La encrucijada

Marcelino Perello

19/03/2013 04:22

La encrucijada

Este sábado, en el salón de actos del Orfeó Català de la Ciudad de México, se fundó formalmente la Sección Mexicana de la Asamblea Nacional Catalana, el organismo que concentra y coordina las acciones en favor de la constitución de Cataluña como Estado independiente a corto plazo.

Ya le hablé, ávido lector, de la ANC aquí mismo, hace tres o cuatro meses, con motivo de las elecciones anticipadas al Parlamento Catalán. En aquella ocasión los partidos contendientes podían agruparse, con todos los matices, en dos grandes bloques: los soberanistas y los unionistas. Los primeros sostenían la urgencia de llevar a cabo un referéndum para que los ciudadanos se pronunciaran a favor de una de las dos opciones: erigirse en país libre, con todas las atribuciones del caso, o continuar anexados al Estado Español. Los unionistas se pronunciaban en contra de la celebración de tal consulta y la consideraban ilegal.

Tal como le dije entonces, los catalanistas obtuvieron prácticamente el doble de votos y de curules que los españolistas. De manera que a comienzos de este año, el nuevo Parlamento aprobó la celebración del citado plebiscito, para alguna fecha aún no establecida, de 2014. Simultáneamente emitió un manifiesto de significación histórica: La Declaración de Soberanía del Pueblo Catalán. Si está usted interesado, tal como yo supongo y espero, la puede leer íntegra en el portal de Vilaweb, Declaració de Sobirania, que encontrará en el buscador de internet y que la reproduce en 36 lenguas.

La delegación en México de la ANC, pues, es una más de las que se han creado y se están creando en muchos países y ciudades del mundo, con el objetivo de dar a conocer la causa de la libertad del pueblo de Cataluña, y conseguir de esta manera el mayor apoyo internacional. Tenga usted en cuenta que la Asamblea es aún bisoña, no cuenta ni con dos años de vida. Todo se está apenas armando, pero con una velocidad vertiginosa y un éxito pasmoso.

En ella participan, y se continuarán incorporando, tanto  catalanes que residen en México como descendientes de antiguos inmigrantes y refugiados, así como mexicanos que, sin vínculos de parentesco ni antecedentes de otro tipo, simpatizan y adhieren con la lucha de ese pequeño país mediterráneo.

La tarea no es fácil. Habrá que enfrentarse a la distorsión y  manipulación feroz que ya ha desencadenado la monarquía española y su gobierno, con la complicidad de no pocos medios locales e internacionales. Y a ello hay que añadir la confusión endémica de algunas ideas fundamentales. La más importante de ellas es la que se produce entre el concepto de nación y el de Estado. Se trata de realidades distintas esencialmente europeas y desde América es difícil entenderlas.

La nación es un hecho cultural y social. Se trata de un colectivo humano estructurado por una serie de vínculos compartidos: un conjunto de costumbres, hábitos y tradiciones comunes, normalmente también poseen un territorio y una lengua propios, aunque no siempre. Y a veces cohesionados también en torno a una religión o características étnicas específicas.

Cada uno de estos elementos puede presentarse de manera difusa y escurridiza, y han dado lugar a innumerables textos, reflexiones y discusiones. La que en la teoría moderna de las naciones se considera la característica indiscutible, necesaria y suficiente para ser catalogada una sociedad como nación es el autorreconocimiento, la conciencia y la voluntad de ser.

El Estado en cambio es un fenómeno estrictamente político y de dominación. Es también una comunidad humana que se dota de ciertas  regulaciones legales y administrativas, que posee un territorio y un gobierno, con el que regula su actividad individual, corporativa, laboral y social. También precisa de cuerpos militares, policiacos y judiciales que impongan el respeto a las normas formales de convivencia.

La edad de las naciones se mide en milenios, la de los estados en siglos, aunque los ha habido que no han llegado a cumplir más de algunas docenas de años. Toda nación aspira a dotarse de un Estado, esto es, a edificar estructuras políticas acordes a su voluntad e idiosincrasia. Y todo Estado, a su vez, pretende homogeneizarse y devenir una nación coherente. A pesar de ello hay muy pocos ejemplos de Estado-nación en el mundo, que hayan conseguido sobreponer armónicamente una realidad con otra.

Cataluña es una nación sin Estado y México es un Estado con una nación en ciernes. El conglomerado de naciones americanas existentes hasta el siglo XV fue demolido por los invasores europeos. Y la construcción de las nuevas formaciones nacionales americanas es un proceso lento y no exento de dificultades y contradicciones. México y Cataluña comparten opresor. El primero supo conquistar su independencia política, pero ya no pudo recobrar su identidad cultural, lingüística y nacional. Por su parte, los catalanes han podido conservar, si no intactos sí vigentes, sus rasgos nacionales, pero han sido incapaces hasta ahora de recuperar su personalidad estatal y su soberanía perdidas.

Es indispensable aquí dejar del todo clara una distinción delicada entre tres conceptos vecinos, pero diferentes: autodeterminación, soberanía e independencia. El principio de autodeterminación reside en el derecho de un colectivo, en este caso una nación, a decidir el propio destino. La soberanía es la práctica permanente de la autodeterminación. Y la independencia es el resultado de una opción particular en el ejercicio de la soberanía.

La ANC es irreductiblemente independentista, pero en el camino hacia la libertad, reivindica los principios de autodeterminación y soberanía. En ese sentido se compromete a respetar el resultado del referéndum de 2014, sea éste cual fuere. Todo proceso de liberación es complejo y casi siempre traumático. La coyuntura catalana es similar a otras del pasado, tanto lejano como reciente.

La alternativa es si el proceso va a transitar de manera aterciopelada, como la de Eslovaquia, o brutal, como la de la aún esclava Irlanda del Norte, con su Bloody Sunday en Derry. Todo dependerá de la actitud de los españoles, y no hay demasiadas bases que impulsen a tenerles confianza. Pero tampoco se puede exigir a los catalanes que, después de 300 años de soportar la bota castellana sobre el cuello, tengan tantita paciencia más, en espera de hipotéticos tiempos más favorables. Dejar pasar estas jornadas excepcionales sería una cobardía y una irresponsabilidad históricas.

Permanecer apáticos representaría aceptar iniquidades sin óbice, hasta esa nebulosa oportunidad si acaso quedara un impulso. Cataluña hoy insurge pacíficamente y Derry ayer lució ensangrentada, desdeñar esta variante únicamente entrañaría legitimar tendencias agresivas. Elaborar una fórmula oportuna reclama iniciativas audaces.

En la Europa occidental del siglo XXI no hay lugar para actitudes propias de otros tiempos y otros lares. Ojalá en los madrileños palacios de la Zarzuela y la Moncloa lo entiendan, y sepan afrontar la irreversible encrucijada catalana con un mínimo de perspicacia y dignidad. Digo ojalá.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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