Excélsior en la Historia: La vida hace 50 años

José Elías Romero Apis realiza un recuento de los sucesos políticos, culturales y sociales que marcaron la historia en 1964.

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26/01/2014 06:00 José Elías Romero Apis

 

“El tiempo nunca es neutral. Siempre corre a favor o en contra.”

Marlis Alpher

 

Con el pase de abordar en mano

CIUDAD DE MÉXICO, 26 de enero.- De nueva cuenta estamos abordando la “máquina del tiempo” que nos brinda El Periódico de la Vida Nacional para pasear en un recorrido hacia el pasado. No es éste, desde luego, un ejercicio de melancolía sino, por el contrario, es un acondicionamiento de los orgullos de nuestro presente y de nuestro futuro, lo que nos permite ver con serenidad que nuestro mundo y nuestro país se han movido en este medio siglo.

En esta nuestra casa editorial no sólo tenemos internet, computadoras y rotativas. También tenemos nuestras “máquinas del tiempo”, tan eficientes como las que imaginaba Julio Verne. Pero las nuestras son reales y no imaginarias. Todo periódico importante y longevo tiene memoria, microscopio y telescopio. Requiere saber de lo que pasa, de lo que pasó y de lo que pasará. Por eso necesitamos tener vista, visión y videncia. Por eso también tenemos pluma, almanaque y tarot. Y en todo el mundo, solamente en muy pocas casas se manejan tan bien como en Excélsior.

El reloj siempre avanza sin retroceso. El tiempo nunca se detiene ni se altera. Funciona siempre y de la manera prevista. No se descompone ni perece. No requiere mantenimiento ni combustible ni motor. Es automático, independiente y autónomo a plenitud. Es invulnerable, ubicuo y eterno. El tiempo es, por excelencia, el sistema perfecto. Así, pues, abordemos y viajemos.

La contribución del pasado

El tiempo pretérito puede convertirse en un sólido asociado de nuestro presente y de nuestro futuro. El pasado nos enseña, nos previene, nos advierte, nos entrena y nos equipa. Éstas no son ideas mías sino de muchos más. Jacob Burckhardt, Benedetto Croce y Marlis Alpher han considerado que no existe historia pretérita sino que toda la historia es contemporánea, a partir de que ella es ejemplar y pedagógica.

Hay quienes piensan que el tiempo es una línea recta irrepetible. Que lo que ya fue no volverá a ser. Por el contrario, hay quienes creen que el tiempo es circular y, por lo tanto, recurrente. En eso reside una posibilidad didáctica. Porque, parafraseando a Confucio, podría decirse que son tres los principales métodos de aprendizaje de la humanidad.

El primero de ellos es la imitación. A este método se debe la enseñanza básica del comportamiento humano. En la escuela de la vida, la imitación es el preescolar y la primaria. El lenguaje, la idiosincrasia y la cultura primigenia son un producto esencial de la imitación. Éste es, además, el más sencillo de todos pero, por el contrario, es el menos eficiente para el aprendizaje de alto nivel. La imitación es muy formativa del comportamiento, pero muy poco ventajosa para el desarrollo del pensamiento. Por eso, el sabio, el héroe y el santo deben muy poco de su formación al ejercicio imitatorio.

El segundo método es el acierto, bien sea en su forma de  éxito o en su modalidad de victoria. En la escuela de la vida, el acierto es la secundaria y la preparatoria. Aprender en medio del éxito o de la victoria es un aprendizaje delicioso, tal como suele ser la dicha juvenil de la educación media. Es una enseñanza formativa, pero incompleta. El acierto casi nunca admite examen ni diagnóstico. Nike es una buena maestra pero, por desgracia, siempre termina engañada y confundida por Aristos. Por eso, casi siempre creemos que obtuvimos la victoria porque somos los mejores y ésa suele ser la única conclusión de nuestras tesinas de este ciclo pedagógico. Bella ensoñación, pero peligrosa.

