La vida después de Los Pinos

José Elías Romero Apis reflexiona sobre cómo los expresidentes añoran el poder. Analiza casos como el de Miguel Alemán Valdés, quien, a diferencia de la mayoría, supo adecuarse al cambio

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09/02/2014 02:59 José Elías Romero Apis*

A manera de prefacio

He pedido prestado el título de la obra más importante de John Milton porque me sirve para bautizar la situación existencial en la que suelen encontrarse aquellos que, en su pasado, detentaron el máximo poder político de sus naciones. Esto no es, desde luego, exclusivo de México. Así lo vivieron Charles De Gaulle, Winston Churchill o Richard Nixon. Y no me cabe duda de que así lo hubieran vivido aquellos presidentes que más gozaron del poder y que el destino les evitó el acíbar del desierto final. Me refiero a Abraham Lincoln, a Franklin Roosevelt y a John F. Kennedy.  No abordo este tema por primera ocasión. Hace algún tiempo, el director de Excélsior, Pascal Beltrán del Río, me encargó un artículo especial sobre los expresidentes mexicanos. La idea me entusiasmó de inmediato. Acepté la encomienda y lo escrito por mi pluma fue publicado en una serie los días 28, 29 y 30 de octubre de 2012, bajo el título de Teoremas y anécdotas del poder perdido. Así lo llamé porque había convenido con la Dirección que su contenido sería una mezcla reflexiva y anecdótica.

La bondad que le mostraron los lectores nos animó a confeccionar este artículo secuencial donde ahondáramos en lo dicho en ese entonces. Es por eso que, como en las series televisivas, para facilitar la comprensión de este actual reinserto algunas ideas básicas de aquel primero.

Aprovecho para reiterar mi inquietud de que mis palabras pudieran incomodar a los expresidentes que aún viven o a los familiares de los ya ausentes. Nada más alejado de mis intenciones. Tengo respeto, afecto y hasta agradecimiento por Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, Luis Echeverría, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari. A los demás, ni yo ni mi familia tenemos nada personal que reprocharles.  Así que ¡aquí vamos!

Para comenzar, recuerdo que alguien, con ingenio, ha bautizado con el nombre de “post imperium” a este padecimiento de la clase política que bien podría ser traducido como la “enfermedad del poder perdido”. Es una patología que, en mucho, puede ser comparada con una discapacidad sicosomática. Digo que es una disfunción síquica porque el enfermo es más imaginario que real. En verdad no está disminuido, pero él se siente lisiado, baldado y tullido.

Lo anterior encuentra una narración muy ejemplificativa en la novela de Luis Spota El primer día, que es el cuarto volumen de su famosa saga La costumbre del poder. La novela que refiero es el relato de la vida de un presidente el día que entregó el poder a su sucesor. Su desalineación consiste en que se da cuenta de que sus “amigos” ahora están buscando la cercanía con el nuevo mandatario. Que su escolta ahora es mínima e inferior. Que, incluso, ya no funcionan sus teléfonos de la “red-presidencial”.

El tema central es que, al regresar a su condición de normalidad, este expresidente la siente como una condición de inferioridad. Que, para él, quienes no son presidentes le resultan inferiores y ése es su primer día de la inferioridad insoportable en la que vivirá el resto de su vida.

Ya fuera de la novela, por si fuera poco, es usual que los expresidentes tengan que soportar los ataques de sus exgobernados, en ocasiones justificados y otras más tan solo injustos. Esto es paradójico. Por una parte, la incomodidad de cargar con un bagaje que acarrea críticas, chistes, calumnias, injurias y bajezas, mientras, por otra parte, añorar ese status que lo ha llevado a ser mal visto por los suyos.  

Esto me recuerda una frase, referida desde luego a un amorío y no a una presidencia, contenida en aquel famoso tango escrito por Carlos Gardel, en 1934, titulado Cuesta abajo, interpretado por muchos grandes artistas de este género musical.

