20 años: EZLN guerrilla de ideas

Este 1 de enero se cumplen 20 años de la insurrección indígena en Chiapas. Si bien el conflicto armado sólo duró 12 días, las causas que lo originaron siguen aún vigentes

COMPARTIR 
29/12/2013 05:55 Andrés Becerril

CIUDAD DE MÉXICO, 29 de diciembre.- El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) emergió desde la profundidad de la pobreza indígena del estado de Chiapas hace 20 años. El 1 de enero de 1994, el grupo armado declaró la guerra en contra del gobierno y el Ejército federales, decisión tomada por los jefes políticos y militares zapatistas 50 semanas atrás.

Después de 12 días de sangrientos combates y el cese al fuego unilateral decretado por el gobierno de México, anunciado el 12 de enero de 1994, el levantamiento armado ha pasado en estas dos décadas por una serie de encuentros y desencuentros y por diversas iniciativas políticas del grupo armado.

Estas iniciativas comenzaron con la liberación del ex gobernador Absalón Castellanos, el 16 de febrero de 1994, que fue tomado como prisionero de guerra el día del levantamiento; se realizó el diálogo en la catedral de San Cristóbal de las Casas, entre el 21 de febrero y el 3 de marzo de 1994; la consulta de los acuerdos de la catedral (marzo-mayo 1994) y la creación de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), el 8 de julio de 1994.

Luego vino la Convención Nacional Democrática, primera iniciativa rebelde para transitar por la vía política en el Aguascalientes de Guadalupe Tepeyac (agosto de 1994); el rompimiento de un cerco militar para proclamar la autonomía en 38 municipios (19 de diciembre de 1994), que fue el primer paso para conseguir la autonomía que actualmente opera a través de las Juntas de Buen Gobierno.

La persecución policiaca de los principales líderes zapatistas (9 de febrero de 1995) a través de la Fuerza de Tarea Arco Iris, desplegada por el Ejército federal en los territorios llamados de influencia zapatistas fue otro momento importante del proceso; ese hecho desencadenó la promulgación de la Ley de Concordia y Pacificación y la creación de la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa) del 11 de marzo de 1995 en el Congreso de la Unión.

Pasó el acuerdo entre el gobierno federal y el EZLN para la negociación conocida como Mesa de San Miguel (5-9 de abril de 1995); la discusión de la agenda, los llamados Acuerdos de San Andrés y la firma de una mesa, sobre derechos y cultura indígena, ocurrida el 16 de febrero de 1996; la promesa zapatista a la Cocopa (noviembre de 1996) para firmar un protocolo de paz en marzo de 1997 y el rechazo del gobierno federal.

La matanza de Acteal (22 de diciembre de 1997); la creación del Frente Zapatista de Liberación Nacional (enero de 1998), que buscaba ser el brazo político del grupo armado; la iniciativa de reformas constitucionales en materia indígena (febrero de 2001);  la marcha zapatista desde Chiapas a la Ciudad de México, entre el 25 de febrero y el 5 de abril de 2001, que incluyó la presencia de los rebeldes en el Congreso de la Unión; la suspensión de contacto del EZLN con el gobierno federal y los partidos políticos (19 de julio de 2003); creación de las Juntas de Buen Gobierno (agosto de 2003), la forma zapatista de autogobernarse, y en noviembre de 2005, la disolución del Frente Zapatista de Liberación Nacional.

El icono de la insurrección

“Enero de 1994 recordó la existencia del México del sótano que acumula tradiciones y miseria. Miles de indígenas armados de verdad y fuego, de vergüenza y dignidad, sacudieron al país del dulce sueño de la modernidad. ‘¡Ya basta!’ grita su voz, basta de sueños, basta de pesadillas...”, escribió en noviembre de 1994 el subcomandante insurgente Marcos.