El tercer método de aprendizaje es el error, bien sea en su forma de fracaso o de derrota. En la escuela de la vida, el error es la profesional y la postprofesional. Aprender del fracaso o de la derrota es un aprendizaje doloroso. Es, ésta, una enseñanza pesarosa pero provechosa. El error es muy buen maestro, pero muy caro. Brinda la enseñanza de fondo y la más completa. Con ella culmina lo que nos brindó la imitación y el acierto. Pero el precio de sus colegiaturas es muy alto en sufrimiento, en pérdida y hasta en vergüenza.

La enseñanza por el error no la percibieron Enrique Conrado Rébsamen ni Juan Enrique Pestalozzi ni María Montessori ni muchos de los grandes educadores del hombre. Acaso, medio la pergeñó Emmanuel Kant, pero sin mayor desarrollo. Por eso mi mejor deseo de que siempre nuestros errores, nuestras derrotas y nuestros fracasos sean un buen maestro. Caro, pero bueno. Bueno, aunque caro.

Esto último es importante porque el 64 fue un año de la era feliz. Por eso no es un año muy pedagógico. Lo que dio en disfrute no lo aportó en enseñanza. Era una época dorada. Una belle époque de los años más recientes. El mundo empezaba a ver el triunfo de la felicidad.

Sin embargo, hurgando en la memoria se pueden encontrar algunos famosos descalabros que enseñaron el camino del éxito. Aquí recuerdo uno de ellos, que se generó en ese año de 1964.

En las elecciones presidenciales de  Estados Unidos, Lyndon B. Johnson arrasó al candidato republicano, Barry Goldwater. Si el resultado hubiera sido futbolístico, habría sido como de 10-0, una verdadera goliza. Ello lo ha convertido, hasta la fecha, en la peor derrota electoral en la historia de ese país. Pero lo que seguía anunciaba un panorama más amargo.

Pocos años después ya se adivinaba la candidatura demócrata de Robert Kennedy, la cual se antojaba invencible. Los republicanos no tenían candidato. Repetir a Goldwater era impensable. Nelson Rockefeller no quería cargar el féretro de una derrota. Su orgullo y su linaje no se lo permitían. Era el “dueño” de Nueva York y su familia era “copropietaria” de Estados Unidos. Sólo había dos caminos posibles y ninguno era grato. El primero, prepararse para una segunda derrota catastrófica, lo cual sería el inicio de una declinación, quizá terminal, del Partido Republicano.

El segundo tampoco era prometedor. Postular a Richard Nixon quien, para entonces, se encontraba sumergido en la derrota, la soledad, el resentimiento, el abandono, la pereza, el alcohol, la pobreza y la depresión. Se dice que fue el propio Rockefeller quien se encargó de invitarlo y convencerlo. La invitación fue rechazada. Nixon alegó que lo que más odiaba en la vida era perder. Y ya había sufrido dos derrotas seguidas. Primero perdió la Presidencia y muchas voces, hasta la fecha, dicen que se la robaron. Después perdió hasta la gubernatura y muchas voces dicen que lo repudiaron. Rogó a su invitante que no lo embarcaran en una tercera y segura derrota.

Nelson sabía que necesitaban ese candidato no para ganar, lo cual era imposible, sino tan sólo para lograr una derrota honrosa y, desde allí, iniciar el camino de la reconstrucción partidaria. No podía refutar las razones de Nixon, pero recurrió a un argumento muy conocido por toda su familia: el dinero. Se cuenta que le ofreció una jugosísima y millonaria pensión vitalicia que no podía rechazarse.

Richard Milhous Nixon aceptó. Lo sacaron de su ático, lo bañaron, lo afeitaron, lo vistieron, lo perfumaron y lo postularon. Después, pasó lo que pasó. Asesinaron a Bob Kennedy. Los demócratas improvisaron la inútil candidatura de Hubert Humphrey y, de esa manera tan imprevisible, Nixon “entró caminando” a la Casa Blanca, como dirían los beisbolistas, y se convirtió en el 37º presidente de Estados Unidos.

Lo importante es que del fracaso de 1964 los republicanos obtuvieron la enseñanza suficiente para vencer a los demócratas en siete de las siguientes diez elecciones presidenciales. De nueva cuenta, el maestro fue caro, pero eficiente.