 

Si arrastré por este mundo

la vergüenza de haber sido

y el dolor de ya no ser.”

 

En efecto, incómodo haber sido e incómodo ya no ser.

Por el enorme depósito de poder, ha dicho Giuseppe Amara que “la Presidencia no está diseñada para la salud mental”. Sin embargo, alguna deidad nos ha visto con misericordia porque  hasta ahora nos damos cabal cuenta de que, si bien algunos de nuestros presidentes tuvieron sus excentricidades o sus locuacidades, ninguno le imprimió al ejercicio de su descomunal poder ni las retorceduras de la locura ni las penumbras de la maldad ni los tintes de la crueldad. Con que uno solo de ellos, tan solo uno, se hubiere extraviado era suficiente para que el país entero se hubiere tiranizado o ensangrentado o fracturado.

En fin, el campo de observación de estas notas abarca lo que es la actual era constitucional mexicana. La que se ha dado bajo la regencia de la actual Constitución de 1917, con sus 97 años de vigencia. En ese tiempo han gobernado 21 presidentes. Aquí omitimos a Venustiano Carranza porque nunca fue expresidente, toda vez que fue asesinado todavía en ejercicio de la Presidencia. A Felipe Calderón, porque los apenas 14 meses de su post imperium no permiten, aún, una observación ni una valoración de su situación existencial. Y a Enrique Peña Nieto, quien está iniciando apenas su mandato y no sabemos si tiene el temperamento previsor de ir acomodando su futuro.

Así que veremos de Álvaro Obregón a Vicente Fox. En ellas hubo expresidencias que, arbitrariamente, he llamado largas porque han durado por lo menos tres sexenios, y cortas a las que no llegaron a esos 18 años. Por cierto que es muy pareja la numeralia en este aspecto. De esas 18 expresidencias, diez fueron largas y ocho fueron o aún son cortas, aunque las de Zedillo y Fox, hoy todavía entre las cortas, prometen largueza. La razón es muy sencilla. Casi todos los presidentes mexicanos fueron gobernantes muy jóvenes. De los que se ocupa esta nota, sólo cinco de ellos rebasaban los 50 años de edad cuando se inició su gestión presidencial.

La expresidencia más larga fue la de Emilio Portes Gil, que duró casi medio siglo. Le sigue Luis Echeverría, quien ya cumplió 38 años fuera de Los Pinos. Y Lázaro Cárdenas y Miguel Alemán alcanzaron los 30 años expresidenciales. Por el contrario, las hubo tan breves como la de Adolfo López Mateos, que no llegó a los cinco años, Gustavo Díaz Ordaz con ocho años y Manuel Ávila Camacho con nueve años. No cuento en esto los cuatro años expresidenciales de Álvaro Obregón por las razones que expongo más adelante.

Dejando a un lado el tiempo, hubo expresidencias muy interesantes y las hubo muy aburridas. Algunas muy vigorosas y otras muy frágiles. Algunas hasta atractivas, pero otras casi lastimosas. Hubo algunas muy raras y atípicas. Acerquémonos a ellas para verlas con mayor detalle.

Las atípicas expresidencias de Álvaro Obregón y de Plutarco Elías Calles

Cuesta mucho trabajo imaginar a Álvaro Obregón como ex presidente. La razón estriba en que, desde el primer día en que terminó su mandato y entregó el poder, se convirtió en candidato para la siguiente elección. Quizá por eso nunca sufrió las tristezas de la melancolía sino que gozó las alegrías de la esperanza. No se encerró ni se aisló. Por el contrario, como todo aspirante, se conectó con todos y en todas partes. Poco pensaba en su concluido periodo 20-24 sino que imaginaba su periodo 28-32 y los que le seguirían.

Porque Obregón y Calles, los dos hombres más fuertes del país, habían hecho un arreglo que repartiría el destino nacional. Se alternarían indefinidamente en la Presidencia de la República. La historia ha abundado mucho en esto y no es nuestro tema. Lo sintetizo en un famoso corrido, de esos que tratan de registrar los sucesos históricos de una época. En una parte decía así:

 

Obregón le dijo a Calles:

‘para el bien de la Nación

se alternarán los compadres’.

