Al filo de la navaja: Los Malnacidos

Jesús, Laura y Raquel, cansados de la pobreza de su origen, abrazaron al crimen como su forma de vida para hacerse de dinero teñido de rojo; no escucharon las súplicas de doña Karina, su madre, por lo que el precio de su decisión sería muy alto...

CIUDAD DE MÉXICO.- Una mujer se acerca a Manrique. Dice tener un testimonio de primera mano, y aunque a él no le gustan los chismes de vecindad, éste puede ser el inicio de una de sus historias. Paciente escucha, mientras toma nota en su cabeza. Pareciera que esta historia se la han contado ya, unas mil veces.

Doña Karina rompió en llanto... sus piernas se vencieron y, como dos viejas estructuras, se vinieron abajo; se colapsaron.

“Bendito seas Señor, ten misericordia padre mío y no permitas que nada les pase”, imploraba.

Un bulto roído, envuelto por un decolorado delantal estaba en el suelo: era doña Karina, quien ante la desesperación de no saber de sus hijos tras cuatro días de buscarlos hasta por debajo de las pie¬dras no tuvo más escape que un llanto que desgarraba su alma, su aliento... su piel.

El dolor era indescriptible, calaba, era como tomar ácido y sentir que la quemaba, la consumía por dentro un dolor lento y agonizante.

Sus vecinas, Lencha y Roberta, le acompañaban en su pena y también Rulo, un perico verde que, de alguna forma, sentía lo que pasaba y no abría el pico para nada. Rulo expresaba a su manera que algo estaba mal.

“Ya mujer, ya mujer, échele ganas por usted, si no quién más lo va a hacer, esos chamacos van a regresar, deben estar por ahí trabajando en el campo o en alguna construcción, no piense mal, su corazón no miente y si cree que están vivos es porque así es”, le decía Lencha a doña Karina, mientras le sobaba la espalda y trataba de levantarla del suelo, pero era imposible.

Doña Karina seguía llorando y una extraña fuerza la jalaba como imán al suelo.

“Déjala comadre, que llore su pena y que desahogue su dolor, vámonos”, dijo Roberta, quien tomó de la mano a Lencha y salieron de aquella humilde choza.

Afuera, el sol caía como un líquido es peso; bastaban cinco minutos para sentirse como lava saliendo de un volcán. Las comadres dieron unos pasos y aún así podían escuchar los berridos de aquel bulto de lágrimas y mocos, el corazón se les estrujaba, pero sabían que debían dejarla sola con su pena.

El tiempo corrió y finalmente el cansancio la venció, se quedó dormida, inerte en ese polvoso y sucio suelo. Ni los grillos quisieron cantarle.

Al día siguiente, la mañana iluminó su pequeña vivienda. Doña Karina con los huesos cansados y los ojos secos comenzó a levantar y ordenar un poco el desastre de la noche anterior.

Cuando se encontraba en el lavabo en la parte de atrás, escuchó un ruido, como si algo se hubiera caído, un golpe seco. Aguzó el oído y a lo lejos distinguió unos gritos como de ratitas de coladera: “¡Madre, ya llegamos, aquí están tus pollitos venga pa´ca!”.

Doña Karina sintió que se ahogaba, que se le iba el aire, corrió tan rápido como sus débiles piernas se lo permitieron y al llegar a la improvisada sala los vio ahí parados: Jesús, Laura y Raquel. Se quedó atónita al percatarse que los tres estaban como si nada, pulcros, bien vestidos y hasta perfumados.

“¿Dónde estaban hijos de mi vida, ¿porqué me hacen esto?”, les preguntó, y justo cuando alzaba los brazos para apretarlos con un gran abrazo, comenzó la estela de balas.

Ratatatata, ratatatata, ratatatata. No hubo tiempo de escapar. Las ya de por sí descarapeladas paredes quedaron cacarizas ante los impactos de aquellas cuernos de chivo.