Desde el inicio del levantamiento, Marcos, el jefe militar del EZLN, se convirtió en el vocero del movimiento. También ha sido su símbolo. Su estilo para redactar comunicados, su humor negro e ironía ganó muchos adeptos y le dio la vuelta al mundo. El 9 de febrero de 1995, el entonces presidente Ernesto Zedillo identificó al líder zapatista como Rafael Sebastián Guillén Vicente. De lo cual, fiel a su costumbre, Marcos se burló.

La situación de marginación económica, política y social en la que han subsistido los pueblos indios en Chiapas fue el factor clave para el levantamiento armado. La decisión de ir a la guerra se dio ponderando la divergente correlación de fuerzas entre los zapatistas y las fuerzas federales.

En una de las cientos de asambleas que durante 1993 realizaron los pueblos zapatistas en absoluta clandestinidad para saber si habría o no guerra, una de las actas de la época dice: “No estamos de acuerdo que nuestro país se venda al extranjero; como quiera morir de hambre pasa... pero lo que no pasa es que en este país mande otro que no sea un mexicano. Por lo tanto tenemos que empezar a pelear...”

A principios de 1993, en las comunidades de la Selva Lacandona, Los Altos y el Norte de Chiapas había efervescencia social. La gente estaba inquieta por la inminencia de un estallido armado.

Los jefes más radicales del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del EZLN estaban en favor de que los ataques comenzaran durante la primera semana de febrero siguiente.

El gobierno desdeñó el movimiento

“A mí me aventaron la papa caliente”, recordó Marcos en algunos de los textos que escribió para recordar cómo fue el mecanismo para votar el levantamiento del 1 de enero de hace 20 años.

“Tú tienes que obedecer, y tienes que buscar cuándo conviene más, o cuándo no nos puede ir tan mal...”, le ordenó la dirigencia indígena a Marcos.

“A mí me dijeron: ‘ya vamos a empezar, ya no vamos esperar más. Te vienes con nosotros o te quedas’. Me dieron a escoger, y escogí”, recordó.

Desde aquellas fechas, Marcos tuvo la tarea de analizar cuál era el momento más propicio para la irrupción del EZLN en la vida pública de México; cuál el tiempo más adecuado para el movimiento guerrillero, que para entonces los sistemas de inteligencia del país ya tenían en su radar, aunque lo habían minimizado.

Hubo reportes de que el presidente Carlos Salinas de Gortari lo sabía. Que Luis Donaldo Colosio, secretario de Desarrollo Social y a la postre candidato presidencial del PRI, también conocía los planes. De hecho, el inicio de la gira presidencial iba a ser en Guadalupe Tepeyac, sede de la comandancia del EZLN, sitio donde fue retenido el ex gobernador Absalón Castellanos Domínguez.

Uno de las objetivos que se plantearon los jefes zapatistas para el levantamiento era que las autoridades no tuvieran ningún elemento que pudiera desacreditar a los rebeldes o que desvirtuara su lucha vinculándolos con narcotraficantes o terroristas. Aun así se llegó a decir que el EZLN era un grupo extremista bien entrenado, con armas rusas, británicas y estadunidenses.

La idea era que la acción subversiva fuera impecable y con eco en las ciudades y no en el campo, “porque entonces hubiera estado condenada al fracaso y al olvido”, consideró Marcos.

Luego de diez años de preparación política y militar en la profundidad de la Selva —el EZLN se fundó en 1984— y la refriega entre efectivos del Ejército federal y zapatistas en la Sierra de Corralchén en mayo de 1993, reconstruida por el periodista Elio Henríquez, de La Jornada, aceleraban aún más los preparativos para la irrupción pública.

A principios de noviembre de 1993 estaban listos. “Teníamos todo detallado desde un mes antes. Ya sabía cada fuerza dónde le tocaba llegar y qué hacer...”, recordó Marcos, aunque aún no sabía con certeza la fecha exacta de su “¡Ya Basta!”.

