“Nunca negociamos en lo oscurito”: David Penchyna

El presidente de la Comisión de Energía del Senado asegura que era necesario terminar con el monopolio del Estado en materia energética

COMPARTIR 
23/12/2013 07:02 Wilbert Torre/Especial
El presidente de la Comisión de Energía del Senado, un hombre de carácter mercurial —sus adversarios del PRD lo han llamado pillo, rudo y tramposo— fue pieza clave en la aprobación de la controvertida Reforma Energética. Foto: Héctor López/Archivo

CIUDAD DE MÉXICO, 23 de diciembre.- David Penchyna está en su oficina de vidrios entintados, sin saco y con la corbata muy ceñida al cuello. Tiene el cabello cano, una cicatriz en una ceja y complexión de boxeador retirado. Es presidente de la Comisión de Energía del Senado, un hombre de carácter mercurial —sus adversarios del PRD lo han llamado pillo, rudo y tramposo— que fue una pieza clave en la aprobación de la controvertida Reforma Energética. En ocho días durmió seis horas, y con dos bolsas grises bajo los ojos se sienta a describir la ruta del que llama el cambio económico, político y social más importante en los últimos 60 años.

Hijo de un administrador con una carrera de 60 años en el servicio público, tres veces legislador por elección directa, Penchyna Grub cree que la reforma energética arroja dos saldos políticos contrastantes: una izquierda atrapada en dogmas e ideologías irreductibles que se marginó de una decisión capital, y dos partidos, PRI y PAN, que al fin superaron viejos rencores y las amargas recriminaciones que se hicieron en 20 años por no apoyar cambios de fondo en los gobiernos de Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, para formar una alianza tras una tensa negociación que transcurrió en el Congreso, en Pemex, en la Secretaría de Energía y, desde luego, en el escritorio del influyente Aurelio Nuño, jefe de la Oficina de la Presidencia.

“No negociamos en lo oscurito, sino en un proceso serio, abierto y responsable para sepultar un monopolio del Estado que había puesto en riesgo la seguridad energética del país”, dice Penchyna.

Es abogado egresado de la UNAM, priista desde los 18 años y lector habitual de El Príncipe, de Maquiavelo.

En la entrevista se muestra sereno. Su temperamento sólo emerge un instante breve.

“Tras la aprobación —el senador martilla la mesa con el puño— hay una gran confusión. Hay una falta nuestra que consiste en no terminar de informar a la gente sobre lo que representa esta reforma. En la calle hay un debate de medias verdades y el costo político que estamos pagando y que vamos a pagar en gran medida será resultado de esas medias verdades y mentiras completas.”

Rechaza que en la reforma el diablo se encuentre en los detalles y que la propiedad del Estado sobre los recursos energéticos esté en riesgo, como sugirió el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Dice que los cambios constitucionales establecen límites claros y que la ley secundaria no deparará sorpresas.

Cinco días después de aprobada la reforma, Penchyna no esperó la primera pregunta para opinar sobre los saldos de la Reforma Energética.

“El saldo más dramático es que el discurso de la izquierda no existe y eso debe provocarnos una profunda tristeza. Nunca hubo argumentos, hubo consignas, y cuando el debate se reduce a un legislador desnudo en tribuna, encuentro un vacío importante al final de la reforma. La izquierda se automarginó y nunca varió su discurso.”

—¿Cuándo escuchó por primera vez al presidente Peña Nieto hablar de la Reforma Energética?

—Desde que el presidente Peña Nieto fue candidato supimos que la gran reforma de su gobierno iba a ser la Reforma Energética. Fue más allá de los estatutos y el programa de acción del PRI, y me parece que fue valiente porque al interior del partido el tema generaba posiciones polarizantes. Sin miedo a perder votos, lo propuso desde entonces.

“En marzo de este año cambiamos los estatutos en materia de energía para retirar los candados que habíamos impuesto al sector. Desde entonces supimos que esto iba en serio y hasta sus últimas consecuencias. El asunto se debatió al interior de la bancada. Recuerdo el reparto de las comisiones y cómo Emilio Gamboa defendió con uñas y dientes la Comisión de Energía.”

—¿Qué decía Gamboa en esos días?

—Me dijo que la Reforma Energética era indispensable e inaplazable, y que el Presidente estaba decidido a impulsarla con todo su capital político, sin titubeos y con una gran decisión.

—¿Cómo se preparó esta reforma que, más allá de la controversia, es histórica?

—El Senado guardaba un antecedente: en los últimos tres años no se había aprobado la estrategia nacional de energía. El primer reto de la Comisión de Energía era aprobarla, y lo logramos. Nos sirvió como una hoja de ruta.

“Hicimos viajes históricos a Inglaterra, Noruega y Azerbaiyán. Firmamos un convenio con el Foro Internacional de la Energía; fuimos a Colombia y Brasil, y como socios obligados a Canadá y Estados Unidos. Descubrimos algo que ya sabíamos pero no podíamos contrastar: México era el único país que en 20 años no había hecho los cambios que todos ya habían aprobado en materia de energía.

