Los síndromes de la analgesia y de la indolencia

José Elías Romero Apis

22/03/2013 02:30

Los síndromes de la analgesia y de la indolencia

Para Aliza Chelminsky y para Frank Devlin, en esta mala hora.

 

En la ciencia médica, la analgesia se define como la ausencia de toda sensación dolorosa. Esta puede ser espontánea o provocada. Puede ser benéfica o perjudicial. El dolor llega a ser un malestar pero, en muchas ocasiones, es un buen indicador. Su disfunción involuntaria puede llegar a la fatalidad. Muchas enfermedades han llevado a la muerte a aquellos que nunca las sintieron y que, por lo mismo, nunca supieron que las padecían. La forma extrema de la analgesia provocada es la anestesia y la de la analgesia involuntaria es la inconsciencia.

Por otra parte, en la ciencia política, la indolencia se describe como la ausencia de toda sensibilidad social. También puede ser involuntaria o provocada, dependiendo de que el que la padece esté en el error o en el engaño. También puede llegar a la fatalidad. Muchas alteraciones políticas derribaron regímenes que nunca sintieron y, por ello, nunca supieron. Las formas extremas de la indolencia son la indiferencia y la inconsciencia. 

Decía, también que hay una indolencia inocua y otra letal. Hace muchos años escuché a mi maestro de primaria decir que nuestro mundo se acabaría cuando se apagara el Sol, dentro de diez mil millones de años. Ni entonces ni ahora comprendo cabalmente esa magnitud de tiempo. Pero recuerdo que algunos compañeros abrieron los ojos con cierto susto mientras que la mayoría de los niños permanecimos indiferentes. A pesar de nuestra edad ya comprendíamos que esas palabras serían importantes en el pensamiento teórico, pero irrelevantes en la realidad concreta.

Esa indiferencia es un síndrome de indolencia inocua. No me duele lo que no me afecta. Aclaro que la indolencia no siempre es un pecado reprobable. En ocasiones, como la relatada, es el producto de un realismo egocircunstancial, diría Ortega y Gasset, combinado con ineludibles matices hegelianos. Pero es importante advertir que, en ocasiones, la indolencia se convierte en inconsciencia, que es una forma de indolencia letal.

Porque una cosa es que no me duela porque no me afecta y otra, muy distinta, es que no me duela porque creo que no me afecta. Una es falta de interés y la otra es falta de responsabilidad. Mi indolencia infantil era acertada. Más tarde me apliqué a la vida política y me instalé en el teorema de que, mucho antes de que suceda aquel apagón estelar del que hablaba mi profesor, nosotros habremos acabado con el planeta por la vía de la depredación, del descuido, de la guerra o del simple consumo. Por una o por otra, mi indiferencia de la madurez coincidió con la de la infancia.

Pero existen muchos otros eventos en los que la indolencia es plena inconsciencia, donde saltamos sin red en trapecios con sogas muy desgastadas y, sin embargo, creemos que a nosotros no nos pasará nada.

Que si hay 54 millones de mexicanos sumergidos en el pozo de la pobreza, pues ojalá que alguien los socorra. Que la crisis agropecuaria nos dejará sin tortillas, pues comeremos hot dogs o bajaremos de peso. Que la insuficiencia fiscal va a  quebrar a la Secretaría de Hacienda, pues se lo tendrá merecido. Que se nos va a acabar el petróleo, pues instalaremos tranvías.

La inconsciencia es grave, desde luego, en tratándose del  hombre común, lo mismo se concretice en una colisión descuidada, en una descortesía irreflexiva o en una insolvencia evitable. Pero puede resultar catastrófica en el hombre de Estado. Es la inconsciencia política la que derrumba economías, la que condena a varias generaciones, la que fractura el régimen de gobierno, la que altera el orden de convivencia, la que socava los cimientos sociales. Por ello es tan pecaminosa cuando se instala en el hombre público.

La irresponsabilidad se parece mucho a la inconsciencia. Sólo que aquélla es una perturbación de la voluntad y ésta es una perturbación del conocimiento. Aquélla es una afectación del querer. Ésta lo es del saber. El irresponsable no quiere cumplir sus obligaciones. El inconsciente no sabe cuáles son sus obligaciones. En el hombre de Estado estas desviaciones suelen presentarse como desalineaciones ideológicas. 

Pongamos un ejemplo. Para un gobernante neoliberal la pobreza es un asunto no preponderante en su agenda de aplicaciones. No es que no le interese o que no le preocupe o que no quisiera que se superara. Pero no considera que sea su responsabilidad fundamental. Por ello, en un país sin pobres o con muy poca cantidad de ellos ser neoliberal es, simplemente, una posición ideológica. Pero en un país como México, ser neoliberal es una inconsciencia brutal.

Por eso, saludo lo dicho por Enrique Peña Nieto en el sentido de que “primero los pobres”, asociándose con el pensamiento del papa Francisco. Me queda en claro que es una frase, no un programa ni, mucho menos, una promesa. Pero por algo se comienza.

Cuanto más entendamos los principios de la biología y de la política, estaremos en mejor oportunidad de abatir el síndrome de la indolencia.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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