Pasando a un campo muy distinto, en materia de enfermedades se habían vencido la tuberculosis, la poliomielitis y la sífilis. Todavía sería larga la lucha contra el cáncer, la diabetes y la cardiopatía, pero por eso el éxito obtenido animaba al hombre. Poco sabía aún o no había bautizado al sida y al
Alzheimer. Por ese entonces era un tiempo feliz.

En materia de política, la felicidad avanzaba sin detenerse. Se había anatematizado la discriminación racial, se había remitido el colonialismo, se había encaminado la democracia. Se soñaba con que, muy pronto, todos los pueblos serían independientes, soberanos, republicanos, demócratas, liberales, igualitarios, equitativos y justos.

Desde luego, todavía había pobreza, “gorilatos”, espionaje, “guerra fría”, matanzas, magnicidios, intolerancias, odios, revanchas, venganzas y  rencores. Pero el éxito obtenido animaba al hombre y, por eso, era un tiempo feliz.

En materia de vida social, sucedían fuertes signos de liberación. En 1964 un grupo musical británico obtuvo su primer lugar de ventas, y no sólo eso. Sus canciones ocuparon todos los lugares del top five. “I want to hold your hand”, “Can´t buy me love”, “Twist and shout”, “She loves you” y “Please please me”. Ciertamente, ya el rock’n roll había sido un grito de liberación emergente. Pero Los Beatles alargaron el pelo, impusieron el vestuario y cambiaron el discurso musical.

Los vientos de liberación soplaban en todas direcciones. En un restirador británico, el crayón de Mary Quant dibujaba una falda femenina muy cortita. Cuando más larga, tan sólo debería llegar a 20 centímetros arriba de la rodilla. La propia autora la bautizó imponiéndole el mismo nombre del más pequeño auto de la marca inglesa Cooper. Su invento marcó deliciosamente a mi generación. Era favorecedora, era seductora y era encantadora. Todo ello, en muy diversos sentidos y acepciones.

También en los laboratorios había innovación, descubrimiento e invención. Se había inventado y comercializado la píldora anticonceptiva. La más importante liberación de la mujer. Su posibilidad de sexo sin temor al embarazo. Su verdadera igualdad sexual ante el hombre. Ésa fue la mitad de la liberación sexual de los sesenta. La otra mitad fue la remisión de las enfermedades venéreas que asolaron a la humanidad toda su historia. Del 64 al 84, que aparecieron los temores del sida, el hombre vivió 20 años, un solo instante en el millón de años de su existencia, sin el temor de contagios sexuales. Píldora y salud cambiaron el sexo mundial. 

La salud empezó a experimentar una guerra no comprensible entonces. En Estados Unidos, el secretario de Salud, Luther Leonidas Terry, hizo la primera declaración gubernamental contra el tabaco. La lucha se había iniciado. Nunca ha existido un ataque tan frontal contra un producto lícito y no prohibido.

En fin, el tiempo nos habla del 64 como un tiempo delicioso y, por lo tanto, seductor.

El tiempo en cada nación
y en cada pueblo

Los hombres y los pueblos gustan de ver hacia su tiempo, aunque no todos tienen la misma predilección. Existen algunas naciones, como Inglaterra e Italia, que guardan su ideal nacional en lo que fueron. Se regocijan más con su pasado que con su presente o con su futuro. De manera ineludible casi siempre piensan en el Imperio romano y en el Victoriano. No pueden olvidar que le dieron al mundo occidental desde su lengua hasta su visión de la vida.

Hay otras que, por el contrario, tienen un mayor disfrute con un ideal del porvenir que con lo que son o lo que han sido. La plenitud la encuentran en algo que todavía no llega, pero que se representa como una, también, ineludible e infalible grandeza nacional. Entre estas naciones me refiero a Francia y a Alemania.

Por último, hay algunas cuyo ideal se encuentra en lo que son en el presente, más allá de lo que sueñen para el porvenir o de lo que recuerden de su devenir. Aquí anoto a España y a Estados Unidos.