“Salgan hijos de su reputa madre, ahora sí se los cargó la chingada”, gritaba una voz desde fuera.

Los tres hermanos, quizás por instinto, se aventaron sobre su madre que gritaba y lloraba peor que la noche anterior. Jesús sacó dos metralletas de una maleta negra que había dejado sobre el sillón roto.

“A ver, váyanse al cuarto y cubran a mi mamá, por nada del mundo salgan... pero rápido... con una chingada”, sin temor alguno pateó la puerta y abrió fuego; su temple y control de las armas era digno de un veterano militar, con ojo certero fue eliminando a los atacantes, eran como 10 contra él.

“Me la pelan, putos”, les insultó Jesús, mientras dejó salir una carcajada macabra, hostil, sucia. La escena era inimaginable, Chucho tenía apenas 14 años.

A su corta edad aniquiló a diez personas en cuestión de minutos; había terminado con la existencia de hombres con 10, 15 y hasta 20 años más que él.

“Conmigo y con mis hermanas, no se meten”, le dijo a los cuerpos, no sin antes escupir al de Óscar, el sicario que estaba a cargo de ese grupo. El escupitajo se escurrió por el ensangrentado rostro de Óscar y se secó rápidamente con el infernal calor que ahí se sentía.

Jesús regresó a la casa. Su camisa Versace de seda estaba salpicada de sangre.

“¡Me le acabo de comprar, chingao”, maldecía Jesús, mientras se la quitaba para sacar otra nueva de la maleta: Versace también de seda, pero ésta tenía loros impresos, era una prenda que contrastaba de manera chillona con el grisáceo lugar.

Doña Karina estaba de una pieza, se le puso el cuerpo y el rostro azul de la impresión. Se congeló completamente, se le atascaron las palabras y se quedó con la boca abierta de la que asomaba su lengua morada como la del perico.

Tras unos minutos de silencio y de oler a pólvora quemada consiguió decir:

“¿Pero qué has hecho mi amor?, no eres tú, no eres tú, tú no eres mi Chuchito, mi niño que jugaba con los perros en el campo, no eres tú!”, dijo desencajada y mesó su cabeza de la desesperación. Hincada en el suelo comenzó a llorar una vez más a grito tendido.

Las hermanas, tal vez por ser mujeres de 18 y 20 respectivamente, no dijeron nada y tomaron a su madre para levantarla y ayu­darle a sentarse en el sillón, su cuerpo y sus nervios ya no daban para más.

“No me diga eso madre, yo la respeto y la quie­ro, pero las cosas cambiaron, cam­biaron muchísimo; me harté de esta miseria, de mo­rirnos de hambre, de no tener una vida”, explicó Je­sús, quien cuando pretendía conti­nuar, recibió dos bofetadas que en seco lo callaron.

Con los labios trabados y con un sem­blante más parecido al de un perro con ra­bia, Doña Karina le dijo:

“Jamás te enseñé a ensuciarte las ma­nos, tu padre y yo siempre fuimos pobres, pero dignos, Jesús; manos sucias, pero de la tierra, para darte a ti y a tus hermanas lo que podíamos, y mira cómo me vienes a pagar: tienes 14 años, tus hermanas... y mira qué son… son unos asesinos”, grita­ba y nuevamente las lágrimas ahogaron su voz. Lo que estaba viviendo era una pesa­dilla que ni en sus peores momentos habría imaginado. Las jovencitas la volvieron a abrazar y trataron de consolarla.

“¡Cálmese madrecita, no pasa nada, Je­sús es ahora quien nos protege, mamacita linda”, le dijeron sus hijas.

La tendieron en el sofá y comenzaron a limpiar la casa. Jesús se encaminó a su cuartucho, todo seguía intacto: fotos, ropa y su muñeco de madera, ese que le había regalado su padre cuando cumplió nue­ve años, un día después de eso, su jefecito murió de un infarto.

Sus hermanas tras recoger ese terrible escenario desmadrado por las balas, tam­bién se fueron a su habitación.