De la misma manera subrepticia, en las montañas del sureste mexicano se gestó, organizó y creció el EZLN; por aquel tiempo comenzaron a circular distintos escritos guerrilleros, como El Despertador Mexicano —órgano informativo rebelde, en donde se hacían del conocimiento público las Leyes Revolucionarias—, y el pliego de la Primera Declaración de La Selva Lacandona, que contiene sus 11 primeras demandas y la proclama de guerra en contra del gobierno y Ejército federales.

Sobre este hecho, Marcos alguna vez contó:

“Pensábamos hacerlo el 28 de diciembre. Yo dije que cuando los federales hablaran, o cualquiera hablara y dijera ‘se está moviendo gente armada’, pues nadie les iba a creer, pues es el Día de los Inocentes, y el 29 les íbamos a caer”.

La orden para el inicio de la rebelión indígena en las comunidades tzotziles, tzeltales, choles y tojolabales se tuvo en el momento preciso.

“Vamos a comenzar a las cero horas del 31 de diciembre, con los cohetes del año nuevo...”, fue el mensaje que se fue propalando ejido por ejido, comunidad tras comunidad y de pueblo en pueblo.

“La toma de San Cristóbal fue un poema”

En la víspera del 1 de enero de 1994, recta final del sexenio de Carlos Salinas de Gortari y fecha de entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, prácticamente en todo el país había un ambiente tranquilo, aunque en varias partes de Chiapas se ultimaban los detalles para el levantamiento.

Aquellos momentos de tensión, presión y profunda tristeza fueron documentados por el subcomandante Marcos así:

“Otra noche, otra lluvia. 30 de diciembre de 1993. Las últimas tropas inician su marcha para tomar posición. Un camión se atasca en el lodazal. Los combatientes empujan para sacarlo. El Viejo Antonio se me acerca con un cigarro apagado en la boca. Se lo enciendo y enciendo la pipa con la cazuela boca abajo, técnica que inventé a fuerza de lluvias. ‘¿Cuándo?’, pregunta El Viejo Antonio. ‘Mañana’, respondo y agrego: ‘Si llegamos a tiempo...’ ‘Hace frío...’, dice él y se cierra la vieja chamarra.

“Mmmh, respondo. Forja otro cigarro mientras me dice: ‘Necesita algo de luz y calor esta noche’. Le sonrió mientras le muestro el pasamontañas negro. Lo toma en sus manos, lo examina, me lo devuelve ‘¿Y el tizón?’, pregunta, ‘Se hizo fuego esa noche... no quedó nada’, le digo apenado.

“Así es de por sí, dice El Viejo Antonio con la voz quebrada. ‘Morir para vivir’, dice y me da un abrazo. Se pasa la manga por los ojos y murmura ‘Llueve mucho, ya me mojé hasta los ojos’. El camión se desatascó y me llaman, volteo a despedirme de El Viejo Antonio. Ya no estaba...”

Con la fecha, y la hora decretada por los jefes zapatistas, los cohetes del fin de año, la llegada del nuevo y la guerra llegaron a Chiapas hace 20 años. De manera casi simultánea las fuerzas zapatistas se apoderaron de siete poblaciones chiapanecas, San Cristóbal de las Casas  —la tercera ciudad en importancia de Chiapas—, entre ellas.

Con orgullo por las acciones militares desplegadas en el amanecer primermundista del TLCAN, que dijo Marcos alguna vez aprendieron en “manualitos” castrenses de la Secretaría de la Defensa Nacional y otro del ejército estadunidense, el líder zapatista contó sobre la toma del Valle de Jovel, operación en la que participó de manera directa: “La toma de San Cristóbal fue un poema”.

El mismo camino del fraile

Desde San Cristóbal de las Casas, considerada como tierra de conquistadores europeos, la madrugada de aquel primero de enero de 1994, los indígenas mexicanos elevaron al mundo sus demandas de trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz.

“No salimos a la guerra el uno de enero para matar o para que nos mataran; salimos para hacernos escuchar”, dijo más de una vez el subcomandante Marcos, en los primeros años del conflicto.