Debo aclarar que no siempre una misma nación mantiene instalado su ideal en el mismo nicho del tiempo. España es un buen ejemplo de ello. Hubo ciertas épocas en que su ideal y su orgullo se fincaron en lo que había sido. El gran imperio que no sólo descubrió y conquistó a la América sino que, además, la cristianizó, la moldeó y le supo fundar, a diferencia de sus vecinos europeos, una de las razas básicas del mundo actual.

Pero, más tarde, España se olvidó de su pasado y se ensoñó con un futuro imaginario y, quizá, hasta irrealizable. Llegaron los tiempos en que los españoles ya no querían ser españoles sino franceses o ingleses. Que su mente y su espíritu estaban en París o en Londres. Que todo lo de Francia o de Inglaterra era lo bueno y lo deseable, no lo de España.

Sin embargo, en los tiempos actuales España me brinda la impresión de ser una nación muy complacida con lo que es y no tan sólo con lo que recuerda ni con lo que sueña. No estoy diciendo, desde luego, que no tenga orgullos históricos y aspiraciones de mejoría, de progreso y de perfeccionamiento. Claro que todo ello lo tiene, y con suficiencia. Lo que digo es que hoy posee una identificación placentera con su realidad y que ahora sus modelos de ideal ya residen en Madrid, en Barcelona, en Vigo, en Santander, en Bilbao, en Oviedo y en Sevilla.

En esto se asemeja a Estados Unidos, país éste con una característica excepcional que, hace casi un siglo, fue anunciada por Ramiro de Maeztu. Dijo el pensador español que se trata del único país donde un gran ideal se realiza antes de que se haya concebido. Creo que tiene toda la razón. Para los norteamericanos el supremo ideal consiste en lo que ya son y no en lo que fueron ni en lo que serán. Por eso “el gran sueño americano” es un sueño para los extranjeros que inmigran pero, para los estadunidenses, el gran sueño es lo que están viviendo, no lo que recuerdan ni lo que esperan.

Por otra parte, creo que entre los latinoamericanos se presenta un mapa de ideales muy similar al que he reseñado de los europeos y norteamericanos. Se me ocurre que México es, en este sentido, como Francia y Alemania. Sueña más con un ideal futuro que con el pasado o con el presente. Me parece que Argentina sigue ensoñada con un pasado que ya se fue y que, quizá, nunca retornará. Un poco así les sucede a Inglaterra y a Italia. Por último, pienso que Brasil encuentra un enorme placer en su presente más que en otras coordenadas temporales. En esto se asemeja a los estadunidenses y a los españoles.

Esa forma de concebir la vida ideal ¿tendrá algo que decir en nuestro futuro nacional o será una mera disertación sin efectos prácticos reales?

El mundo en 1964

En el escenario de lo muy serio, en ese año se presentó el primer informe de la Comisión Warren. Este órgano gubernamental fue el encargado de realizar la investigación del asesinato del presidente John F. Kennedy, acontecido en Dallas en noviembre de 1963. Su nombre se debe a Earl Warren, prestigiado abogado texano que se desempeñó, también, como presidente de la Suprema Corte de  Estados Unidos.

En esos momentos, al igual que 50 años después, la opinión pública estaba muy instalada en la incredulidad sobre un asesino solitario. El presunto homicida, Lee Harvey Oswald, más parecía un menso que un sicario. Por si fuera poco, un par de días después del asesinato presidencial, Oswald fue muerto en los mismos sótanos de la policía, hasta donde pudo entrar un cantinero llamado Jack Rubi, para matarlo como si fuera un vengador de Kennedy.

Lo cierto es que una constante de la historia consiste en que los magnicidios siempre quedan envueltos en el enigma, en el imaginario, en la incredulidad y en la desconfianza. Por eso se ha dicho que las fantasías sobre el asesinato de Kennedy hicieron que se olvidaran las fantasías sobre el asesinato de Lincoln, sucedido casi 100 años antes.

Por otra parte, en el mundo Nobel, ese año a Jean-Paul Sartre correspondió el premio de Literatura, aunque lo rechazó, y Martin Luther King recibió el premio de la Paz. Con esto, King se convertiría en el hombre más joven en recibir la tan importante presea. Su vida había sido dedicada a la lucha contra la discriminación y la segregación racial que había asolado a Estados Unidos a lo largo de su historia. Poco después, en 1968, habría de morir asesinado a manos de un fanático racista, sin imaginar que exactamente 40 años después un hombre de su raza sería electo como Presidente de la nación.