Y ellos son los generales

Elías Calles y Obregón.

Y si se opone un cabrón

se irá a vivir al panteón.

¡Viva la Revolución!

¡Viva la Constitución!

¡Sufragio efectivo, no reelección!

Firman: Calles y Obregón

 

Sin embargo, vale la pena reflexionar en algo. A pesar de su amistad personal, de su sociedad política y de su reparto nacional, ambos fueron respetuosos de su investidura. Durante la Presidencia-Calles, Álvaro Obregón se retrajo de los intereses presidenciales. No intervino, no asesoró, no insinuó. Incluso, retiró a los suyos para que Calles dispusiera de todas las posiciones de gobierno, no obstante que muchos callistas no le simpatizaban ni a todos ellos les gustaba Obregón.

Creo que en eso fueron particularmente cuidadosos. La razón la encuentro, precisamente, en la amistad. Cuando uno trabaja gubernamentalmente o se asocia políticamente con amigos debemos conducirnos con mayor esmero que con cualquier otro. Un error en el tacto, en la precisión o en la oportunidad no arriesga nada más nuestra “chamba” o nuestro “arreglo”. Arriesga algo mucho más valioso que aquello. Arriesga una amistad. El buen político trata a sus amigos como el buen cortador trata a las joyas. La trabaja para que incremente su valor. Pero sabe que un error la puede pulverizar.

Así fue Obregón como expresidente y, al mismo tiempo, candidato. La voz popular no podía ser más explícita. Sin embargo el hombre propone pero no siempre dispone. La pistola de José de León Toral consagró y consolidó el lema de la Revolución mexicana: No reelección. Pero, también, en ocasiones he pensado si, aun sin Toral, ¿la planeada alternancia hubiera sobrevivido? Tengo mis dudas. Trataré de explicarme con el mayor respeto, ante una personal hipótesis imaginaria.

Yo soy de los que creo, y hay muchos que me acompañan en esta creencia, que Álvaro Obregón era insaciable de poder y era insaciable de sangre. Le gustaba mandar y le gustaba matar. Ambos ejercicios no los hacía por obligación ineludible sino, además, por placer insustituible. Tarde o temprano, y yo creo que temprano, hubiera matado a Calles. Estoy seguro que, en esto, no me contradirían Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Francisco Villa, Francisco Serrano y otros 50 jefes revolucionarios asesinados por orden de Álvaro Obregón, ese “Aquiles mexicano” que nunca fue derrotado ni en la política ni en la guerra.

Ya que hablamos de expresidentes, aquí aprovecho para mencionar a Adolfo de la Huerta, inicialmente asociado de Obregón y Calles. Los tres, suscriptores del Plan de Agua Prieta mediante el cual desconocieron a Venustiano Carranza y lo llevaron a la muerte. En ese 1920, Adolfo de la Huerta se convirtió en Presidente provisional. Convocó a elecciones donde triunfó Obregón para el periodo 20-24, en el que lo invitaron como secretario de Hacienda y se le adivinaba como contrincante de Calles en la elección del 24. Pero “los compadres” no lo dejaron llegar. Alegaron que “ya le había tocado” y ahora el turno era de los otros dos. No lo mataron, pero lo excluyeron y lo exiliaron.

Fue a parar a California, donde vivió en la pobreza y se mantuvo dando clases de música y canto, sus materias como maestro rural que fue antes de la Revolución. Por cierto, dato curioso, en el exilio compuso la famosa canción Sonora querida”, bello canto de melancolía y añoranza que todavía inflama el espíritu de los sonorenses y el disfrute de quienes no lo somos.

Ya muerto Obregón y exiliado Calles, Lázaro Cárdenas le permitió el regreso. Se incorporó a algunos empleos públicos. Fue una expresidencia que duró 35 años por tan solo seis meses de mandato. Tuvo pobrezas, tristezas, recompensas y hasta investiduras. La llevó con dignidad y con respeto.

