Francisco: Alea iacta est

José Elías Romero Apis

15/03/2013 04:04

Francisco: Alea iacta est

                En recuerdo de Andrés Iglesias Baillet.

 

El mensaje que envía la designación papal es importante y es valiente. La Iglesia católica se ha decidido a tener como líder a un latinoamericano. Es el primer hombre de este continente que ocupa el trono de Pedro. El nuevo pontífice es el primero que adopta el nombre del santo que representa la humildad. Un miembro de la Compañía de Jesús jefatura, por vez primera, la Iglesia de Cristo. Las señales son atractivas y atrayentes.

La inicial idea que nos viene es que se trata de un acto de valentía. Mi segunda idea fue que, de ser sincero este discurso, estamos acudiendo al estreno de un suceso fundamental de la historia moderna. Esclarezco que no dudo de la sinceridad de las palabras, aunque reconozco la dificultad de su aplicabilidad y hasta de su viabilidad. Trataré de explicarme.

El hecho de que la jerarquía católica haya mirado hacia esta región muestra que no es un evento menor. Es triste reconocer que, en muchas regiones del planeta, cuando piensan en América Latina, piensan en nuestro café, piensan en nuestro tabaco o piensan en nuestro ron. Pero casi nunca piensan en nuestro humanismo, en nuestra humildad o en nuestra espiritualidad.

El sur le ha dado al mundo muchos de sus mejores héroes y de sus mejores santos, que han alumbrado a los países que más presumen de civilizados. Pero, por el hecho de que no tenemos tanto dinero ni tantas armas ni tantas fábricas, se olvidan que muchas de las ideas, muchas de las hazañas y muchas de las virtudes de la humanidad, las han tenido que conocer en español.

Por otra parte, el papa Francisco abraza, como el nombre que adoptó, el homenaje a un santo que ha sido menospreciado a través de los siglos, precisamente por su prédica de la humildad. Sin embargo, es la congregación franciscana la que mayor influencia tuvo en la evangelización americana.

La doctrina religiosa del Dios de los cristianos se basa en la humildad. Pero ésta es una actitud harto rara entre los humanos. Para la prédica del Cristo, el camino de la salvación no reside en ser bueno sino en ser humilde. Por el contrario, la vía hacia la perdición no está en la maldad sino en la soberbia. Los santos no lo son por ser buenos sino porque siempre se consideraron pecadores. A su vez, el diablo no es demonio por ser tan malo sino porque se cree muy bueno.

La plegaria básica del cristianismo consta de siete peticiones pero, en las tres últimas, el creyente se reconoce pecador, débil y vulnerable. Por eso, en ellas, ruega el perdón, el auxilio y la protección.

Decía yo que la humildad es un fenómeno raro, tanto entre los individuos como hasta entre las naciones. Muchos hombres y muchos pueblos consideran que su riqueza y su poder se los merecen por ser buenos, laboriosos, honestos y sabios, mientras que la pobreza y la debilidad de sus vecinos son el resultado merecido por ser malos, flojos, rateros y estúpidos.

Así ha funcionado, también en muchas ocasiones, la Iglesia en la que cree Francisco. Pero cuando ha sabido abrazar la humildad se han dado los momentos estelares de la cristiandad. Cuando sus dirigentes se ven como hombres falibles y no cuando se sienten dioses inmaculados.

El camino de la humildad es el que puede llevar a la Iglesia romana a la revisión de muchos de sus posicionamientos. Desde el celibato, las vocaciones o las misiones hasta su actitud frente a la injusticia, la guerra, el abuso, la intolerancia, la discriminación o el crimen. Todo ello, pasando por cuestiones tan complicadas como hoy lo son el aborto, la homosexualidad o la eutanasia.

Porque es la suya una religión que se basa en la paz, en la fraternidad y en el amor que los unos se tengan para los otros. Pero resulta que al hablar de los principales problemas actuales, estamos hablando de que muchas ovejas de ese rebaño asaltan, secuestran, violan y matan a otras ovejas. Que muchos de sus borregos son explotados, engañados y humillados por otros. Y que muchos cabritos revuelven y enturbian las aguas para aprovecharse de ello en beneficio exclusivo y excluyente.

Todo ello complica la tarea de un pastor de paz en un mundo de violencia y de agresión física, económica, social y política. Sobre todo cuando cada vez se instala, con mayor firmeza en los hombres, la creencia de que las soluciones no están en la paz sino en la guerra. Que la humildad de su Dios es una postura rancia venida a obsolescencia. Y que la otra mejilla la ponga su Cristo, pero no ellos.

Ello obliga a utilizar mucha humildad y mucha inteligencia, porque hay que salvar a los hombres tanto en este mundo terrenal en el que todos vivimos y compartimos, como en aquel mundo celestial en el que cada quien cree y espera.

En fin, la Iglesia de Cristo ha adoptado una actitud valiente frente a su propio Rubicón como cuando Julio César dejó fija la vista en el futuro. En el suyo, en el de Roma y en el de la humanidad. Montó, levantó la mano, dio la orden de avanzar y pronunció sus palabras inmortales: “La suerte está echada”.

                *Político y abogado. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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