Crecer
Julia Neumann
Def: “ Crecer es una decisión que puede hacer realmente la diferencia”, John Maxwell. 08/03/2013 00:45
Hoy , como miles de veces, mi hijo de seis años me pidió que le abrochara los zapatos. Le dije que él ya era capaz de hacerlo solo. –Pero tú siempre lo haces, expresó, extrañado. –Pues ha llegado el tiempo de crecer, le contesté.
Escucharme me llevó a reflexionar. ¿Se crece cuando se aprende cualquier cosa que no es ajena y nos enfrentamos a retos nuevos? ¿Se es realmente más grande cuando un niño puede por sí solo ponerse los zapatos? La respuesta es sí.
El crecimiento es un proceso permanente, intrínseco al mismo estado de estar vivos. Cuando nuestra vida se desestructura, y deja de ser ese lugar cómodo y conocido, y el miedo y el dolor se apoderan de nosotros, es muy común escuchar que estamos frente a una oportunidad para crecer.
Hoy me desperté en una cama grande, hice lo que hago todas las mañanas, en esta ocasión elegí las suites de chelo de Bach, que perfectamente armonizaban con el agua de la regadera. Otro día más, pensé, mientras enjabonaba un cuerpo que pareciera seguir adelgazando. Éste es mi duelo, me repetía, mientras que la espuma resbalaba lentamente. Me vestí, desayuné para dirigirme hacia ese sitio donde el tiempo pareciera detenerse por un rato, el consultorio de mi terapeuta. Por alguna razón en el momento en que me siento en esa silla azul de terciopelo y mis ojos reconocen el mismo barco que navega sobre un mar en calma suspendido en la pared, siento el alivio de haber llegado a alguna parte, un puerto, donde un viejo y compasivo pescador me compartirá durante 45 minutos algo de esa sabiduría que ha adquirido a través de los atardeceres, y de esa manera me ayudará a poner en orden mi universo. Obviamente es tan sólo una sensación, pues como va avanzando la consulta, el mar de aquel cuadro que decora la pared se va transformando en una gran tormenta. Hago preguntas que me regresan como pelotas de ping pong, un juego de pelota, eso es la terapia. Yo le digo y el revira e invariablemente salgo de ahí con más preguntas de las que tenía cuando entré. Las cosas que se dicen en terapia por lo general no se trascriben en papel, no sólo porque las cosas que vienen del miedo y el dolor tienen ese modo único de articularse junto con la postura corporal y la mirada, sino porque es el único lugar donde nos atrevemos a decir sabiendo que pagamos el precio del silencio. Aquel hombre me mira fijamente, entrelaza sus enormes y gruesos dedos, y después de una eterna pausa me dice sin siquiera cambiar un poco el tono de la voz –Estás fragmentada. Lo primero que llega a mi mente es un rompecabezas de mil piezas, jamás he conseguido armar uno de esos. No tengo la paciencia ni la estructura mental para definir el lugar que cada forma ocupa en el espacio, con esfuerzo apenas logro acomodarme en el planeta. Fragmentada, como eco esas cuatro sílabas se van descomponiendo para formar conceptos que encarnen su significado. Rescato de mis recuerdos la imagen de esa hermosa bailarina de cerámica que mi abuela lucía orgullosa en su vitrina. Una tarde quise jugar con ella y, por no conocer la tersura de dicho material, se me resbaló de las manos y la vi caer al suelo donde, ante mis ojos llorosos, yacía despedazada. –¿ Te refieres a que me he roto de la misma forma en que se rompen al estallar contra el piso las muñecas de porcelana? Le pregunté, a lo que contestó certeramente con un no. Me explicó que fragmentarse es sentirse desarmado ante situaciones nuevas y cambiantes, donde nuestras barreras y límites emocionales han sido expuestos a un desastre natural y que simplemente tenemos que reacomodar lo que el terremoto existencial ocasionó. –Significa que gracias al derrumbe podemos construir algo nuevo y con estructuras sólidas. Me contó la típica historia del ave fénix y, al tiempo en que descruzaba la pierna y hacía hacia atrás la mecedora, aspiró profundamente, como si tomara vuelo, para que sus palabras retumbaran en lo más profundo de mi ser y entonces pronunció: Aquí tienes la oportunidad de reinventarte y, acomodándose muy lentamente, como si fueran gratis los minutos, despegó la espalda del respaldo y justo en el momento en que intentaba incorporarse pronunció esas mismas palabras que habían dejado a mi hijo congelado en la mañana: te ha llegado el tiempo de crecer. En ese momento no dije nada, me parecía tener frente a mí al mismísimo Everest, un camino tortuoso y largo para conquistarme a mí misma, pero hoy sé que no importa a dónde llegue, que asumir mis actos y pagar el precio de las consecuencias es mi meta de salida, que cada paso firme me hará más grande, que poco a poco iré conquistando esos territorios que hoy me asustan, y que me iré liberando de esas ideas impuestas que me impiden avanzar. Me emociona saber que he tomado la decisión de caminar por esa pendiente que en línea recta habrá de acercarme a la plenitud, mientras que voy ejercitando esos músculos que tenía dormidos para poder correr esta fantástica carrera hasta el final, crecer tiene mucho que ver con esas cuerdas de las que, a voluntad, te sostienes y te sueltas, para mi hijo hoy son sus agujetas, en mi caso, las riendas de mi vida.