—¿A qué modelo se acerca esta reforma?

—Es una reforma que tropicalizó aspectos internacionales. Diría que se acerca a ejemplos exitosos como el caso noruego, líder mundial del que recibimos mucha asesoría; el caso británico y en América Latina los casos de Brasil y Colombia.

“Si metiéramos a estos cuatro países en la licuadora, más un alto componente de mexicanidad en el diseño, podríamos entender a qué modelo se acerca la reforma. Tiene características propias. Somos una nación con 120 millones de habitantes, con salida al Atlántico y al Pacífico y una frontera con Estados Unidos; un país con una riqueza energética impresionante. Pero el modelo, lejos de construir valor, estaba destruyéndolo. Era una llamada de atención generacional para cambiar las cosas.”

—¿Cómo se estaba destruyendo ese valor?

—Estábamos encerrados en un monopolio que desalentaba la inversión, que perdía competencia todos los días, porque dilapidaba los recursos de las futuras generaciones, porque era un sector que distorsionaba y hacía poco productiva la economía, porque el modelo se agotó y el destino nos alcanzó: el petróleo fácil se acabó. Y no nos preparamos para ese cambio, y por lo tanto era indispensable apostar a un modelo de competitividad y de combinación de capital público y privado sin perder la propiedad del Estado sobre los recursos.

—¿Por qué no se hizo antes?

—Nos dormimos en nuestros laureles. El petróleo fácil nos hizo estacionarnos años pensando que eso no cambiaría, más un peso histórico profundo que convirtió en intocable al sector energético. En décadas anteriores, y ahí hay una crítica a mi partido, dijimos: esto está bien y no lo podemos tocar. Y cuando despertamos, el petróleo fácil se había acabado. Sólo en Texas se produce hoy igual o más que la producción total de México.

“Nos estacionamos años en el paradigma del petróleo de aguas profundas. Y la democracia que llegó hace 15 años demoró en hacer entender a la clase política que estaba obligada a ponernos de acuerdo. Este Congreso rompió algo importante, no sólo en energía: hicimos a un lado nuestros pleitos y rencores personales.”

—¿Cuáles rencores?

—Cuando empezábamos a debatir la Reforma Energética lo primero que decía el PAN era: ustedes no nos dieron la reforma en el sexenio de Calderón. Nuestra respuesta era que no nos la habían dado en el sexenio de Zedillo. Y la otra respuesta era que con Fox no avanzamos porque los partidos no se habían puesto de acuerdo. Había una afrenta pendiente que siempre poníamos por encima del país.

—¿En qué momento y cómo comenzaron a desvanecerse estos rencores?

—Hay un punto de quiebre: la presentación de la iniciativa del PAN, que iba al extremo de un modelo de concesiones, y la del presidente Peña Nieto, que no quiso polarizar más el debate. Y en el otro extremo, una propuesta de leyes secundarias del ingeniero Cárdenas y una negativa fundamental en materia constitucional.

“Eso puso sobre la mesa cuáles eran los intereses y la reforma deseada. Ahí se rompió algo. Al PRI y al PAN les quedó claro que era imposible construir una reforma constitucional con la izquierda.

“Este país había pagado caras las reformas sin tocar la Constitución. Lo hizo en 2008 y en aras de un consenso salimos abrazados al mundo diciendo que habíamos logrado una buena reforma, y en los siguientes cinco años quedó claro que sus beneficios fueron muy pocos. Eso nos hizo saber que el sector empresarial necesitaba certidumbre de inversión.”

—¿Las empresas necesitaban más garantías?

—Necesitaban certidumbre. No me gusta hablar de garantías porque no pusimos en hipoteca nada. Lo que es indiscutible —pese a que lo sostiene con gran mentira la izquierda— es que la propiedad sigue siendo de los mexicanos, y si no que lean los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución.

—¿Recuerda dónde fue el encuentro clave de todo esto que menciona? ¿En Los Pinos?

—Con el gobierno federal tuvimos muchísimas reuniones. Todos los días nos reuníamos para meterle la mano a lo que fuera necesario, y afortunadamente lo hicimos con la discreción del caso. Hay quienes acusan que fue en lo oscurito. No. Fue un trabajo serio, y a mí no me apena ni me preocupa hoy ocultarlo.

—¿Las reuniones eran en Los Pinos y una pieza central fue Aurelio Nuño?

—No sólo en Los Pinos. Hubo reuniones en Los Pinos y muchas otras con las dependencias involucradas: las secretarías de Hacienda, de Energía, en ocasiones las paraestatales y, evidentemente, la Oficina de la Presidencia. Tuvimos también reuniones en la Secretaría de Gobernación para analizar la polaridad que generaba la reforma.

—¿Cuál fue el momento que más generó preocupación?