Doña Karina estaba desconectada de todo y de todos, tendida en el sillón y con la mirada perdida. Así se quedó toda la no­che; la locura estaba a punto de invadirla.

Durante la madrugada se escucharon algunos ruidos; eran Jesús y sus hermanas quienes estaban levantando los cuerpos de los sicarios muertos para apilarlos en una fosa.

“Bueno Chuy, éste era el último, haz tu parte”, dijo Raquel. Jesús, resignado, le respondió:

“Ni hablar, la parte sucia siempre me toca a mí, ustedes no tienen porqué hacer­lo”, encendió un cerillo y prendió fuego a la pira; la gasolina que habían rociado mi­nutos antes encendió de inmediato y los cuerpos fueron abrasados por las llamas, de alguna forma vivieron un infierno antici­pado. Terminaron el caliente trabajo y regresaron a sus cuartos; en el sillón yacía doña Karina quien ante el can­sancio, los ner­vios y sus 65 años perdía la fuerza ya muy fácilmente.

Era la prime­ra vez en mucho tiempo que dor­mían todos en esa casa, como lo ha­cían antes, como según la doña de­bía ser. Pero a veces lo que queremos no es lo que necesitamos, o lo que tanto desea­mos no es lo que tenemos.

“Mañana, nos tenemos que ir herma­nas, los militares ya no están pisando los talones, hace rato me llamó El Radilla y me dijo que nos necesita ver porque las cosas andan de la chingada, el pedo ahora es que no podemos dejar a mamá aquí, estos hijos de su puta madre, van a venir y se la van a cargar y eso sí que no lo vamos a permitir. Le prometí a papá que siempre la cuidaría, él me lo pidió y yo lo voy a hacer, cueste lo que cueste”, dijo Jesús mirando fijamente a sus hermanas, quienes no pensa­ban lo mismo, así que tras un largo silencio, para no llevarle la contra a su adorable her­mano, le respon­dieron agachando la cabeza:“Sí... está bien”.

Al tal Chuy, en cuestión de mi­nutos le habían salido pelos en los parte superior de los labios, apenas unos brotes que parecían manchones. Él, a sus 14, ya se sentía todo un matón.

No hubo opción, la durmieron con el mismo fármaco que utilizan para sus víc­timas y la subieron a la Hummer negra que se encontraba estacionada en la parte de atrás.

Antes de irse, recogieron sus cosas y los tres hermanos sicarios suspiraron pro­fundamente al salir de aquella humilde construcción que con tanto trabajo había construido su padre.

Se fueron dejando los recuerdos y la sangre.

“¿Dónde andaban hijos de la chingada?, se largan justo cuando menos deben”, les gritó El Radilla, jefe de los hermanos y líder del Cártel del Pacífico Sur en Morelos.

“A ver, cabrones al rato se me lanzan a esta dirección, ahí están unas ratas que te­nemos que desaparecer, así que en chinga y ni un rastro, que éstos son militares y los andan rastreando”, terminó de dictar ór­denes El Radilla a Jesús, Raquel y Laura.

Sin desperdiciar ni un segundo se fueron rumbo a una de las zonas más exclusivas de Cuernavaca; llegaron y encargaron a su madre a la sirvienta, tenían mucho trabajo esa noche, ya se ocuparían de hablar con su madre más tarde.

Se estacionaron frente a una enorme bodega, vieron a 15 militares sentados, to­dos con los ojos vendados.

“Son unos maricones, se rajaron y ahora tienen que pagar, ¿no crees? Chucho”, pre­guntó burlón uno de los guardias que los cuidaba.

“Pues sí, qué lástima, pero nadie le ve la cara a don Héctor, así que… pues que Dios los bendiga”, los santiguó y abrió fuego contra ellos, directo a la cabeza. Los ejecu­tó uno por uno. Nuevamente la risa de Je­sús al momento de matarlos, en verdad era de ultratumba, sádica, llena de odio.

