¿Qué puede esperarse de este gobierno?
Julio Faesler
09/03/2013 01:22
La reforma educativa, centrada en evaluar y elevar la calidad de la enseñanza, se diseñó en tiempos de Calderón. La soberbia oposición de Elba Esther Gordillo llegó a extremos de afrenta con amenaza de parar en seco todo el sistema escolar de la nación. El golpe que Peña Nieto asestó a la líder vitalicia del magisterio fue la merecida respuesta.
La espectacular medida que llevó hasta la cárcel a Elba Esther plantea preguntas sobre qué más podemos esperar de un Presidente que así inicia su gestión. ¿Cuáles serán sus siguientes pasos? Más aún, ¿qué clase de sexenio tiene intenciones Enrique Peña Nieto de recetarle a la comunidad nacional?
En sus primeros 100 días de administración el nuevo Presidente impuso su autoridad en el escenario político, empezando por su propio partido, para luego comprometer la acción de la oposición en un Pacto por México. Se venció por el momento la trabazón legislativa que tanto dañó a Felipe Calderón.
Aprobada la Ley de Víctimas y la reforma laboral, ahora esperamos la reforma energética para destrabar a Pemex, artrítico mamut empantanado en mitos y burocracia. La reforma fiscal se nos promete para más adelante. A los grandes males, grandes remedios, y el clamor popular es que los grandes remedios se apliquen ya.
Algunos de esos remedios, como la reforma laboral y la energética, ya estaban preparados desde el gobierno anterior. Contra lo que afirman sus adversarios, Calderón tuvo muchos aciertos en cuanto a su visión de las necesidades nacionales y su correspondiente acción correctiva.
Desde luego, la prioridad que se asignó en el sexenio anterior al combate al crimen organizado fue la necesaria. No se ha modificado. El presidente Peña Nieto lo ha reconocido al no retirar las tropas de las calles. Por el contrario, se refuerzan con más soldados e infantes de marina las regiones que dependen de ellos para un mínimo de seguridad.
La propuesta de unificar mandos policiacos y de crear una gendarmería, cuerpo militarizado específico compuesto de varios miles de elementos bien entrenados, ya está en marcha, como lo propuso Calderón.
Pero Peña Nieto quiere perfilarse como líder bien templado. Su programa comienza por restablecer la antigua fórmula partido-gobierno. El binomio se había roto desde antes de 2000 y acabó de invalidarse en los 12 años panistas.
No se trata ahora de sólo confirmar al Presidente de la República como jefe indiscutido de su partido, como lo intentara Calderón con el PAN. Se trata de que todos los órganos y escalones del partido vuelvan, como antes, a obedecer disciplinadamente al que ocupe el mando del gobierno federal.
Podrá haber resistencias dentro del PRI a un tal regreso, pero muchos lo verán como natural y Peña Nieto tendrá la última palabra. Al gran público nacional se le dirá que por fin hay un gobierno que sabe mandar.
El renovado binomio PRI-gobierno significará una formidable fuerza que, de no encontrarse con otra, sola o aliada, de calibre comparable, llevará al país a su propio esquema de desarrollo, cualquiera que éste sea.
¿Podemos creer que, a la luz de sus antecedentes históricos y ahora que la urgencia de los problemas sociales y económicos que aquejan a México obligan a tomar decisiones rápidas y firmes, el nuevo PRI-gobierno, así reforzado, vaya a ofrecernos una administración equilibrada, realmente democrática, obediente a la participación efectiva, no mediática, de la ciudadanía?
Es más probable un sexenio que pretenda afirmar, a la vieja usanza priista, una nítida rectoría del Estado en todos los órdenes. Esta vez, empero, el proyecto de Peña Nieto podría encontrarse en la frontera que le marque un Congreso inteligente y vigoroso. ¿Nuestro electorado, compuesto de 70 millones de escépticos ciudadanos, será capaz hacer valer su voto?
*Consultor
juliofelipefaesler@yahoo.com