Junto con la de Obregón, la ex presidencia más atípica fue la de Plutarco Elías Calles. Paradójicamente, ella fue la más poderosa y la más débil de nuestra historia. Explico ese contraste de los dos extremos más distantes.

A la muerte de Obregón, Calles queda como el único “hombre fuerte” de la escena política mexicana. No buscó la prórroga de su mandato ante la ausencia del Presidente electo. Pero tampoco abandonó el poder. Como único “dueño-de-México” inventó un ingenioso enjuague. Asumió el título político honorario de Jefe Máximo de la Revolución Mexicana, creado solamente para él. Con ello, dispuso de todas la fichas del tablero. Puso cuatro presidentes de manera consecutiva, desde luego con todo y sus gabinetes. A tres de ellos los quitó cuando quiso. La voz popular, casi siempre cáustica, los bautizó como Pelele I, II, III y IV, respectivamente. Lo mismo hacía con generales, senadores, diputados, gobernadores y alcaldes.

Por derivación del nombre de su investidura, ese periodo histórico mexicano se conoce como “El Maximato”. De esa manera, detentó la expresidencia más poderosa que haya habido, durante los siete años que van desde 1928, en que terminó su mandato constitucional, hasta 1935 en que la suerte le jugó un mal pase.

En ese año, Lázaro Cárdenas ya no quiso ser Pelele IV. Rompió con él, lo hizo abandonar el país, destituyó a sus empleados, tomó sus propias decisiones e hizo su personal gobierno. Este tiempo, que va de 1935 hasta 1942, fueron los siete años de la presidencia más débil de la historia. Después regresa por un acuerdo presidencial de unidad revolucionaria y tres años después muere casi en soledad, sumando 17 años de expresidencia. Hoy reposa en el imponente Monumento de la Revolución pero, durante más de 30 años, durmió modestamente en una tumba del Panteón Civil de Dolores.

Las consecuencias políticas
de estos sucesos

Todo esto tuvo consecuencias en la vida política que proseguiría. Hay muchas prácticas crueles en el sistema y en el estilo político mexicano. Pero me atrevo a creer que la más despiadada consiste en la condición a la que son sometidos los expresidentes. El asunto comienza en el episodio histórico que acabamos de leer. El Maximato fue repudiado y, en consecuencia coherente, se inauguró una era en la que el expresidente debiera ser una fantasma sin poder, sin amigos, sin partido, sin voz, sin grupo y sin tema.

Esto llegó a ser puntualmente respetado durante el resto de la primera era presidencial priista. Pero debe tenerse en cuenta que era una regla del sistema y no una perturbación de la ingratitud del nuevo Presidente para con su antecesor. Si él mismo no quería someterse porque así se lo dictaban el corazón o la hombría, el propio sistema se lo demandaba de manera exigente.

Creo que Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, José López Portillo y Carlos Salinas de Gortari fueron particularmente amables y considerados con sus antecesores. Pero, cuando fue notoria su amabilidad, la clase política se inquietaba y pedía un cambio de rumbo en el estilo y en el comedimento del Presidente en turno.

Salinas de Gortari tuvo mucho cuidado con algo que preocupaba a Miguel de la Madrid. Éste había sido un perseguidor tenaz contra los amigos íntimos de López Portillo. Había encarcelado a Díaz Serrano, a Durazo y a otros más. De tal suerte que don Miguel llegó a su final presidencial con el temor de sufrir lo mismo, máxime que muchos de sus amigos estaban enemistados con Salinas.

Éste resolvió los posibles insomnios de su antecesor con una finura insuperable. Designó como Procurador de la República a un cercano amigo de De la Madrid. Le encargó que estuviera pendiente de él. Que lo visitara una vez por semana. Que comiera con él cuantas veces quisiera el expresidente. Y que, si se le contraponían las citas que tenía con De la Madrid con las que tenía con el Presidente, atendiera al expresidente y a Los Pinos le mandara un subprocurador. Pero que jamás le cancelara algo a Miguel de la Madrid. Alguna vez, don Henry tuvo que abandonar a Salinas en gira extranjera para venir a comer a la Casa del León Rojo, donde había sido requerido.