En 1964, como suele suceder en el protocolo de clausura de los Juegos Olímpicos, ese año celebrados en Tokio, el regente capitalino mexicano, Ernesto P. Uruchurtu, recibió la bandera olímpica y, con ello, se inició en nuestro país un ciclo lleno de entusiasmo por ser nuestra capital la sede de los Juegos Olímpicos de 1968.

Se dice que Estados Unidos había utilizado su influencia en la organización olímpica mundial para realizar una cruzada de congraciamiento y de reencuentro con aquellos países con los que, alguna vez en su historia, había guerreado y a los que había vencido. Así que, “al hilo”, se decidieron las Olimpiadas celebradas en Roma 1960, Tokio 1964, México 1968 y Munich 1972. Si esto fue cierto o tan solo se trató de una “coincidencia” tan increíble, ello fue bueno para nosotros.

En un escenario más cercano a las amenidades, ese 64 la Ford Motor Company estrena el primer Mustang en la Expo Car. Por lo avanzado del año lo habría de bautizar como Mustang 64½. Nacieron bebés que se convertirían en actores y actrices muy famosos. Sandra Bullock, Russell Crowe, Nicholas Cage, Marisa Tomei y las mexicanas Yuri, Edith González y Érika Buenfil.

En la pantalla de cine se disfrutó My Fair Lady, Mary Poppins y Zorba el Griego. La televisión trajo una cauda de clásicos: Peyton Place, aquí llamada La caldera del diablo; Bewitched, Los Locos Addams, El Agente de CIPOL, Los Munsters y La isla de Gilligan.

En el campo cultural, los libros no tuvieron un gran año. Quizá lo más notable fue el drama After the Fall, Después de la caída, escrita por Arthur Miller y considerada como un retrato biográfico de Marilyn Monroe, quien había sido su esposa y había fallecido dos años antes, ya divorciados.

En México, ese año se inauguraron museos tan importantes y tan motivadores de nuestros orgullos como lo es el Museo Nacional de Antropología. También se inauguró el Museo de Historia Natural, en el mismo Bosque de Chapultepec. Ellos sustituirían a sus viejas casonas ubicadas, respectivamente, en las calles de Moneda y del Chopo.

La política en 1964

La política en esos tiempos tenía algo de grandiosa y hasta de majestuosa. Estoy convencido de que los jóvenes del presente han tenido que vivir una época de penumbra que hoy se presenta en todo el globo. Ello me ha provocado el pánico de presentir que pudieran llegar a considerar que el tamaño de los “grandes” hombres que hoy ven sea la dimensión máxima a la que pueden llegar los seres humanos. En otras palabras, que la medianía, la mediocridad o el enanismo son la escala constante y permanente de la humanidad.

Podría señalar ejemplos extranjeros para el efecto de no lastimar los sentimientos íntimos con las comparaciones nacionales, y así lo haré. Hoy los jóvenes, entre ellos mis hijos, ya han observado al ex presidente Bush. Pero tengo pavor de que lleguen a considerar que así han sido todos los presidentes norteamericanos. Peor aún, que pudieran llegar a creer que así debieran ser. Ello me alarma porque yo gocé de muchas venturas de las que ellos han carecido.

Cuando yo era niño, el presidente de Estados Unidos se llamaba Dwight Eisenhower o John F. Kennedy. Se dirá que eso no es mucho, pero todos estaríamos de acuerdo que eso presenta un contraste que no es menor.

Más tarde, durante mi adolescencia pude observar al propio Kennedy lleno de polémicas, pero todas ellas acusando grandeza. Ya en mi vida de estudiante de abogacía tendría el privilegio de observar al presidente Richard Nixon. Pero en otras latitudes, todavía en esa mi adolescencia, acontecía algo similar. El líder británico se llamaba Harold MacMillan y todavía Winston Churchill dictaba conferencias y situaba proclamas. El alemán era, ni más ni menos, Konrad Adenauer. Y los jóvenes podíamos leer en los periódicos o ver en los noticieros lo que ese día hizo o dijo el presidente francés Charles De Gaulle.

