciben educación básica. La mayoría de esos circos están ubicados en el Estado de México, en Guanajuato y en Tamaulipas.

La funcionaria explicó que cada circo solicitante debe constituir su Asociación Promotora de Educación Comunitaria con adultos integrantes del circo y los horarios se adaptan al de cada circo, por lo que son muy diferentes en cada uno.

Ante la pregunta de qué pasaría si no existiera ese programa, Carolina Viggiano respondió que simplemente sería una tristeza que esos niños no tendrán el derecho a educarse y probablemente lo tendrían que hacer cuando crecieran mediante el INEA.

Pero si lo hacen a la edad adecuada, hay un aprendizaje más normal que les permitirá hasta estudiar alguna otra carrera o alguna otra profesión”, subrayó.

Independientemente de que esos niños quieran dedicarse a la actividad del circo, señaló que requieren tener como mínimo una educación básica para que, con ello, puedan o tengan la necesidad de continuar el bachillerato, por lo que llevarles la escuela al cámper “es una manera de ir asegurando que si la actividad del circo no es lo que ellos quieren hacer pueden tener otras opciones para la vida”, acotó.

Dijo que donde haya uno o dos niños, el Conafe buscará cómo llevarles la educación, porque de ello dependerá que salgan de la marginación que las circunstancias les imponen.

 

Su función: que aprendan los alumnos

Más allá del placer de admirar el lado artístico de algunos de los alumnos que participan en la función del circo, la mejor ovación para la maestra Candy es cuando ve que sus 17 alumnos aprenden lo que les enseña, cuando esos pequeños le demuestran que, de no saber leer o no entender las multiplicaciones, terminan haciéndolo muy bien y disfrutan la escuela-cámper.

El hogar de la instructora del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), Candelaria Ambrosio Germán, se reduce a un pequeño remolque, con frecuencia padece escasez de agua para tener una ducha diaria y come hasta que termina los tres turnos en que divide las clases de preescolar, primaria y secundaria.

Lo que más me gusta es que los niños puedan aprender. Cuando un niño que entra sin saber y ya sabe leer y sabe escribir, entonces me deja la sensación de que hice un buen trabajo”, compartió la profesora de 19 años.

Esa satisfacción aminora la melancolía que en ocasiones la invade por estar lejos de su familia, a la que trata de ver por lo menos una vez al mes, pero no es fácil porque “económicamente no me alcanza; entonces pues me he acostumbrado de no visitar tanto a mi familia, pero sí estar en contacto con ellos, a veces sí voy cada mes a verlos y siento que pasa mucho tiempo, pero estoy aquí en el circo y me he acostumbrado”.

Entrevistada mientras sus alumnos de preescolar recortaban de libros usados a los personajes que elegirían para contar una historieta, la profesora Candy, como la llaman los niños, contó a Excélsior que la jornada es larga porque inicia a las 8:00 horas con el primer grupo y concluye hasta las cinco de la tarde con los alumnos “más chiquitos”.

La joven originaria de San Juan del Río, Querétaro, es la única maestra para los estudiantes de kínder, primaria y secundaria que viven en los cámpers del Circo Odisseis.

Son 17 niños, a quienes divide en tres turnos para que los alumnos que participan en el espectáculo del circo tengan tiempo para sus ensayos.

El primer grupo inicia a las 8:00 horas. Empieza con algunos de secundaria y los de quinto y sexto de primaria, quienes terminan su jornada escolar a las 12:30 horas, es decir, cuatro horas de clases y 30 minutos de receso, lo cual es igual a una jornada en una primaria regular.

Sin embargo, para los jóvenes de secundaria el horario se reduce a la mitad de la jornada normal que deberían tener en ese nivel académico, pero no hay de otra…  En el circo sólo dan clases instructores del Conafe, porque los maestros que egresan de las escuelas normales no están contemplados en estos pequeños espacios itinerantes, porque rehúsan trabajar en ellos y sólo los jóvenes aceptan impartir esas clases con jornadas extenuantes por sólo mil pesos al mes para pagar con ello sus estudios.

Después de mediodía, la instructora Candelaria inicia las clases con los alumnos de primero a cuarto grado de primaria, para quienes la jornada escolar concluye a las 15:00 horas e inician las clases para los que cursan el preescolar, quienes sólo asisten dos horas diarias a la escuela.

Éste es el tercer año que Candy forma parte de los instructores del Conafe. Los dos anteriores estuvo en la ranchería Los Pintados, una comunidad aislada del municipio de San José del Rincón, Estado de México, donde fue maestra de primaria de 17 niños, a quienes les daba clase de las 9:00 a las 15:00 horas.

Ahora en el circo se ha convertido en una maestra nómada.

Se me hizo interesante ser instructora. Al principio no quería, pero una amiga me convenció y me empezó a gustar porque diario tenía que dar las clases, tenía que leer y preparar los materiales y eso me llena de mucho entusiasmo porque sé que lo que preparo lo voy a dar al día siguiente y pienso que a los niños les va a gustar”, relató la profesora.

Además de dar clases, Candelaria es también estudiante de ingeniería industrial en una universidad en línea incorporada a la SEP, licenciatura que cursa desde su computadora, aunque sólo puede hacerlo de noche y después de haber cumplido su labor docente, lo que le deja apenas dos o tres horas para ser la alumna de la Universidad Tecnológica Latinoamericana.

Después de programar las clases del siguiente día, preparo el material que van a trabajar los niños y a veces tomo un tiempo para leer cosas para mí o para continuar mis estudios”, explicó la universitaria, quien una vez que concluya su labor en Conafe  piensa ingresar en una institución de educación superior para terminar su carrera.

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