Inmortalidad
Marcelino Perello
El amor genuino da lugar a las disposiciones de espíritu más intensas e intrépidas. 13/03/2013 00:12
En esta semiserie dedicada a los aventureros, ya he hablado del vértigo amoroso, y lo he ejemplificado, en su lado digamos luminoso, con libertinos célebres como Giacomo Casanova o Nicolás Edmé Restif de la Bretonne. Mientras que el otro, el lado obscuro, encontró su mejor ilustración en otro mujeriego, esta vez siniestro, el macabro Henri Désiré Landru.
Sin embargo, ahora me doy cuenta que, por alguna razón no tan clara, he dejado de lado al amante enardecido y monogámico. Olvidando que el amor ya es una aventura y que el que se apasiona ya es un aventurero en sí, sin necesidad de vivir episodios rocambolescos ni de entregarse a la promiscuidad desenfrenada.
El amor genuino da lugar a las disposiciones de espíritu más intensas e intrépidas, difícilmente encontrables en otras experiencias vitales. El amante es un explorador y un descubridor. Descubre y explora al objeto de su deseo, sin duda, pero en primer lugar se explora y se descubre, se redescubre digamos, a sí mismo.
Muchos de los grandes idilios han sido sin duda discretos e incluso secretos. Y de la mayoría de éstos no tenemos ni tendremos noticia, a menos que se cuente uno entre los protagonistas. O que les sean muy cercanos. Han de ser muchos los grandes romances que no llegan a la literatura, y que la historia no recoge. Pero también los hay, entre los más enfebrecidos, que ya sea por voluntad propia de los amantes, o a pesar suyo, cuya existencia ha sido conocida y divulgada. Entre estos, los más connotados son por supuesto aquellos con un final trágico. Incluso hay quien sostiene que el amor excelso debe necesariamente terminar mal. Es ésta una afirmación simplista y falsa.
La gran constelación, sentimental y artística que utilizó la pulsión amorosa como motor y brújula ha sido el romanticismo. El movimiento romántico constituye sin duda una de las expresiones de sensibilidad colectiva, artística, sicológica y social más importantes de la historia. Yo no conozco parangón. Duró un siglo entero, el XIX, y se produjo con brillantez inusitada en todos los campos del arte. Quizá el más conocido es el musical, de Beethoven a Tchaikovsky, comprendiendo una panoplia de compositores excelsos tal, que sería inútil dar aquí ni siquiera una muestra. Pero también se produce en el terreno de la pintura, de la arquitectura. Y de la literatura, donde su emblema indiscutible es Las desventuras del joven Werther, de J. W. Goethe.
No obstante, como lo acabo de señalar, lo que hace definitivamente excepcional la corriente romántica es que también florece fuera del ámbito del arte. Y es de una riqueza, intensidad, extensión y profundidad incomparable en el dominio de las actitudes y sentimientos humanos. Fue una auténtica plaga que se extendió por los cinco continentes, dando expresiones del todo ejemplares y estremecedoras, muchas en efecto trágicas y delirantes. Tanto individuales como colectivas. En un momento dado todos los jóvenes del mundo —del mundo lector— quisieron ser Werther.
Hoy es otro el personaje que escojo para ilustrar este estado del alma. Ahora de la vida real. Heinrich von Kleist nació en Prusia, a finales del XVIII, en Frankfurt, a orillas del Oder. Y fue un escritor, tanto en verso como en prosa, muy notable. De sus obras, la que más me conmueve es sin duda Kohlhaas, novela breve edificante e inquietante. Y de la que por supuesto habré de hablar.
Amó con locura ciega a una sola mujer, Adolfine Vogel, que él prefería llamar Henriette, y mantuvieron un noviazgo interminable, que se prolongó aún más cuando a ella se le detectó un mal incurable que la fue minando de manera inexorable. Sólo dos siglos más tarde, y a base de los informes médicos de la época, se ha podido determinar que padecía de cáncer. Ello acabó de agriar su carácter, ya de por sí un tanto altanero y frívolo, lo cual no minó, más bien al contrario, la pasión que experimentaba Heinrich por ella, a la que describía como su “musa mala”.
En más de una ocasión, en momentos de decaimiento, ella le reprochaba a su amador la salud de la que él gozaba. “Dice que me ama hasta la muerte, Heinrich, pero no le creo. Si fuera posible que mi dolor y mi destino fatal se transfirieran a usted, estoy segura que se negaría”, se le escuchó proferir alguna vez, a lo que él reiteraba desesperado y dolido hasta las lágrimas, que sus juramentos de amor eran sinceros, y que daría la vida por ella, ante la sonrisa displicente y humillante de la joven.
En el otoño de 1811, cuando él contaba con 34 años, vivieron una luna de miel adelantada en Múnich, que el intercambio de mimos y promesas volvió un manantial de alegría y esperanza. Pero un mes y medio después cuando se encontraban en Michendorf, la salud de ella sufrió un agravamiento súbito, generando los más amargos pronósticos.
Al cabo de unas semanas, fueron a pasar un día de campo con amigos en el bosque de Pfaueninsel, cerca de Potsdam. Cuando se acercaba la hora de regresar, y el fresco arreciaba, ya en el atardecer, los dos enamorados se alejaron del grupo y se sentaron a orillas del lago. De repente, los que iban recogiendo los enseres y subiéndolos al carruaje, fueron sobresaltados por un estallido, y unos segundos después, otro. Corrieron hacia los amantes y los encontraron tendidos. Ella con un tiro en el corazón, él, aún jadeante, con la sien sangrante, sostenía en la mano la pistola de dos cañones humeantes.
Alcanzó a balbucear que nunca olvidaría su estancia en Baviera. Y en un postrer susurro volvió a manifestar su encendido e irrenunciable amor por Henriette.
Pero ese recuerdo fue un malhadado estímulo sórdido, sólo exclusivo de afectos sombríos, manifestando algo totalmente incompatible con ese sentimiento. Múnich incubó varios ideales y Michendorf inspiró uno. El sufrimiento exacerbó la ansiedad mortal oscuramente recóndita.
En el gabinete de su casa, sobre el escritorio, había dejado las disposiciones sobre el destino de sus bienes, una última declaración de amor que Henriette nunca conocería, y el texto de su epitafio que todavía perdura sobre la lápida de su tumba: Por fin eres mía, inmortalidad.