De estos dos episodios, nadie sabe y nadie supo. Me lo contó mi exjefe, Enrique Álvarez del Castillo.

Otros presidentes fueron más transparentes en su buen trato hacia el antecesor y su franqueza les acarreó el rezongo de la clase política.

Un caso fue el de Adolfo López Mateos, quien tuvo muchas atenciones para con Adolfo Ruiz Cortines, incluyendo que seis integrantes de su gabinete habían sido colaboradores de su antecesor. Los políticos inventaron el sarcástico chiste de llamar a la casa privada del expresidente como “los pinitos”. López Mateos registró el mensaje de la guasa y corrigió los rumbos de una manera elegante. A todos los siete expresidentes que entonces vivían los invitó a cargos públicos como si fuera un consejo de expresidentes. Siendo atento con todos ya no lo tacharían de obsecuente con uno de ellos.

El otro caso fue el de José López Portillo, muy caballeroso con Luis Echeverría y con los echeverristas. Empezaron las protestas. Gustavo Díaz Ordaz declaró, en una ronda de prensa, que estaba muy enfermo de la vista “porque veía dos presidentes”. López Portillo hizo declarar a un funcionario de su cercanía, Gustavo Carvajal, que quienes visitaran al expresidente “recibirían el beso del diablo”. La amenaza presidencial fue bien entendida y bien recibida.

Pero, en sentido inverso, también han existido ejemplos notables de antipatía entre el Presidente y el expresidente. Esto es un fenómeno que nos obliga a una reflexión, aunque ésta sea mínima y, para ello, recurriré a ejemplos anecdóticos.

Me contó Virgilio Andrade que, en cierta ocasión, algún despistado le preguntó a Adolfo Ruiz Cortines quién, entre él y Miguel Alemán, era mejor político. De inmediato contestó: “Esa pregunta ni se pregunta. El licenciado Alemán es uno de los mejores políticos que ha tenido México. Tan solo comparable con Juárez o con Carranza”. Aquí ya apuntaba cierta ironía, puesto que Ruiz Cortines sentía una íntima descalificación histórica hacia esos dos próceres.

Después de una breve pausa reinició. “El problema es que al licenciado Alemán lo distraen sus muchos negocios, sus muchas novias y sus muchos amigos. Yo, en cambio, como no tengo negocios ni novias ni amigos tan solo me dedico a la política en tiempo completo.”

Con esto se nota la acidez de los sentimientos hacia su antecesor. Pero, de allá para acá, también los había. Cuenta Francisco Cinta, secretario último que tuvo Alemán que, en cierta ocasión, se refirió a don Adolfo como “el señor Ruiz Cortines”, por lo que Alemán le corrigió: “No, Paco. No se dice el señor Ruiz Cortines sino el presidente Ruiz Cortines. Porque presidente sí lo fue, pero señor nunca lo ha sido”.

No es fácil el post imperium, aunque algunos supieron llevarlo bien. Miguel Alemán concluyó su gestión presidencial siendo todavía muy joven, recién cumplidos sus 50 años de edad. Sobrevivió 30 años como exmandatario. Pero no terminó solo. Conservó a muchos de sus amigos de siempre y los incrementó todos los días.

Y es que Miguel Alemán tenía la rara virtud de poder colocarse a la altura de las circunstancias. Lo mismo podía platicar, durante horas, con el presidente del país más poderoso del planeta que con una modesta ama de casa, con la seguridad de que a ambos les iba a prestar la misma atención, por la sencilla razón de que todo le resultaba interesante. Era un humanista universal que no se limitaba ni en fronteras ni en niveles ni en reductos.

