Carrusel
Marcelino Perello
El Renacimiento fue un fenómeno explosivo, fulgurante e inconcebible. 20/03/2013 00:30
Hacía mucho frío esa madrugada del invierno del 1473, cuando a la señora Barbara Watzenrode se le ocurrió romper aguas. Su esposo Micolaj salió a toda prisa por la comadrona. Hubiera ido a pie, pero en vista de que la partera era vieja y gorda, y tenía que volver con ella, montó en el carromato. El caballo ya estaba aperado y enganchado, en previsión del inminente acontecimiento. Afortunadamente la aldea de Torún, a orillas del Vístula, era pequeña, pero había nevado copiosamente toda la noche.
Fue un varón, y le costó la vida a Barbara. El bebé consiguió sobrevivir apenas. En la casa se instaló esa extraña mezcla de alegría y tristeza que acompaña siempre tales acontecimientos. Lo bautizaron enseguida, temerosos de que no sobreviviera, el mismo día en que enterraron a su madre. Lo hicieron en el rito de la Iglesia católica, pues faltaban aún algunos años para que irrumpiera en Prusia la Reforma Luterana. Lo llamaron Micolaj, como el padre, Micolaj Copernikk, que ya adulto y célebre sería conocido en latín como Nicolaus Copernicus. En español Nicolás Copérnico.
El Renacimiento fue un fenómeno explosivo, fulgurante e inconcebible. Después de 12 siglos de oscurantismo cavernario, amanece en la vida y en la conciencia de los hombres. De los hombres europeos al menos. El Renacimiento es múltiple y abigarrado, inabarcable, desde el conmovedor Garcilaso hasta el abismal Leonardo. Y su inicio está marcado por tres acontecimientos mayúsculos: el descubrimiento de América, la invención de la imprenta y el que yo considero el fundamental e inspirador de todos los demás: La revolución copernicana.
Nicolás se convirtió desde su primera juventud en un auténtico polímata. Ejerció y dominaba multitud de disciplinas: matemático, astrónomo, jurista, físico, clérigo católico, gobernador, administrador, militar, diplomático y economista. Pero fue su condición de estudioso del cielo estrellado la que lo hizo ocupar el sitial de honor en la historia del pensamiento humano del que hoy goza. Su obra la resumió en De revolutionibus orbium coelestium. Acerca de las revoluciones de las esferas celestes.
Desde el punto de vista astronómico es importantísima, pues aparta a la Tierra del centro del universo, como lo estipulaba el modelo vigente de Ptolomeo, genera el concepto de sistema solar, coloca al Sol en el centro de ese sistema y explica la diferencia entre los cuerpos cósmicos llamados fijos, las estrellas propiamente dichas, y los trashumantes, los planetas. En su esquema nuestra Tierra queda reducida a la condición de planeta y se le obliga a renunciar a la inmovilidad maiestática que Dios le había asignado, la condena a pasársela dando vueltas y bailando. Será ahí que se plantean los movimientos de rotación y traslación, y también el bailoteo del eje terrestre en la nutación y la precesión.
Con ello logra explicar de manera mucho más simple y exacta los movimientos celestes y también el ritmo de las estaciones sobre la superficie de nuestro planeta. Ello permitirá al papa Gregorio XIII años más tarde ajustar y modificar el calendario juliano para hacerlo coincidir con esas estaciones, y con los correspondientes cambios climáticos que las acompañan.
La importancia del descubrimiento copernicano, sin embargo, va mucho más allá de la astronomía y las matemáticas. Es filosófico e ideológico. Y tiene que ver con la visión del mundo, y con la que el hombre tiene de sí mismo. Al desplazar a la Tierra del centro de la creación, al que desplaza es de hecho al hombre, que se ve así reducido a un objeto natural más, en medio de un enorme e inabastable conjunto de realidades. El ser humano se ve desde entonces como una “cosa” más. Es cosificado. El modelo de Ptolomeo es llamado geocéntrico, es decir, que coloca a la Tierra en el centro. De hecho, no obstante, es una concepción antropocéntrica. Es el hombre el que ocupa el corazón de toda la existencia material y espiritual.
La estructura heliocéntrica de Copérnico, es decir, la que asigna ese lugar privilegiado al Sol, significa un acto de contrición y modestia humanas en todos los sentidos. El rey, desde Nicolás, es otro. Ello dará lugar a modificaciones importantísimas en todos los campos del pensamiento y la actividad humana. Desde la biología al sicoanálisis. Todavía faltaban siglos para que los astrónomos establecieran que el Sol tampoco era el centro del universo, que se encontraba él mismo en la periferia de esa ya conocida Vía Láctea, que resultó ser una galaxia, y que en su seno, el astro rey también migraba. Y que pa’ acabarla de amolar existían millones y millones de galaxias que también se movían. A partir de Copérnico ya nada ni nadie pudo estarse quieto. Se terminaron las seguridades inmovibles y el apoltronamiento.
Cuando Nicolás habla de “revoluciones” en su obra magna e impensable, lo hace en la acepción de “giro”, “vuelta” de una masa en torno de sí misma o alrededor de otra. Y no se da cuenta de que la verdadera revolución que plantea lo es en otro sentido, en el de “convulsión”, “transformación” brusca y definitiva, y ya no se refiere a los cuerpos del Cosmos, sino al sacudimiento brutal y definitivo de la realidad, de la conciencia y de la manera de abordar esa realidad.
No deja de ser sorprendente que aquel pequeño Micolaj no se haya visto obligado a abjurar de sus tesis como su sucesor Galileo Galilei, o incluso que haya logrado escapar de las llamas purificadoras como su otro colega Giordano Bruno. En ello influyó sin duda, el advenimiento de los llamados protestantes, que en este caso (no en todos) resultaron más permisivos. De hecho, Copérnico se enfrentó sin tapujos al poder hegemónico del Vaticano, y se granjeó numerosos adversarios y detractores. Al modificar el lugar y el papel del cielo, de la Tierra y del Sol, modificó el del hombre frente a la divinidad. Por la verdad y la sinceridad, puso su vida en riesgo.
Plantear otro esquema supuso iniciativas a veces incluso verdaderamente arriesgadas. El sol obtendría entonces su espacio liderando los astros. Viéndolo en retrospectiva ofendía numerosas ideas cristianas asumidas. Unificó no pocos obstinados enemigos maquinando argumentos de escaso alcance matemático o religioso.
Todo ello resultó inútil, y los maravillosos resultados de su estudio y obra acabaron finalmente viendo la luz en el curso de su propia vida. Se le entregó un ejemplar de su libro en el lecho de muerte, horas antes que se fuera de este mundo. De este mundo giratorio. Ese mismo día se bajó del carrusel.