Apenas contaba con mis primeros siete años de edad cuando el rais Gamal Abdel Nasser nacionalizó en Canal de Suez. Once años tenía cuando, en el primer debate electoral, se enfrentaron Richard Nixon y John Kennedy. Y un par de años después, Nikita Kruschev arremetía, zapato en mano, desde la tribuna de la ONU, por cierto destituido en el 64. Pero además, en ese mismo tiempo, China estaba cogobernada por Mao Tse Tung y Zhou Enlai. La India era conducida por Jawarharlal Nehru, también, por cierto, fallecido en el 64. Y la América Latina contaba con hombres de la talla de Adolfo López Mateos.

Ése fue el tamaño de los hombres que la vida me acostumbró a ver y a analizar. Durante mi infancia pude saber quién era realmente John Foster Dulles antes de descubrir quién era realmente Santa Claus. En la casa paterna fui un niño que saludó, más de una vez, a Fidel Castro. Y allí también, en varias ocasiones, ese niño que era yo jugó a las adivinanzas y a los acertijos con un joven médico argentino que, muy poco tiempo después, todo el mundo lo conocería como el Comandante Che Guevara. Por cierto, en el 64 saldría de Cuba para internacionalizar su revolución y para encontrar la muerte.

Porque, más allá de nuestros credos personales, ésas fueron las dimensiones colosales de nuestra vivencia. Es por eso que, a muchos hombres y mujeres de mi generación, casi nadie nos puede asombrar ni nos puede deslumbrar. Hemos visto lo transitorio del poder político. Hemos conocido lo relativo del poder económico. Hemos sabido de la impostura de los gobernantes, o de los potentados, o de los afamados cuando no son grandiosos sino cuando, simplemente, son grandotes.

Y es allí de donde mis temores se han convertido en terrores. Porque no quisiera que los jóvenes de ningún pueblo de la Tierra pero, mucho menos que ninguno, los jóvenes de mi país se acostumbraran a la medianía de su cotidianidad.

El tiempo histórico no es línea recta ni la vida tiene palabra de honor. Casi siempre promete, pero no necesariamente nos cumple. Por eso todos los pueblos han tenido que alternar sus momentos luminosos con aquellos de penumbra. Ésa es la verdadera alternancia del poder. Que en ocasiones se deposita y se enaltece en las manos de los gigantes mientras que, en otras, se refugia y se asila en las manitas de los enanos.

En 1960, decíamos, los norteamericanos tuvieron que afrontar la dificultad de elegir entre dos hombres de gran formato, como lo fueron Nixon y Kennedy. Pero tan solo cuatro años después, no 20 sino tan solo cuatro años, en ese 1964 que hoy nos convoca, ese noble pueblo tuvo que acudir a las urnas para soportar el dolor de tener que elegir entre Johnson y Goldwater. Pero, además del dolor, el de sufrir la humillación de la vergüenza, porque si ésos eran sus candidatos fue en virtud de que no había más de donde sacarlos. El verdadero fondo del drama es que, en ese oscuro momento de su historia, ésos eran sus mejores hombres.

Así es la inconstancia de la historia. Así es la veleidosidad del destino, el cual en ocasiones se nos brinda con generosidad y a manos llenas mientras que, en otras, nos regatea sus favores y se nos vuelve miserable. Porque todos los pueblos, sin excepción alguna, han transitado por ambos pasajes. El de la luz y el esplendor, así como el de la sombra y la tiniebla.

Por eso digo que las generaciones privilegiadas tenemos una ineludible obligación. La de mostrar que los seres humanos somos una especie gigantesca y no pigmea. Que así como el horizonte está en nuestros ojos y no en la realidad, la estatura de nuestros congéneres puede llegar a retrodeterminar la nuestra propia. Y que gracias a la costumbre de convivir junto al gran formato, los hombres comunes podemos sobrellevar nuestra propia insignificancia sin el peligro de llegar a ser aplastados por alguien de una talla simplemente mediana.