El otro fue, indiscutiblemente, Adolfo López Mateos. Él tan solo sobrevivió poco más de cuatro años a su encargo, la mitad de ellos en estado de inconsciencia. López Mateos nunca “perdió el piso” porque se esforzó en ello con una férrea voluntad. 

Entre otras decisiones, nunca vivió en Los Pinos para conservar, aunque sea aferrándose a la materialidad de la casa familiar, la conciencia y la certeza de su personalísima individualidad. En su casa propia de San Jerónimo sería Adolfo hasta que muriera y, después de ello, también. En Los Pinos, al cabo casa ajena, sería otra cosa, desde luego transitoria y también impersonal. 

Por eso comía casi a diario en el restaurante. Por eso manejaba dos veces al día su automóvil propio. Por eso le gustaba regalar sus cosas y no las del erario: sus mancuernillas, sus plumas, sus relojes, sus pitilleras y sus encendedores, que se convertían en prendas invaluables para el obsequiado, aunque llevaran las iniciales de quien las regalaba.

Me contaba Humberto Romero que, cierto día, ya como ex presidente y ya muy avanzado su deterioro físico, llevó a López Mateos al estadio de futbol. Ocuparon unos buenos lugares, pero nada extraordinario. La importancia del encuentro hizo que asistiera el presidente Díaz Ordaz, quien se encontraba en el palco presidencial.

Es el caso que el locutor oficial anunció la presencia de Díaz Ordaz, a lo que el público respondió con una fuerte rechifla. Acto seguido mencionó la presencia del ex presidente López Mateos, y todo el público se puso de pie para aplaudirlo durante largo tiempo. Cuando terminó la ovación, López Mateos le susurró a Romero: “Caray, Humberto. Qué enorme daño me hice al venir”.

¡Qué bien conocía a su sucesor! A Díaz Ordaz no le gustaba López Mateos. No creo que por ingratitud ni por rencor. Me queda en claro que por envidia. Díaz Ordaz era muy inferior a López Mateos y, por si fuera poco, no soportaba que el pueblo venerara al mexiquense y lo odiara a él.

Calderón, un exmandatario en activo

El de Felipe Calderón es uno de los raros casos en el que un expresidente de la República decide continuar ocupando un lugar en la vida pública de México.

El 22 de enero pasado Excélsior publicó que el expresidente volvería a la escena pública con la puesta en marcha de la Fundación Desarrollo Humano Sustentable.

La nota informaba que antes de abandonar la residencia oficial de Los Pinos, en una cena privada el 6 de noviembre de 2012, acompañado de su esposa, Margarita Zavala; así como de su hermana Luisa María Calderón, secretarios de estado y legisladores, Felipe Calderón anticipó que encabezaría una fundación cuando dejara el cargo.

En aquel encuentro, Calderón Hinojosa expuso que reactivaría la Fundación Desarrollo Humano Sustentable, misma que mantuvo vigente del 4 julio de 2004 —dos meses después de haber renunciado como secretario de Energía en el sexenio de Vicente Fox— hasta el 27 de diciembre de 2005, cuando ésta entró en liquidación.

Al dejar Los Pinos, Calderón aceptó participar académicamente en la Universidad de Harvard, al menos por un año.

En noviembre de 2012 la Presidencia de la República confirmó que el mandatario se incorporaría a partir de enero de 2013 a los cursos en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy.

Mediante un comunicado se dijo que el ahora expresidente se convertiría en el primer participante invitado al Programa Angelopoulos de Líderes Públicos Globales, cuyo objetivo es albergar a líderes a escala internacional.

El decano de la Escuela John F. Kennedy, David Ellwood, aseguró que “El presidente Calderón es un ejemplo vivo de un servidor público dinámico y comprometido, que confrontó los mayores desafíos de México” por lo que “aportará su experiencia y conocimiento, que ayudará a informar e inspirar a los estudiantes y a la Facultad”, dijo Ellwod.

 

*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

w989298@prodigy.net.mx

twitter: @jeromeroapis

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