También dijo el insurgente zapatista que militarmente la acción del 1 de enero de 1994, cuando además de San Cristóbal, cayeron en poder rebelde las cabeceras municipales de Ocosingo, Altamirano, Las Margaritas, Huixtán, Oxchuc y Chanal, “fue una acción propagandística. Y fue un completo éxito. Lo que sea de cada quien fue una maravilla, una maravilla militar”, aseguró, desdeñando así la declaración del general Miguel Ángel Godínez, encargado de la zona militar de Rancho Nuevo, quien dijo sobre la acción guerrillera que fue una “acción propagandística fracasada”.

Las primeras horas del nuevo año en la ciudad coleta transcurrieron entre el desasosiego y la curiosidad. La gente que caminó por las calles de San Cristóbal no salía del asombro de que aquellos hombres y mujeres, con pasamontañas, paliacates, y muchos de ellos, sin estas prendas sobre sus rostros, fueran indígenas levantados en armas. Más bien creían que se trataba de soldados, judiciales, bandidos o bolos (borrachos) que escandalizaban en las fiestas del Año Nuevo.

“¿Y éstos indios quiénes son, qué quieren?”, balbuceaba en la fría madrugada invernal un incrédulo lugareño sobre aquella furibunda muchedumbre de indígenas que muy disciplinada marchó por las mismas calles que hace centurias fray Bartolomé de las Casas recorrió defendiendo indios.

En medio de aquel escepticismo que produjo la entrada armada y pacífica de los zapatistas a San Cristóbal, en la plaza Vicente Espinoza, la principal del pueblo, lugareños y turistas, principalmente extranjeros, prestos con cámaras de video y de foto fija, fueron los primeros testigos del “¡Ya Basta!” zapatista, que quedó inscrito en la Primera Declaración de la Selva Lacandona.

“Todo está bajo control”

Instalada la bandera zapatista en los más alto del edificio del ayuntamiento sancristobalense —un lienzo de fondo negro con la estrella roja de cinco puntas—, desde el balcón central del inmueble ocupado por los rebeldes, el comandante Felipe, un tzotzil ensombrerado, y con el rostro descubierto, leyó el documento zapatista, a la misma hora de la madrugada neoliberal, que desde el fax del periódico Tiempo, propiedad del matrimonio de Amado Avendaño y Concepción Villafuerte, era transmitida la noticia al mundo entero sobre el surgimiento del EZLN.

En la madrugada del primer día de 1994, poco a poco las tropas zapatistas fueron ocupando las oficinas clave, como la Procuraduría estatal, la Policía Federal de Caminos y las del ayuntamiento de San Cristóbal.

Un mes después de aquella toma, Marcos, en entrevista con Blanche Petrich y Elio Henríquez, la primera que el líder zapatista concedió, narró un chusco suceso ocurrido precisamente en la comandancia de la policía municipal de San Cristóbal de las Casas el día del levantamiento.

En los primeros minutos del inicio de la guerra el aparato telefónico de la policía sonó. ¡Ring!, ¡ring!, ¡ring! Entonces, una mano blanca y lampiña, de dedos largos y uñas bien recortadas levantó la bocina. Antes de decir palabra, del otro lado del cable la voz trémula de algún coleto desconcertado la oyó Marcos así:

—¿Comandancia de la policía? Oiga, queremos avisarles que mucha gente armada está entrando por acá, por la Diagonal Centenario.

Audaz, el de las manos de pianista, cerebro militar del levantamiento de hace 20 años, en el auricular policiaco, contestó tranquilo y tranquilizador:

—Está bueno. Ya estamos informados. No se preocupe. Todo está bajo control...

Al colgar el teléfono, el subcomandante Marcos se doblaba de la risa por la travesura consumada.

Veinte años después, los zapatistas y el subcomandante Marcos siguen en la profundidad de la Selva Lacandona, en la clandestinidad. La declaración de guerra se mantiene y las comunidades indígenas que se levantaron en armas siguen en la pobreza, igual que aquel 1 de enero de 1994.

Comparte esta entrada

Relacionadas

Comentarios