Los cuerpos maltrechos eran arrastra­dos por Laura y Raquel junto con otras mujeres conocidas como Las Chavelas, los degollaban con un machete, como si se tratara de reses, descuartizaban los cuer­pos para después irlos a botar a baldíos o carreteras, siempre con un mensaje: “Con El Jefe nadie se mete”. Y con ese ejército particular a su servicio, ni el mismo Diablo lo haría.

Siempre que terminaban el “trabajito” iban con el jefe, quien les pagaba en efec­tivo tres mil dó­lares por muerto. Esa noche se habían ganado 45 mil dólares.

Un niño de 14 años que mataba y deca­pitaba sin remordimiento alguno por cien­tos de billetes verdes, bueno, en realidad rojos.

La lista de víctimas era larga, también la de enemigos. Militares y otros sicarios andaban tras de él y como “buen niño” sa­bía esconderse y escabullirse como ratón en situaciones de peligro.

Cuando regresaban a casa, cerca de las tres de la mañana, Raquel dijo preocupada:

“Creo que tenemos que acabar con esto, y con el dinero que hemos juntado irnos de aquí, poner un negocio para nosotros y ma­má, presiento algo muy feo...”, pero Jesús y Laura no contestaron nada.

La puerta de la cochera se abrió con el control remoto, metieron la camioneta y se bajaron. Les extrañó que no estuviera Ma­caria, la muchacha, quien sin importar la hora ni el momento, los esperaba siempre a la entrada.

“Debe de estar cuidando a mamá”, dijo Laura. Cuando entraron a la cocina y encendieron la luz se enfrentaron a una te­rrible escena: su madre estaba colgada del techo y con el tiro de gracia; un hilo de san­gre corría por sus piernas y había formado ya un charco rojo sobre el mármol blanco de aquella lujosa cocina.

A los tres hermanos se les erizaron los cabellos. Sintieron miedo, hacía mucho tiempo que no tenían tal sentimiento y co­menzaron a gritar desesperados, pero esa desesperación no duró mucho; de todos los costados sa­lieron sicarios y abrieron fuego. Los mataron sor­presivamente, no les dio tiempo de reaccionar.

Y ahí queda­ron los cuatro cuerpos juntos, el de Macaria flotaba en la al­berca. Jesús se mantenía medio vivo, su cuerpo ya no se movía, ni siquiera sus párpados, pero una lágrima rodó por su mejilla al ver a sus hermanas muertas, otra más brotó recordando el cuerpo de su ma­dre balanceándose, había fallado.

No cumplió su promesa. Cerró los ojos mientras le escurrió la última lágrima, la única que había derramado desde el día en que lo sacaron del vientre de su madre.

Lencha y Roberta no se cansaban de re­petir a todo aquél que quisiera escucharlas:

—¡A que Doña Karina, qué pinches en­gendros vino a parir, comadre! —decía una, fingiendo consternación.

—¿Ya vio lo que dicen? —inquiría la otra.

—Sí Lencha, ya le decía yo, ni modo que Dios padre no vea y haga pagar lo que ha­cen los malnacidos como esos, ¿quién se iba a imaginar que el Chuchito fuera todo un matón? —suspiraba.

—Sí, que terrible comadre.

Mientras las mujeres caminaban por la plaza y volaban las palomas con el ama­necer por testigo, comenzó la leyenda del pequeño sicario.

* Mi nombre es Manrique Solsona Sánchez Dragó. Sí, así me llamo “Manrique”. Soy investigador privado, de asuntos de seguridad, política, policía y narco. Que al final de cuentas

todo es lo mismo. Soy un consultor como hay tantos. Las historias aquí contadas, son parte de mis vivencias, investigaciones, recuerdos y apuntes en cuadernillos hasta ahora no publicados, y que sólo formaban parte de alterones de archivos revueltos, algunas historias confidenciales que gritaban desde su esquina ser contadas para no pasar al archivo muerto.

Fg

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