—Cuando se presentó la iniciativa del presidente Peña Nieto con un antecedente histórico que, aunque moleste a la izquierda, es una verdad absoluta: recuperaba la reforma del presidente Lázaro Cárdenas. Llamó la atención la reacción de la izquierda, como si Cárdenas fuera de su propiedad.

—¿Y en ese momento qué se decidió?

—Quedó claro que no había forma de que la izquierda pudiera sumarse a un cambio constitucional. Esto unificó y generó un motor virtuoso en aquellos que pensábamos que había que modificar la Constitución, y nos integró en un equipo de trabajo que, con diferencias profundas entre PRI y PAN, nos ubicó en la necesidad de trabajar a fondo en los cambios constitucionales: no circunscribirnos a hidrocarburos, abrir el tema de electricidad, meternos a sustentabilidad y energías limpias, diseñar árbitros del sector regulador, crear órganos a partir de un sistema en competencia donde se permitiría capital público y privado. Fue un rejuego en el que dijimos: hagámoslo completo.

“El costo político que había que absorber de la izquierda era el mismo de todas maneras. Lejos de apesadumbrarnos y bajar la guardia, dijimos: vamos adelante.”

—De ese trabajo concertado ¿cuál es el resultado más valioso que se aceptó por parte de los otros partidos?

­—Depusimos banderas que estaban en nuestras iniciativas.

—¿Por ejemplo?

—El PAN quería concesiones y el PRI jamás estuvo dispuesto. Eso nos llevó a establecer un modelo de cuatro contratos y un quinto escenario, que es la combinación de todos, para generar certidumbre jurídica y mantener la propiedad del Estado en los derechos y en la rectoría. Lo calibramos en el resto del mundo como un modelo que garantiza la inversión. Y una vez que lo cerramos hace dos meses, este modelo se volvió el motor a cuidar y generó una línea de conducción que nos hizo superar otras diferencias. Cuando las mesas de discusión se rompían en las madrugadas los últimos tres meses, la forma de recuperar la discusión era: si ya pudimos lo más, con los contratos, podemos con lo menos.

—¿Y qué era lo menos?

—La autonomía a los órganos reguladores energéticos. Y no se la dimos porque ningún país tiene modelos de órganos autónomos, por los intereses que representa. Es absurdo y un riesgo darles autonomía, por el poder que pueden acumular: lejos de fortalecer al Estado, lo debilitan.

—¿El PAN impulsaba esto?

—El PAN con racionalidad pudo aceptar que eso era lo que debíamos hacer. Si algo guardó la mesa siempre, fue una gran honestidad.

—¿A qué se refiere?

—Siempre jugamos póquer abierto. Nunca nos escondimos cartas para negociar. Nadie sacó sorpresas en la negociación. Es de los pocos dictámenes que como se presentó al pleno fue aprobado. Mucho tiempo antes, hoy puedo decirlo, envié a los gobernadores información para que estuvieran informados.

“Fue un proceso público y abierto. Abrimos un debate a la nación y unos quisieron venir y otros no. Vinieron líderes sociales, académicos, rectores, las cámaras empresariales.

“La disputa de la izquierda en esos foros fue mezquina, porque vinieron, los inauguraron, se salieron, los usaron como herramientas de presión, organizaron sus foros, no fuimos invitados, pero estuvimos muy al pendiente de lo que se decía y lo analizamos.”

—En la calle se percibe confusión después de aprobada la reforma.

—Hay mucha confusión. Hay un debate de medias verdades y el costo político que estamos pagando y vamos a pagar en gran medida es por esas medias verdades que se convierten en mentiras completas. Hay una gran desinformación. Antes que el interés nacional, en la izquierda hay un interés político y electoral. Es cierto que hay una falta nuestra y no hemos acabado de informar a la gente lo que representa este cambio. Hay un gran pendiente en el mediano plazo.

—Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, lanzó una advertencia sobre la Reforma Energética: cuiden la propiedad del petróleo.

—Es importante leer todos los artículos reformados, no sólo el 25, el 27 y el 28. Nunca una reforma secundaria podrá estar a la par de una reforma constitucional y encontramos un extenso camino para salvaguardar la propiedad en 22 artículos transitorios, unos cajones de sastre precisos para definir límites.

“La ley secundaria no traerá ninguna sorpresa. Los candados están en la Constitución, en los cambios aprobados y no sólo marcan temporalidad, sino cómo se harán las cosas.”

–¿Qué percibió en el presidente Peña Nieto cuando los recibió en Los Pinos una vez aprobada la reforma?

—Está convencido de que la Reforma Energética es el camino correcto, pero no dejó lugar a dudas de que no está nada contento con el estado general del país. Ojalá que más allá de las diferencias políticas en este tema, pronto volvamos a sentarnos con los otros partidos a discutir nuevas reformas.

Comparte esta entrada

Relacionadas

Comentarios