México en 1964

El México del 64, como una buena parte del mundo, se encontraba en el éxtasis de la felicidad. Desde la década de los cuarenta se había iniciado una constante de mejoría y desarrollo. La guerra y la posguerra habían acarreado una buena cauda de beneficios económicos que se prorrogarían hasta 1971. Las guerras civiles habían concluido y todavía faltaban años para nuestras crisis políticas. México se había insertado en el concierto internacional con orgullo, dignidad y beneplácito.

Concluía el luminoso periodo presidencial de Adolfo López Mateos, quien contó con figuras hoy legendarias como Antonio Ortiz Mena, Javier Barros Sierra, Jaime Torres Bodet, Ernesto P. Uruchurtu, Walter C. Buchanan y Salomón González Blanco, entre muchos otros.

Pero, en el fondo de lo político, lo más importante es ubicar a los hombres de ese tiempo. Cada pueblo y cada  generación tienen que descubrir y descifrar su propio destino. El destino de cada generación contiene códigos cuyo desciframiento no siempre es de fácil explicación. 

Existen retos ineludibles para cada generación. El tránsito generacional se ha complicado. Los mexicanos de nuestra generación hemos vivido bajo sistemas políticos, económicos, sociales y culturales diseñados por nuestros padres y por nuestros abuelos.  Éstos eran los gobernantes en 1964. Es decir, por los mexicanos que ya no viven.

Decía José Ortega y Gasset que hay generaciones a las que les toca ser precursoras, diseñar su escenario, imaginar su entorno, fundar el futuro. A otras les toca ser herederas. Capitalizar el logro fundacional. Engrandecerlo y ennoblecerlo. En síntesis, consolidarlo.

Pero nuestros sistemas requieren hoy, desde luego, reconversión, revisión e ineludible transformación. Ése es el desafío generacional mexicano. Los que, de nuestra generación, vivan en 2030 ya no estaremos al mando. Serán nuestros hijos los responsables de la conducción y administración de nuestro poder, de nuestro tener y, quizá, de nuestro saber.

La generación de mexicanos que hoy tienen entre 40 y 65 años de edad se encuentra al mando de la nación. Salvo algunos cuantos un poco mayores o un poco menores esta generación tripula los centros neurálgicos del poder de la nación. Maneja la Presidencia, el Congreso, las gubernaturas, los partidos políticos, los poderes estatales, los medios de comunicación, la banca, la empresa, la educación, la Iglesia, las fuerzas armadas, la diplomacia, la procuración, la justicia, la ciencia, la tecnología y podría decirse que hasta la mafia.

Pero ésta, la mía, no es una generación transformadora. Las razones son múltiples, pero me conformo con la siguiente: somos mexicanos que hemos vivido la mayor parte de la vida en medio de las crisis.

Tratemos de fijar la cronometría de las crisis mexicanas. Yo diría que en lo político comenzaron en 1968 y en lo económico se iniciaron en 1971. En ese entonces los mexicanos más viejos de mi generación tenían 20 años de edad y a los más jóvenes les faltaban cinco años para nacer. Esos mexicanos tuvimos que esforzarnos por preservar lo que habían edificado nuestros antecesores, y lo hemos sorteado bien. Pero no es fácil exigirles a los mismos individuos la versatilidad necesaria para ser grandes preservadores y, al mismo tiempo, grandes transformadores.

Mi generación logró que el país no se nos deshiciera en 35 años consecutivos de crisis políticas, económicas y sociales que hubieren detonado en mil pedazos a muchos países o, incluso, a muchas potencias. Ése es un mérito generacional mayor.

Pero tenemos que estar conscientes de que nuestra generación no hubiera fundado un Seguro Social ni un ISSSTE. No hubiera expropiado el petróleo. No hubiera construido la Ciudad Universitaria ni Tlatelolco ni el gran sistema hidroeléctrico. No hubiera fundado los grandes partidos políticos nacionales. Por eso es ingenuo pensar que los cambios estructurales los podemos hacer de manera fácil. Por el contrario, lograrlos han sido esfuerzos mayores.

