Cine, teatro, riesgo

Luz Emilia Aguilar Z

14/03/2013 00:30

Cine, teatro, riesgo

En el antiguo Ex Convento de San José de Gracia de Pobres Capuchinas de Querétaro, sede del edificio que alberga el Museo de la Ciudad en esa urbe, inició temporada el pasado 7 de mayo la puesta en escena Gritos y susurros, en adaptación y dirección de Agustín Meza. La historia que estrenara Ingmar Bergman en 1972, sobre la tormentosa vida de una enferma terminal de cáncer, sus dos hermanas y la persona encargada de cuidarla, se vuelve la materia prima para un ejercicio teatral de austeridad y devoción monacales.

El reto que asume Agustín Meza implica una compleja trasposición de contextos. Quienes conocen la película recordarán la densidad implícita de valores morales y estéticos. El filme ocurre en la mansión donde crecieron Karin, María y Agnes. La cercanía con el teatro otorga a Bergman una originalidad extraordinaria para experimentar con el lenguaje cinematográfico. Los actores y actrices que participan en la cinta —Liv Ullman, Harriet Andersson, Kari Sylwan, Ingrid Thulin, Erland Josephson,Georg Ahrlin y Henning Moritzen— logran proyectar, con las sutilezas que impone la cercanía de la cámara cinematográfica y con la fuerza de un sólido saber teatral, una tumultuosa y soterrada carga de sensualidad, dolor, odio, anhelo, deseo y desesperación. La cárcel de los personajes, su vacío están determinados profundamente por la cultura sueca y eso el cineasta lo hace evidente en el vestuario, la decoración, los gestos, la iluminación, las miradas: en todo. Es notable en esta cinta el tratamiento magistral de ese erotismo mórbido, de extrema generosidad, de amor casi místico que da Ana a Agnes, el que la enferma recibe y agradece, y que contrasta con la mezquindad de quienes las rodean.

En su homenaje a Bergman, Agustín Meza toma algunos elementos del drama del también autor de Cara a cara, para elaborar un ágil e imaginativo discurso teatral. Delimita el espacio para la ficción en una de las amplias habitaciones del ex convento, que da a un corredor y un patio interior. Un sitio donde podemos casi sentir, piedra sobre piedra, siglos de tortuosas historias femeninas, llantos y caricias desesperadas, placeres prohibidos cargados de culpas. Las sillas para la audiencia están dispuestas en el extremo sin ventanas de la habitación rectangular, divididas del área para los actores por una hilera de velas encendidas. No hay más luz que el fuego y la que se cuela por las ventanas. La obra empieza con sentidos canto y percusión en vivo. Actores y actrices están descalzos.

La adaptación de Meza conserva la línea argumental, omite escenas y reelabora otras. Aprecié la delicadeza de las composiciones plásticas, la imaginación para solucionar la ausencia casi total de muebles y utilería, y extrañé, por ejemplo, la complejidad mencionada párrafos arriba en la relación entre Ana y Agnes, que en la puesta en escena no pasa de alusiones verbales. Me pareció que si bien es evidente la entrega, la devoción del equipo de actores, hace falta eliminar rigidez y tensiones y profundizar en los relieves. Como Ana, Beatriz Juan Gil tiene una presencia seductora, que, sin embargo, se mantiene con una expresión de rostro casi completamente estática en un gesto de dolor. Genny Galeano, como María, tiene momentos de brillo, que contrastan con otros en los que se le ve menos confiada en su expresión. Diana Lara Santoyo, en el papel de Agnes, ofrece conmovedores hallazgos, junto a un estado de tensión más de actriz que de personaje. Ana P. Villaseñor tiene presencia, brillo, pero no alcanza, en su juventud de actriz, a resignificar la compleja y profunda amargura del personaje de Karin en la madurez. 

En los papeles masculinos H. Alejandro Obregón, como el esposo de Karin, Desiderio Däxuni, como El sacerdote, Felipe Aguilar, como el esposo de María, y Orlando Shecker, como el doctor, tienen una presencia casi simbólica, cargada de ritualidad, de solemnidad corporal. En el chelo destaca el trabajo musical de Felipe Aguilar.

Gritos y susurros, en versión de Agustín Meza, es un tributo al gran cineasta sueco que inevitablemente compite con desventaja con el filme. El intenso drama de Bergman se vuelve aquí algo cercano a un ritual mestizo. La adaptación no conserva el universo sueco, pero tampoco se decide por ubicarse plenamente en México. Eso ubica el trabajo en un limbo impreciso y le da un aire de ingenuidad. Las funciones corren de jueves a domingo, en Guerrero 27, Centro Histórico, en la ciudad de Querétaro.

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