Los sustos que nos da Elba Esther

María Luisa Mendoza

02/03/2013 02:00

Los sustos que nos da Elba Esther

La vida es una gran, divertida y riesgosa lección. Un eterno enfrentamiento con la conciencia, esa matemática moral en general  inequívoca, compañera fiel y a veces estorbosa, la mosca en la oreja y a la cual solamente nos oponemos cuando la valentía crece a la buena educación, digamos. Por ejemplo ahora, con el caso Elba Esther. A cada quien le ronda un pensamiento; a quienes fuimos sus compañeros en la LIII Legislatura los recuerdos se pelean por salir cuando en años no los conminábamos. Desde la conocencia,  digamos; frente a un féretro todos enmarañan la evocación: “nos conocimos en…”. Yo, como lectora irremediable de secciones políticas en los periódicos, y luego cuando empezaba mi campaña para diputada y fui a ver a unos cuates que hacían publicidad política: me atarantaron con banderines, mantas, folletos, pósters y, claro, está el logo de tu mensaje… el mío era “seré la voz de los que no tienen voz”. Me enseñaron los publicistas un cuarto lleno de cuanto hay para tal fin, hasta los laterales de la camioneta: todo perfecto para Elba Esther; imposible para mí de tan carísimo.  El primer día de la jornada de tres años desayuné en la casa de nuestro líder Mendoza Berrueto y con él viví la inolvidable entrada al salón de sesiones ruidoso como un casino, un frontón lleno, una fiesta de fin de año… Y vi a Elba, atrás de  mi curul absolutamente despampanante. Se pintaba el cabello de rubio, su rostro era fresco de a de veras, y lucía la ropa nuevecita, divina, imposible de imaginar siquiera para quienes veníamos de la dura brega de la inopia periodística. Elba era ya el poder, no sólo estrenaba diario, sino una esteta iba a su curul  a maquillarla y peinarla. En la tribuna Elba se transfiguraba, era una tormenta. Oradora al estilo antiguo sigue siéndolo y en mucho asusta. Su poder no tenía comparación. Pero Elba sabe ser justa, ni hablar… Anécdota: Elena Poniatowska fue condecorada con la medalla de servicio a la Ciudad. Fuimos a la Cámara de Diputados antigua. A la salida, una cuarentena de damas nos encaminamos alegrísimas a un restaurante antiguo del Centro. En el segundo piso entramos ruidosas y Elba Esther estaba con unos conocidos. Nos dieron el cuarto con balcones a la calle. Fiesta absoluta.

De pronto se abrió la puerta, entró Elba… silencio… se encaminó hacia mí y me abrió los brazos. Nos fundimos con afecto. Las severas y distinguidas intelectuales callaron… Elba cumplió con su cometido amistoso y dio la vuelta. Me quedé estupefacta porque hemos sido amigas, pero no tanto y las impecables incorruptas inquebrantables muchachas de la izquierda gloriosa tampoco se esperaban la escenita. 

Comí como eleogábalo (no sé cómo); ellas reanudaron diálogos. Una querida amiga que creía era mi hermana me sopleteó: “¡Qué quemada!”… no es así, Elba sabe ser amiga y es una catadora de oportunidades asombrosa. No le debo más allá de mínimas muestras de querencia y por eso ahora, estupefacta con lo ocurrido estoy electrificada, me duelen sus noches en la cárcel, no entiendo para qué quiso tanto dinero si yo con lo contado para mis medicinas, mis médicos, mis botitas, mis perros, dos chonenes, me conformo. ¿Para qué querría aquel traje negro con ribetes de raso que vi en Marcus y que costaba cinco mil dólares para mis ojos bizcos?.. Ahora Elba está en chirona, es un “ladrillo” de tango, multimultimillonaria ¿para qué Elba?.. tendría que enseñarte cómo se vive quebrándose los dedos del susto…

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamenoza@yahoo.es

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