Una generación con gran capacidad consolidadora, que no ha inventado nada, pero que ha protegido todo, será sucedida por una generación que, ineludiblemente, estará obligada a ser refundadora.

La Reforma del Estado, la fiscal, la agropecuaria, la industrial, la asistencial y quizá hasta la laboral tendrán que esperar hasta la próxima generación. No necesariamente en lo formal. La modificación legal puede ser repentina. Pero en lo esencial los tiempos políticos no se miden por sexenios ni por periodos congresionales sino por generaciones y, en ocasiones, por eras.

Por último menciono la creatividad de aquellas generaciones gobernantes de entonces, como cualidad esencial del gran político o verdadero hombre de Estado. En ocasiones los políticos creativos dan la impresión de ser niños jugando a que gobiernan. A ver, vamos a hacer una ciudad universitaria y la hacían. A ver, ahora vamos a fundar un Seguro Social. Y lo fundaban. A ver, que tal si ahora nacionalizamos la industria eléctrica. Y lo llevaban a cabo.

En cierta ocasión, un par de políticos regresaba de una comida en Las Lomas con rumbo a sus oficinas en el Centro Histórico. Al pasar por los terrenos de Chapultepec y del Campo Marte se les ocurrió. “Vamos a hacer aquí, en pleno Reforma, un gran anfiteatro porque no lo tenemos y lo necesitamos. Y, para que luzca hasta en su nombre, le llamaremos Auditorio Nacional”. Y lo hicieron, y no se ha repetido en ya 60 años. Fue una “puntada” de sobremesa que hemos disfrutado los mexicanos.  

Tenía razón Ortega y Gasset. El verdadero político no se contenta con pensar y con hablar. Tiene el frenesí de la creación. Hace y hace. Construye y construye. Realiza y realiza. Es ejecutor sin descanso. Como el pintor, el músico o el escritor que no duerme, no come y no se cansa. No bien termina una obra cuando ya está iniciando la otra. Son muy positivos para sus pueblos y para sus naciones. Son sus verdaderos artífices y son los que determinan su verdadero destino.

Pero, además de su creatividad, es notable la aparente facilidad con la que hacen sus realizaciones. Se creería que nada les cuesta trabajo. Saben para lo que es el poder y cómo debe llevarse. Y lo llevan muy bien. Se mueven con él como si fuera un traje a la medida o, más aún, como se lleva la piel. Hacia donde se mueven, el poder va con ellos. Estos hombres pueden ser comparados con aquellos patinadores, bailarines o acróbatas que realizan sus rutinas como si fuera muy sencillo. Provocan el deseo de imitarlos suponiendo que cualquiera podrá hacerlo igual.

En algunas ocasiones esos artistas de magistral destreza hacen necesario que el público ingenuo quede advertido de no intentar ninguna emulación porque podría resultar en una fatalidad. Quizá la política debiera disponer de cautelas similares. Explicar a todos los cretinos que quieren meterse a gobernar, suponiendo que ello es muy fácil, que en el intento pueden llegar al desastre o pueden llevar a sus pueblos a los terrenos de la catástrofe.

Aterrizando en el presente

Ha llegado el momento de aterrizar en el presente. La realidad es dura y obliga a utilizar el cinturón de seguridad. Pero, también, brinda la delicia de regresar a casa. Porque, no nos escapemos. Nuestra única casa es el presente. Vivir en ella puede ser difícil, pero no hay otra. Como toda casa nuestra, disfrutémosla, reparémosla, adornémosla, mejorémosla y, sobre todo, amémosla. Si se descompone, hay que componerla. Si peligra, hay que salvarla. Si ya no sirve, hay que mejorarla. Libremos su hipoteca. Paguemos sus prediales. Cuidemos su jardín. Así viviremos mejor.

La máquina del tiempo ya llegó a su destino. Las compuertas de la realidad ya están abiertas y ya podemos salir. Y, como suelen decir las sobrecargos de aviación: “Esperamos que hayan disfrutado y que vuelvan a viajar con nosotros”.

 

*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A.C.

w989298@prodigy.net.mx

twitter: @jeromeroapis

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